Cuarenta años de espera

Los saharuis están ‘encantados’ de rememorar una marcha ‘tan pacífica’ que cumple ya cuatro décadas. La celebración de la Marcha Verde llega en un momento muy delicado para miles de personas y familias que han perdido lo poco que tenían ante las inclemencia del tiempo. Unas virulentas riadas han invalidado la utilidad de hospitales, escuelas y jaimas.
Y, España, ¿dónde está? Desde entonces, no ha existido una compensación, una reparación, una respuesta después de abandonar, a su dicha, a miles de seres humanos que aprendieron, por necesidad, a vivir en campamentos de refugiados en medio de un inhóspito desierto.

El pueblo saharui sigue encontrar otra salida que vivir en los campamentos de regufiados Sigue leyendo

Una inaceptable amnesia de España en el Sáhara

El pueblo saharui es otro de los grandes olvidados por el gobierno español. A la situación de ambigüedad política, por no decir de abandono, se unió la reciente decisión del ministro de exteriores de retirar a un importante número de cooperantes de la zona por considerarla como una ‘zona caliente’ para la práctica del secuestro o el atentado por parte de los Yihadistas. Hasta la fecha, ingnoramos si aquella determinación fue una excusa para seguir rebajando el presupuesto de la Agencia Española de Cooperación o una amenaza real.

Inundaciones en los campamentos refugiados del Sáhara que analiza Juan de Sola en el blog Referencias Sigue leyendo

Suma y sigue hacia el abismo

Es muy posible que las maquilas de las fábricas del textil en Marruecos no sepan, a día de hoy, que la marca Europea para la que producen prendas de ropa se han convertido en todo un referente del poderío económico. Inditex y Amancio Ortega lograban encabezar la lista de empresas y personas más ricas del planeta. Esta posición duro segundos hasta que las acciones de Bill Gates, de Microsoft, volvieron a crecer y desplazar al empresario gallego a la ‘deshonrosa’ segunda plaza: “Que pugna tan absurda cuando se tiene más de lo que necesitarían en cinco generaciones”.

Los derechos humanos se incumplen en las fábricas del textil de Marruecos que contrata Inditex y Amancio Ortega Sigue leyendo

Malhechores involuntarios

El cumplimiento de los Derechos Humanos en Marruecos es una verdadera entelequia. Sobre todo cuando se trata de un activista de origen saharaui que reivindica el reconocimiento oficial de su pueblo a una comunidad internacional que se pone de perfil. La única respuesta posible se centra en la persecución y en la prisión, como mal menor. A partir de ahí… podemos echar a volar nuestra imaginación para pensar en los peores augurios.
La represión de Marruecos contra los activistas de Derechos Humanos Sigue leyendo

De denunciantes a denunciados

Wafaa Charaf ingresó en prisión el 9 de julio en Tánger después de presentar una denuncia por secuestro, detención ilegal y amenazas de la Policía Marroquí. Fue abandonada en una carretera a once kilómetros de la ciudad marroquí de Tánger. Acababa de asistir, en aquel 27 de abril de 2014, a un mitin de apoyo a los trabajadores de la multinacional estadounidense Greif (el líder mundial en envasado industrial). Parte de la plantilla había sido despedida por crear una sección sindical. Prohibir y pulverizar cualquier estructura que permita articular una organización de defensa de los derechos laborales es una realidad muy consolidada en las prácticas de las empresas radicadas en las Zonas Francas.

Wafaa Charaf y Boubker El Kamichi fueron encarcelados en Tánger (Marruecos) por defender los Derechos Humanos

La ciudad tangerina, ubicada a menos de 14 kilómetros de las costas españolas, ofrece grandes ventajas para el libre comercio como la exención de impuestos y cargas sociales a las empresas que decidieron asentarse en este lugar. El sector textil o las manufacturas de conserva y congelado de productos del mar también disfrutan de estos grandes beneficios económicos por apostar por una deslocalización en el norte de África.

En la actualidad, Wafaa deberá pagar un alto precio por su compromiso con los derechos fundamentales de los trabajadores en las fábricas,  la democracia y la libertad de expresión en Marruecos. La denunciante acabó siendo denunciada y detenida por una supuesta falsa denuncia. El último precio impuesto son dos años de prisión cerrados.

Wafaa Charaf fue encarcelada junto Boubker El Khamlichi, líder de la Voz de la Democracia, quien también soporta una condena de un año de prisión (en suspenso) con una multa de 89 euros por una supuesta “obstrucción de la investigación.” Sin embargo, había sido absuelto en el primer juicio.

Ambos activistas militan en el Movimiento 20 de febrero. No han sido pocas las ocasiones que se han movilizado para reivindicar lo básico en un país donde se dice una cosa y se hace otra. Este colectivo rompió el silencio a raíz de la primavera árabe sobre el continuo incumplimiento de los Derechos Humanos. Exigían y exigen un cambio político, social y económico que conduzca a los marroquís a un escenario de menor pobreza.

Wafa Charaf y Boubker El Kamichi deben responder judicialmente, en Marruecos, por defender los derechos humanos

Y, de momento, la única consecuencia a tanto esfuerzo invertido es que Wafaa y Boubker han acabado ante un juez respondiendo por las acusaciones del procurador del rey (similar a un fiscal) de falso testimonio y revuelta social.

En resumen, el aparato del Estado ha sido capaz de invertir las tornas con el mayor descaro posible, convirtiendo a los denunciantes en denunciados. Así, funciona la justicia en una gran parte del mundo y muy poco se hace por remediarlo.

El bucle de Sarah

Escondida ante la vida se encontraba aquella mujer que una tarde de agosto decidió romper su silencio. Gritar su verdadera historia al mundo, a los cuatro puntos cardinales. Y denunciar aquello que oprime de forma asfixiante por dentro y por fuera.  Estaba harta de buscar escondites para evadirse de su propia realidad. Agazapada en una madriguera, rezaba por que algún día los zarpazos recibidos no volviesen a convertirse en una amenaza insalvable.

La historia social de Sarah, una mujer en Marruecos

Foto: Miguel Núñez

Se camuflaba al contra luz de la ventana para que su identidad no fuese reconocida ante la cámara a la que, con una mayúscula valentía, se enfrenta por necesidad o desesperación. Recibe a sus indiscretos invitados en una pequeña habitación de menos de 20 metros cuadrados. La expedición de reporteros, procedente de España, acababa de aterrizar ese mismo mediodía en el Magreb. A ese otro lado del Estrecho donde millares de personas esperan pacientes aprovechar una minúscula oportunidad para prosperar, distanciados de la pobreza y las continuas desigualdades humanas y sociales.

El reloj sobrepasa las tres de la tarde y el calor se hace insoportable. Sarah estaba recibiendo el amparo de la Asociación Cien por Cien Mamams en el norte de Marruecos, en uno de los barrios populares de la ciudad de Tánger.

Al cerrar la puerta, regresa a su pasado con la intención de saldar las cuentas pendientes. Llora, solloza y vomita esas palabras que nunca se atrevió a conjuntar por miedo, por temor a perder lo único y más preciado que posee: la vida. Viste un fino camisón azul celeste. El color es tan suave como su tono de voz. A través de las costuras sólo deja entrever la hermosa y tierna silueta de mujer gestante, a sus 32 años.

Precisa respirar hondo para comenzar con una historia que parece haberse encaprichado en un bucle. Cuenta que, antes de ser madre soltera, Sarah padeció un matrimonio que nunca funcionó. Se encontró con la oposición de su familia, pero a pesar de todo, decidió seguir adelante.

Su calvario vital discurre entre Marruecos y Turquía. A los 15 días de haber parido a su primer hijo, su marido decidió “ponerla en la calle” para ganar dinero. Pronto llegó el segundo hijo, a los pocos meses. Y la misma historia se repitió hasta hacerse insostenible. Tomó la determinación de recurrir a la policía para denunciar su tortuosa situación. Pero, en esta ocasión, la respuesta también se había encaprichado del bucle: y fue devuelta a su marido.

Soportó cinco años en este infierno familiar hasta que la burocracia y la falta de papeles le obligó a volver una nueva temporada a Marruecos. Eso supuso estar muy lejos de unos hijos que se vieron obligados a acostumbrarse a vivir sin una madre. Luchó por volver junto a ellos, pero el bucle infernal tenía más sufrimiento esperando por ella. En este caso, solo cambió el escenario. En Grecia, la historia se repetía para Sarah: la calle, unos papeles no reglamentarios y de vuelta a Marruecos añorando la presencia de sus hijos. Y otra vez el contador se pone a cero.

Desgraciadamente, volvió a confiar en otro hombre, y de nuevo el destino le dio la espalda. Embarazada y sola, deambulo por una sociedad que condena a las mazmorras de la indiferencia a aquellas madres solteras. En este punto, Sarah necesita tomar aire y secarse alguna lagrima que acaricia con cariño su mejilla derecha. Una bocanada más de aire y saca una atractiva sonrisa que, a veces, le abandona sin avisar.

En la asociación, ahora recibe el afecto de otras mujeres acusadas socialmente de todo y de nada. Pese a ello, las cosas parecen haber cambiado un poco. La estabilidad y vital ha regresado aunque no sabe si para quedarse definitivamente. Sueña dormida y despierta con volver a rencontrarse con todos sus pequeños. Y confía en que su tenacidad y coraje no sean ficticios ante el reto de recuperar una vida robada por la sombra de la desdicha.

Reconoce estar esperanzada con romper los sólidos muros del bucle que le han mantenido secuestrada varios años. Apoyada en el marco de ventana, con evidentes signos de cansancio ante la continua sacudida de emociones, Sarah asegura que el paso del tiempo se ha convertido ya en su principal aliado.

Espiando una realidad social

Detenerse, observar y hasta espiar una realidad social con es constituyente de delito, según las leyes internacionales.  La visión de un determinado contexto puede tener, en origen, un importante sesgo por los deformados mensajes que llegan desde ese lugar y como viven sus gentes.
Es el caso de la sociedad marroquí. En múltiples conversaciones llegaron a confesar que se sienten prejuzgados por la polvareda de los retorcidos estigmas en los lustrosos países de occidente. No dudan en censurar a aquellos que se niegan a conocerlos por como haber sido presentados en la distancia. Y exigen un mínimo ejercicio de comprensión y empatía.
ESPIONAJE SOCIAL

Foto de Carolina Sertal realizada en la provincia de Nador (Marruecos)

Pero, sobre terreno, las cosas son bien diferentes: Una cosa es el sistema y otra bien distinta sus gentes, quienes componen un modelo social con sus virtudes y defectos. De esto último ya conocemos incontables problemáticas: Desigualdad, injusticia, pobreza, entre otras.
Así pues, resulta más recomendable quedarse con la primera parte para ayudar a construir un edificio multicultural sin rendijas en sus imaginarias ventanas.

¿Quién los rescata ahora a ellos?

Ha vuelto a suceder. Y mucho nos tememos que no será la última escena de terror que protagonicen seres humanos embarcados en la temible patera de la inmigración. La tragedia tiene por costumbre reaparecer, con más frecuencia de la deseada, entre las costas de Marruecos y España.

La realidad se ha teñido de muerte en la última travesía para 54 personas procedentes del África Subsahariana: 14 de ellas perecieron a bordo y 40 se encuentran desaparecidas en la inmensidad, donde el agua se mezcla con la sal… El mar ha aplicado el mayor de sus castigos jugando durante 36 horas con la vida de 80 personas en un endeble chinchorro. A tal deriva solo lograron sobrevivir 15.

El resultado, al nuevo intento de cruzar una peligrosa frontera de agua, nos advierte de la desesperada pretensión de muchos/as por acariciar, aunque sea en sueños, una mínima oportunidad de mejorar las condiciones de vida.

Alquilar una patera hacia el abismo es la única garantía que pueden ofrecer las incontroladas mafias que operan con impunidad en las invisibles redes de la inmigración. “El resto suele convertirse en una inalcanzable expectativa”. Sólo unos pocos elegidos lo logran.

Abonados al embuste; niños, mujeres o jóvenes caen en la trampa: Ponen rumbo a un futuro que suele acabar desviándose en la mitad del camino hacia un incierto y pésimo lugar.

Muchas aventuras se detienen en una eterna espera en el monte Gurugú, próximo a la ciudad de Nador; también en Alhucemas, donde los meses se transforman en años o en la periferia de ciudad de Tánger, formando parte de un poblado de infraviviendas cercado por una intensiva policía marroquí.

Improvisados lugares. Una especie de prisiones naturales compuestas por los densos flujos migratorios, principalmente, procedentes de los países del sur del continente. Allí, la calidad de vida es una entelequia tan pírrica como la seguridad de navegar en una humilde barcaza a través del Estrecho de Gibraltar.

Las avalanchas en la valla que separa Melilla de Nador (España/Marruecos), en la frontera de Beni Enzar,  son otra imborrable evidencia del nivel de presión que un problema social global adquiere bajo la indeleble sombra de la pobreza. Vivir un poco mejor, ese gran anhelo, conduce a miles de seres humanos a empotrarse contra el grueso muro de la insolidaridad a uno y otro lado….

Organizaciones como Médicos Sin Fronteras, de forma reiterada, advierten de los continuos dramas que atienden a diario en territorio marroquí. A las severas condiciones de errar miles de kilómetros se añaden las violentas palizas de la policía marroquí. En el caso de las mujeres y niños, los peligros aumentan ante un innegable riesgo a las agresiones sexuales o exposición al maltrato continuado…

Y todo esto sucede mientras el incumplimiento de los Derechos Humanos se agudiza con deportaciones de inmigrantes a la frontera de Argelia, en pleno desierto de Oujda, a la espera de que las fuerzas cedan, sin compasión, en un medio tan hostil y cruel como poner los dos píes en una patera con casi un centenar de personas en su interior.

Es conocido que Marruecos hace el trabajo sucio de contención demográfica a Europa. De tal modo que el control fronterizo sea una prioridad por encima de cualquier consideración humana. Por su parte, España negocia un rescate de las estructuras económicas y financieras con la Unión Europea y, como contrapartida, se ceba con la Ayuda Oficial al Desarrollo convirtiéndola en una víctima indefensa de los recortes.

En los últimos meses, el deterioro de los recursos disponibles destinados a la Cooperación Internacional se ha visto acelerado. Uno de los mecanismos más humanizados para rebajar el número de migrantes, con una contribución específica y real al progreso social en las regiones deprimidas, agoniza en medio del océano del repudio.

Pensar en sustraerse a esta furiosa realidad también precisaría de un profundo plan de salvamento de la conciencia colectiva. Pero, las reflexiones más urgentes no se encuentran a esta orilla del dilema… La principal pregunta es muy escueta: ¿Quién los rescata ahora a ellos?

Desafortunadamente, al cerrar este post, la radio vuelve a las inmundas aguas del Estrecho: Informa que Salvamento Marítimo (SM) acaba de localizar otra patera, sin coordenadas fijas, con medio centenar de personas en medio de la nada, sin nada (Viernes, 26 de octubre de 2012).

Es obligado poner el punto y seguido…

La historia interminable de Beni Enzar

Llevamos unos días integrados en la sociedad marroquí con la finalidad de acompasar los pasos en terreno de cinco alumnos/as que han sido seleccionados en el II Seminario de Agareso. Dicha iniciativa les ha obligado a partir de la ciudad oriental de Nador y deberán terminar su periplo en Tánger. Los diferentes proyectos de cooperación internacional de organizaciones como ACPP son el principal objetivo del análisis y la posterior reflexión de los nóveles reporteros/as.

La segunda noche, tras un intenso día visitando a las comunas del rural del área de influencia de Berkane, buscamos la frontera como siguiente objetivo en el programa de acción: Conocer la histórica ciudad de Melilla y su realidad social se convierte en un deseo colectivo. Y, ante tanta unanimidad, restamos unas horas al descanso y al sueño.

No sobrepasaban las diez de la noche a este lado: Marruecos. Máxima disposición a traspasar uno de los pasos con la mayor presión social y demográfica de toda África, a las puertas de Europa. Poco antes de aproximarnos, para dejar el coche a doscientos metros de distancia, se intuyen entre la oscuridad de la noche los efectos de la inmigración con las siluetas de personas deambulando sin un rumbo claro a lo largo del centenar de metros que concede la antesala de la frontera marroquí en Beni Enzar. El color de piel negro se impone a orillas de la carretera. Se hace más intenso a medida que nos vamos acercando.

Las aglomeraciones y colas son habituales en el paso fronterizo

Unos esperan su oportunidad para colarse (En los últimos meses, casi un millar de personas han logrado sortear las fuertes medidas que separan una realidad de otra). Otros comercian con todo los recursos posibles. A nuestro paso, primer abordaje para vendernos la obligada tarjeta de inmigración que formaliza la salida o entrada de un país a otro. Se nos ofrece por 1 o 2 dirhams. Todo depende de la negociación. El intento es una constante: “Ya no quedan. Es la única oportunidad de poder pasar esta noche”, expresan con un canto bien ensayado a fuerza repetirlo en incontables ocasiones.

No hay tregua. El asedio es incombustible, incluso cuando estamos a escasos centímetros de la cabinas de control fronterizas del territorio marroquí. Una mezcla de exagerada sobriedad y oscuridad se hacen notar.

La frialdad de la rutina forma parte del recibimiento. La atmósfera está cargada de una extraña tensión incontrolable: “Un sensación parecida a una olla a presión defectuosa. En cualquier momento puede llegar a explotar sin previo aviso”. En el interior de la caseta un funcionario escribe a la luz de un fluorescente desgastado por las horas de uso. El saludo de “buenas noches” carece de absoluta expresividad.

A pocos metros, visionamos la verja “made in spain”. La insistencia por vender algo llega hasta el momento previo al sellado del pasaporte. Los agentes de la Gerdanmerie Royale de Marruecos miran con una indiscreta desidia; sin apenas inmutarse, como si ya hubiesen vivido aquello en múltiples ocasiones. Acostumbrados a los amagos de toda clase y condición, se muestran poco o nada sorprendidos por lo que sucede esa noche de miércoles a nuestro alrededor.

Prosigue el intento por sacar partido a la presencia de seis personas con pasaporte europeo en plena frontera. Por momentos hay que mostrar una negativa con rotundidad: “Se arrepentirá de no haber aprovechado el precio de este bolígrafo”, espeta otro improvisado comerciante que no puede continuar a nuestro paso porque entramos en zona internacional. Cincuenta metros para pasar de un país a otro. O, más bien, de una realidad a otra. De un desarrollo instalado por encima de los cincuenta primeros estados del mundo a otro situado por debajo de ese ratio marcado por los indicadores del PNUD – Programa de Desarrollo de Naciones Unidas.

Por unas horas, la expresión de la supervivencia se detiene… Nos espera en ese lado fronterizo. Donde se encuentra el monte Gurugú, lugar de residencia de miles de seres humanos procedentes del sur del Sahel. Allí donde los días transcurren con una dignidad que abandona a quienes se han visto forzados a emirgar.  Donde uno está obligado a sortear los continuos cercos policiales, en los que no faltan las continuas agresiones y actuaciones violentas, que numerosas ONG´s  humanitarias no cesan en denunciar la permanente violación de los Derechos Humanos.

El escenario no puede ofrecer un ejemplo más rotundo de los verdaderos efectos de la pobreza y la depresión social. Decorada con un iregular reguero de viviendas de muy modesta arquitectura, Beni Enzar es el fiel reflejo de la colisión de dos mundos separados por una valla (cada más alta y espinosa) y un kilómetro de distancia… El agente español a nuestro paso nos da las “buenas noches” con la solemnidad que exige estar de servicio. Y nos aclara: “No se equivoquen, esto sigue siendo Marruecos“. Lo escupe con un cierto desaire hacia el pueblo vecino.

Transcurridas unas horas se produce el regreso. Abandonamos una ciudad ordenada y sosegada para recuperar el bullicio de personas vagando por los alrededores de una frontera repleta de una invisible injusticia. Mientras dirigimos los pasos al primer control, nos rebasa un hombre en una bicicleta repleta de materiales plásticos y metal. Demuestra tener un enorme sentido del equilibrio para no caerse con toda esa carga que ignoramos cual es su destino final.

De nuevo, las sombras de personas zozobrando sin una trayetoria clara se cruzan en nuestro campo de visión. El ambiente sufre, de nuevo, una recarga de extrordinaria tensión a medida que avanzamos. Nada ha cambiado, ni parece cambiar en décadas: “La historia interminable vuelve a empezar”.

Nociva ignorancia

Viernes del mes de septiembre de 2012. El cielo se muestra plomizo y poco claro cuando traspasa el umbral de las cuatro y media de la tarde, hora local en un rincón del norte de África.

En el habitual sosiego de una jornada marcada por la espiritualidad, explota en todos los rincones de la ciudad de Nador la invitación al rezo, al culto, a la entrega religiosa. Mientras las calles intentan reposar del calor reinante con una expresión de tranquilidad absoluta, los Imanes se pronuncian con un medido canto sagrado desde la correspondiente Mezquita.

No es probable que la polémica de las caricaturas, desatada en los países de occidente (Francia, Alemania o España), genere o aumente la tensión en la convivencia de un pueblo o una sociedad como la marroquí.

Ellos; porque a ellas, de momento, se las escucha menos, dicen que “la violencia no está contemplada en el Islam”. El rechazo a responder con hostilidad está garantizado desde la reflexión realizada por personas comprometidas con el desarrollo social y humano de su país a través de los proyectos de Cooperación al Desarrollo: Tal y como ocurre en lugares recónditos de la comunidad rural de Tensaman, en la mítica provincia del RIF.

http://www.ivoox.com/seminario-agareso-marruecos_md_1442895_1.mp3″ Ir a descargar

Lo expresan con naturalidad; sin apenas forzar una situación heredada por las malas prácticas de los provocadores profesionales… Sentados alrededor de una mesa y compartiendo mesa y mantel con extranjeros (a muchas cosas) son conscientes de lo perjudicial de generalizar los hechos.

Respirar hondo y convivir en la interculturalidad, aplicando un tono de normalidad, no se hace tan complejo como parecía a tenor de los últimos acontecimientos y a pesar del empeño que ponen algunos/as  instalados en la nociva y lesiva ignorancia.

Algunas cosas nunca cambian…

Amina era ciudadana de Larache, localidad norteña de Marruecos. Tenía dos opciones. Enterrarse en vida o acabar con una tortura asegurada por una de las mayores injusticias conocidas para ser humano: la agresión sexual. Por norma, esta serie de casos se ceban con las personas más vulnerables sin apenas opción para poder defender la parcela más íntima.

Dicha invasión se convierte en un terreno erosionado en el que la siembra siempre es inútil. Es tanto el daño generado que el nacimiento de sentimientos positivos queda anulado por los negativos. Recomponer un espíritu lesionado por la perversión más ruín conocida hasta la fecha no cuenta con una cura de sencilla aplicación.

Dicen algunas osadas teorías que optar por quitarse la vida “es un acto de cobardía”. Resulta paradójico que ilustren esta serie de aseveraciones académicas o teológicas aquellos/as que desconocen, en muchas ocasiones, el por qué de una decisión tan drástica y ni siquiera tienen en su haber una mínima experiencia con la que poder argumentar su tesis vital… De momento, nadie ha resucitado para hacer una evaluación al respecto.

Es de suponer que cuando se determina traspasar la línea roja la desesperación ya lo ha inundado todo. No es extraño que una joven recién licenciada en la adolescencia evitase una tormenta crónica de irreparables consecuencias en su vida. Fue valiente de principio a fin. Su caso no es una excepción en una sociedad machista hasta lo más hondo de sus raíces. “El hombre es autónomo en sus actos. Y la mujer es una mercenaria del capricho masculino”. Esas son las tácitas normas que planean sin el mas mínimo respiro para el papel de la mujer.

Paralelamente a los  roles sociales: familia y hogar como un espacio impuesto sin apenas oportunidades para practicar la coparticipación de género, en los últimos años, la fuerza motriz en el campo laboral también ha experimentado una alta feminización. Lo que se traduce en un considerable incremento de las responsabilidades, ya de por si, asumidas silenciosamente por la mujer marroquí.

Amina sólo tenía 15 años cuando fue violada por un tal Mustafa. Tuvo la valentía, apoyada por su madre, de denunciar a su agresor ante la Fiscalía de Tánger. Hizo lo más difícil para una mujer en condiciones muy críticas: reconocer su agresión y buscar el castigo legal para su agresor.

Sin embargo, todo el sacrificio no se tradujo en una detención y posterior acusación. Al contrario. Recurriendo a las recias tradiciones propias de un estilo medieval, las dos familias pactaron un matrimonio de conveniencia para que él evitase el ingreso en prisión y la familia lograse limpiar el cuestionado “honor”…

En resumen, víctima y agresor conviviendo en unas decenas de metros cuadrados. Una nueva vida que, sin dudarlo, Amina se negó afrontar. Optó por tomar un veneno para ratas y apagar unas constantes vitales como remedio a su esclavismo social y cultural. Una determinación impropia a sus 16 años.

Una ingesta venenosa con apáticos efectos secundarios para una comunidad internacional obligada a condenar un nuevo caso de violencia machista, y vivir estremecida por unas horas. Pero, tal y como marca otra de las tradiciones, con el amanecer se impone el olvido colectivo por que “algunas cosas nunca cambian”.

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