Es igual duro abandonar tus raíces como una bienvenida hostil, marcada por el rechazo y la discriminación
El inmigrante es ese ser humano que decide dejar atrás su país de origen o residencia con la finalidad de buscar mayor nivel de seguridad, con el deseo de encontrar una oportunidad para desarrollar una vida digna o, simplemente, enriquecerse de la convivencia integrado en otra cultura diferente. Puede deberse a un innumerable catálogo de legítimos motivos que merecen – como mínimo – ser respetados de principio a fin.
En todos ellos converge un mismo o parecido paradigma: migrar, desplazarse, cambiar de escenario de vida es un derecho humano incuestionable. Y cualquier planteamiento que cumpla con las normas más básicas de convivencia debe recibir la mayor consideración posible. Sin embargo, incontables casos contradicen y contravienen estos postulados. Para una persona inmigrante el reto de superar la barrera física de las fronteras se convierte en una situación puntual, en un mal menor frente a adversidades y amenazas como la discriminación y la criminalización.
No en pocas ocasiones los relatos políticos contagian de una visión y una recepción de seres humanos procedentes de otras latitudes con una excesiva carga de rechazo y negatividad: la diferencia cultural, racial, religiosa, lingüística o de otra naturaleza son utilizadas, de manera perversa, para construir una indecente narrativa que causan efectos negativos en la sociedad ante la presencia y convivencia con personas inmigrantes. Heridas emocionales de distinta envergadura de un impacto, a medio y largo plazo, difícil de calcular. Secuelas que deben sanarse con urgencia para evitar un estado de conflicto.
Política irresponsable
En España y en buena parte de Europa, los delitos de odio sufridos por diferentes colectivos sociales no dejan de crecer; se expanden como una gigantesca mancha de vertido de petróleo en el mar. Uno de los principales factores se localiza en la sofisticada cuna de la política de la ultra derecha bañada en un incisivo discurso repleto de xenofobia, una indeseable circunstancia que ya está generando una brecha difícil de remediar entre nacionales y extranjeros. Entre nativos e inmigrantes. Una profunda desigualdad de impredecibles consecuencias. O sí. Porque esta clase de situaciones, por norma, no son inocuas y dejan a su paso un importante número de victimas y situaciones contaminadas de odio y venganza.
La llegada de familias enteras procedentes de diversos territorios como América Latina, África u Oriente Medio, huyendo de la asfixia de la violencia y la pobreza, se ha convertido en una nueva escena a la que estamos asistiendo (en directo), a diario, y con la que tenemos obligación de implicarnos ejercitando al máximo grado de algo llamado solidaridad.
Tres preguntas: ¿cómo llegan?, ¿cuáles son sus necesidades?, ¿cómo podemos abrazarlos? ¿Nos hemos detenido alguna vez en darles respuesta? Y podríamos sumar muchas más. No olvidemos que, aunque hacemos invisible su dolor, tiene nombre y apellidos. Detrás hay un universo de emociones y una historia de futuro que aún está por escribirse.
«No aplicamos la suficiente empatía emocional con los seres humanos que llegan a nuestra realidad, renunciando a la suya, en la búsqueda de un rencuentro con la dignidad».
Resulta incuestionable que nuestra sociedad tiene la obligación de responder ante el irrenunciable reto de acoger, en las mejores condiciones posibles, a los inmigrantes sin prestar atención a la nacionalidad y al color del pasaporte de su piel. De no hacerlo, incurriremos en una nueva traición -una más- a nuestra propia condición humana, porque los libros de historia así lo recogen, y mañana podemos ser nosotros quienes muy lejos de casa solicitemos asilo, acogida, hospitalidad, solidaridad. ¿Quién sabe? Una distopía que se aproxima cada vez más a la realidad.
