Desde la aparición del virus se han registrado importantes avances médicos frente a la resistencia del estigma
Transcurre el tiempo y avanza la ciencia con poca incidencia en la conciencia colectiva. La persona que porta VIH por el indescifrable mapa de arterias y venas de su organismo está obligado a refugiarse en el silencio, un fiel y leal aliado ante la hostilidad social que lleva décadas repudiando y discriminando a quien por una circunstancia u otra se ha contagiado de un virus más mortal a nivel social que médico.
Los saltos de eficiencia de las distintas vías de investigación y ensayos clínicos no se corresponden (para nada) con el ritmo y evolución de la percepción que imponen las diferentes sociedades al presentarle una persona afectada por el VIH. Por norma, el rechazo, la distancia y la indiferencia se ensañan en una situación que no comporta riesgos de ninguna clase. Temores infundados que adquieren unas proporciones ilógicas en respuesta a un ínfimo uso de la inteligencia.
Antecedentes del VIH
Sin embargo, un lastre demasiado pesado del pasado reivindica un primer plano en el presente. Todavía se recuerda, con excesiva nitidez, la irrupción de un virus desconocido que, en los años 80, arrasó con generaciones y generaciones de jóvenes, y no tan jóvenes, al practicar diferentes conductas de riesgo: relaciones sexuales de distinta condición, consumo de drogas (inyectables como la heroína) o actos médicos a través de transfusiones que no contaban con las garantías suficientes de vigilancia sanitaria para evitar la sibilina transmisión del VIH.
En su momento, todos estos canales se convirtieron en la puerta de entrada para un virus que, fuera de control, sigue derivando en SIDA, al deteriorar de manera progresiva y sin capacidad de respuesta natural el nivel de defensas del organismo, reduciendo el número de células CD4, consideradas el cerebro del sistema inmunológico. Factores que solían conducir a la muerte segura al no disponer de herramientas médicas ni farmacológicas para abordar una enfermedad que, en muy poco tiempo, acabó convertida en una de las pandemias más resistentes de todos los tiempos.
Experiencia
Con todo lo andado y aprendido, hoy en día, los niveles de mortalidad por VIH se han reducido drásticamente gracias, en parte, al conocimiento médico y a la calidad de los medicamentos; hasta tal punto que reducen la presencia del virus en sangre a la mínima expresión. Esto supone que el VIH diagnosticado y tratado es ya indetectable e intransmisible. Un idílico escenario si lo observamos con la mirada de hace tres décadas. Casi una utopía cuando el mundo se encontraba seriamente amenazado por un gran desconocido que no distinguía entre ricos y pobres, blancos y negros, católicos o musulmanes. Daba igual quién o qué fuera la persona contagiada porque el virus entraba sin pedir permiso ni avisar y, a partir de ese momento, comenzaba una carrera contrarreloj por evitar lo inevitable.
Farmacéuticas y el VIH
Posteriormente, llegaría la lucha contra las patentes de la industria farmacéutica que al descubrir los primeros medicamentos la primera medida adoptada obedeció a las frías e insolidarias leyes de mercado: discriminó entre países desarrollados económicamente y los que no eran tanto al catalogar la enfermedad como una vía de negocio extraordinaria, excepcional, de grandes rendimientos, por encima de la visión humana y solidaria. Varios años de lucha, reivindicaciones y encarnizadas protestas provocarían que los remedios para no morirse de los efectos del SIDA llegasen a una gran mayoría de los países de los cinco continentes. Por fortuna y después de sumar grandes cifras de seres humanos fallecidos por una enfermedad con tratamientos prohibidos e inalcanzables, el acceso a los medicamentos pasaría a ser universal.
Superadas varias décadas de experiencia, las consultas médicas ya disponen de arsenal suficiente y eficiente para todos los casos; nadie o casi nadie muere por los efectos de un virus temido. Tampoco se propaga ni se expande con la misma dimensión de hace treinta años. Su cronificación y la capacidad actual para mantener una sólida estabilidad de la salud de las personas con VIH han transformado un diagnóstico mortal en una realidad paralela con una optima calidad de vida gracias a tratamientos avanzados, con mínimos efectos secundarios.
Discriminación social
Pero, de puertas para fuera de la consulta médica, el panorama es bien complejo: una gran mayoría callan su situación ante la familia, amigos, entorno laboral por miedo real a ser rechazados o repudiados. En tiempos en los que existen un abultado volumen de información se antoja paradójico que envolverse en el mutismo más absoluto se convierta en la vacuna social recomendada para evitar las temidas heridas emocionales y psicológicas de una discriminación enquistada, larvada con el paso de los años y las décadas. Una visión enferma ante una realidad de millones de personas que tropiezan, una y otra vez, contra la incomprensión y la amenaza de ser empujadas al invisible gueto del VIH.
«Pese a la revolución científica y a la reducción drástica de la mortalidad, millones de personas siguen refugiadas en el silencio por temor al rechazo social por el simple hecho de ser portadoras del VIH. Sin tolerancia e inclusión no hay posible evolución».
Juan de Sola Vollbrecht
