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La sucesión de generaciones perdidas es una secuela imperdonable para una sociedad que presume de navegar en un bienestar cercado por los continuos avances. Resulta muy incoherente instalar un modelo de convivencia en los extremos: Todo o nada.
La historia es redundante. No parece fácil escapar de esa dinámica. Las diferentes décadas presentan una cantera de jóvenes perdidos en el agujero negro de la más absoluta falta de oportunidades.

Difícil de olvidar la primera conversación con un gran especialista gallego en medicina interna sobre la incidencia del VIH/Sida. Corrían los años noventa cuando la esperanza de vida, a este lado de la realidad, era más bien poca o nula. En el recuerdo más lujoso de detalles encontramos aquella sincera declaración, poco después de iniciarse la revolución farmacológica con la aparición de la TARGA (Terapia Antirretroviral de Gran Actividad).