Una campaña de sensibilización de UNICEF alerta a los padres de los riesgos para los pequeños de confiar en personas desconocidas sin tener clara la intención de ese contacto.
Suele suceder en los espacios más habituales o próximos al entorno del menor: escuelas, parques, centros de juegos o deportivos. Y, en el peor de los casos, en el ámbito familiar; mucho más difícil de detectar para agentes externos experimentados en Trabajo Social con la Infancia.
La amenaza de la pedofilia es una realidad a la que solo puede responder la cautela y vigilancia de los progenitores en un primer momento. Después, el turno corresponde a las fuerzas y cuerpos de seguridad para identificar, detener y procesar a quienes disfrutan con las prácticas o tendencias pedófilas.
Un dato relevante para la reflexión colectiva y social: La Fundación Alia 2, un colectivo que persigue la seguridad para los menores en la red, refleja en un informe publicado en el 2011 que cerca de 16.000 intercambiados a través de internet albergaban sospecha de portar contenido pedófilo.
Confiar en la seguridad real puede resultar más beneficioso que confiar en el azar como método tradicional para defenderse y evitar una amenaza a la parte más vulnerable de nuestra familia.
De noche y de día. La hora y la fecha no tienen relevancia para quienes deciden dar el paso de saltar una ‘miserable’ valla metálica, repleta de desafiantes elementos punzantes que suelen dejar secuelas físicas al pasar de una realidad a otra.
La creación y mantenimiento de un sistema basado en las fronteras no hace más que acentuar las desigualdades entre una zona y otra. Y no cabe duda que la libre circulación es una utopía inalcanzable entre países limítrofes de Europa y África, entre otros.
Desayunar, comer o cenar con la noticia del intento de salvar la valla de Melilla por parte de cien o doscientos seres humanos, atrapados en el monte Guru Gú ante el férreo cerco dispuesto por la policía marroquí, se ha convertido en todo un clásico informativo. Apenas logra ya conmover a los espectadores por la continua repetición de la escena.
Diversos objetos personales quedan atrapados en la valla en cada salto
Algunos pensamos que la falta de unas políticas de cooperación al desarrollo eficientes traen como fruto una avalancha tras otra de personas embargadas por la desesperación más absoluta. Pero, desgraciadamente, sentimos el frío de la soledad al reflexionar de esa manera.
Buscar una oportunidad es cuestión de vida o muerte. No queda otra opción que jugársela a una carta. En situaciones de esta naturaleza no cabe decir aquello de «siempre se puede ir a peor, por qué ya residimos en lo peor».
Inseguridad humana, social, cultural, jurídica, administrativa, sanitaria, económica conviven con miles de inmigrantes procedentes del África Negra o Magreb: Nigeria, Camerún, Congo, Senegal, Mali, Marruecos, etc. Desde estas distantes sociedades llegan a orillas del estrecho con la expectativa de cruzar en barco, a nado o saltando una fría valla sin necesidad de salvar litros y litros de agua salada.
Melilla (España) y Beni Enzar (Marruecos) no es más que uno de tantos ejemplos de lo absurdo que supone construir y mantener una frontera con todas sus restrictivas e inhumanas características.
Intentar salvaguardar los intereses y la identidad cultural, social y económica de un pueblo no puede defenderse con una mera fortificación de metal y un intenso cordón policial. Por cierto, ¡un estilo muy utilizado por los estrategas militares desde el medievo!
Las causas de las migraciones forman parte de la historia de la humanidad. El nomadismo fue una modelo de vida con el único objetivo de garantizar la existencia de una comunidad o pueblo: Alimentación, agua, seguridad o un clima moderado para vivir motivaban dichos desplazamientos.
Pese a todo, las cosas no parecen haber cambiado en exceso desde entonces. Los desplazamientos masivos, las guerras, los saqueos, la explotación o mala distribución de los recursos siguen originando contextos de pobreza, inmundicia e injusticia entre unos y otros.
Ya bien sea separados por un mar agua o una aduana militarizada, la desequilibrada balanza de las oportunidades persiste en prevalecer en el mismo estado de siglos atrás a pesar de un presunto desarrollo que no acaba de llegar a todos los rincones del planeta en las mejores condiciones.
Los esfuerzos de la cooperación al desarrollo y la implicación fiel, e inequívoca, de organizaciones así como instituciones de rango internacional nos conceden lucir una realidad muy ansiada: la ‘mortalidad infantil’ se ha reducido en un 50% desde los inicios de la década de los 90’. Este es uno de los objetivos del milenio, parcialmente cumplido, que se proponen abordar las acciones destinadas a mejorar las condiciones de vida de la Infancia en el mundo.
Hablar de la Comunicación para el Desarrollo (CpD) precisa de un amplio análisis sobre su papel e importancia en los proyectos de carácter social. Este concepto, gran desconocido o infrautilizado, ofrece unos interesantes resultados en aquellos proyectos que contemplan una intervención de esta naturaleza.
Comunicar y Desarrollar son dos acciones que, finalmente, acaban por confluir en una con identidad propia. De las radios y teles comunitarias emerge el principal modo de expresión con criterio colectivo más allá del empresarial o político.
Diferentes ámbitos admiten esta posibilidad: Discapacidad, Reinsercción, Cooperación, Exclusión, Infancia, Juventud, entre otros. No cabe duda que las evidencias son incontestables. Ahora solo queda incrementar el nivel de respuesta en los sectores Social y de la Comunicación, al final, dependientes el uno del otro; pero, bien diferenciados.
Esta entrevista, emitida en el canal de radio de la Fundación Internacional Baltasar Garzón, fue incluida en el programa ‘Hablemos de Derechos Humanos’. Otro perfecto ejemplo en una comprometida practica de la CpD…
No es necesario tener un alto nivel de humanidad para presentar un sentimiento (la psicología más básica lo define como la parte más subjetiva de las emociones) de impotencia, dolor o tristeza. La oportunidad para defenderse se escondió en el lugar más furtivo; tal y como hacen la mayoría de las personas vulnerables ante el fuego amigo y enemigo, atrapadas en un infame conflicto.