La historia interminable de Beni Enzar

La mujeres de Marruecos son las porteadoras en la frontera de Melilla y Nador

Llevamos unos días integrados en la sociedad marroquí con la finalidad de acompasar los pasos en terreno de cinco alumnos/as que han sido seleccionados en el II Seminario de Agareso. Dicha iniciativa les ha obligado a partir de la ciudad oriental de Nador y deberán terminar su periplo en Tánger. Los diferentes proyectos de cooperación internacional de organizaciones como ACPP son el principal objetivo del análisis y la posterior reflexión de los nóveles reporteros/as.

La segunda noche, tras un intenso día visitando a las comunas del rural del área de influencia de Berkane, buscamos la frontera como siguiente objetivo en el programa de acción: Conocer la histórica ciudad de Melilla y su realidad social se convierte en un deseo colectivo. Y, ante tanta unanimidad, restamos unas horas al descanso y al sueño.

No sobrepasaban las diez de la noche a este lado: Marruecos. Máxima disposición a traspasar uno de los pasos con la mayor presión social y demográfica de toda África, a las puertas de Europa. Poco antes de aproximarnos, para dejar el coche a doscientos metros de distancia, se intuyen entre la oscuridad de la noche los efectos de la inmigración con las siluetas de personas deambulando sin un rumbo claro a lo largo del centenar de metros que concede la antesala de la frontera marroquí en Beni Enzar. El color de piel negro se impone a orillas de la carretera. Se hace más intenso a medida que nos vamos acercando.

Unos esperan su oportunidad para colarse (En los últimos meses, casi un millar de personas han logrado sortear las fuertes medidas que separan una realidad de otra). Otros comercian con todo los recursos posibles. A nuestro paso, primer abordaje para vendernos la obligada tarjeta de inmigración que formaliza la salida o entrada de un país a otro. Se nos ofrece por 1 o 2 dirhams. Todo depende de la negociación. El intento es una constante: “Ya no quedan. Es la única oportunidad de poder pasar esta noche”, expresan con un canto bien ensayado a fuerza repetirlo en incontables ocasiones.

No hay tregua. El asedio es incombustible, incluso cuando estamos a escasos centímetros de la cabinas de control fronterizas del territorio marroquí. Una mezcla de exagerada sobriedad y oscuridad se hacen notar.

La frialdad de la rutina forma parte del recibimiento. La atmósfera está cargada de una extraña tensión incontrolable: “Un sensación parecida a una olla a presión defectuosa. En cualquier momento puede llegar a explotar sin previo aviso”. En el interior de la caseta un funcionario escribe a la luz de un fluorescente desgastado por las horas de uso. El saludo de “buenas noches” carece de absoluta expresividad.

A pocos metros, visionamos la verja “made in spain”. La insistencia por vender algo llega hasta el momento previo al sellado del pasaporte. Los agentes de la Gerdanmerie Royale de Marruecos miran con una indiscreta desidia; sin apenas inmutarse, como si ya hubiesen vivido aquello en múltiples ocasiones. Acostumbrados a los amagos de toda clase y condición, se muestran poco o nada sorprendidos por lo que sucede esa noche de miércoles a nuestro alrededor.

Prosigue el intento por sacar partido a la presencia de seis personas con pasaporte europeo en plena frontera. Por momentos hay que mostrar una negativa con rotundidad: “Se arrepentirá de no haber aprovechado el precio de este bolígrafo”, espeta otro improvisado comerciante que no puede continuar a nuestro paso porque entramos en zona internacional. Cincuenta metros para pasar de un país a otro. O, más bien, de una realidad a otra. De un desarrollo instalado por encima de los cincuenta primeros estados del mundo a otro situado por debajo de ese ratio marcado por los indicadores del PNUD – Programa de Desarrollo de Naciones Unidas.

Por unas horas, la expresión de la supervivencia se detiene… Nos espera en ese lado fronterizo. Donde se encuentra el monte Gurugú, lugar de residencia de miles de seres humanos procedentes del sur del Sahel. Allí donde los días transcurren con una dignidad que abandona a quienes se han visto forzados a emirgar.  Donde uno está obligado a sortear los continuos cercos policiales, en los que no faltan las continuas agresiones y actuaciones violentas, que numerosas ONG´s  humanitarias no cesan en denunciar la permanente violación de los Derechos Humanos.

El escenario no puede ofrecer un ejemplo más rotundo de los verdaderos efectos de la pobreza y la depresión social. Decorada con un iregular reguero de viviendas de muy modesta arquitectura, Beni Enzar es el fiel reflejo de la colisión de dos mundos separados por una valla (cada más alta y espinosa) y un kilómetro de distancia… El agente español a nuestro paso nos da las “buenas noches” con la solemnidad que exige estar de servicio. Y nos aclara: “No se equivoquen, esto sigue siendo Marruecos”. Lo escupe con un cierto desaire hacia el pueblo vecino.

Transcurridas unas horas se produce el regreso. Abandonamos una ciudad ordenada y sosegada para recuperar el bullicio de personas vagando por los alrededores de una frontera repleta de una invisible injusticia. Mientras dirigimos los pasos al primer control, nos rebasa un hombre en una bicicleta repleta de materiales plásticos y metal. Demuestra tener un enorme sentido del equilibrio para no caerse con toda esa carga que ignoramos cual es su destino final.

De nuevo, las sombras de personas zozobrando sin una trayetoria clara se cruzan en nuestro campo de visión. El ambiente sufre, de nuevo, una recarga de extrordinaria tensión a medida que avanzamos. Nada ha cambiado, ni parece cambiar en décadas: “La historia interminable vuelve a empezar”.

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