¿Qué puede cambiar el mundo?
Las decisiones importantes parece que son un campo solo abonado para mentes adultas que expropian parcelas de futuro de las nuevas generaciones. En muy pocas ocasiones se ha agacha la oreja para escuchar las inquietudes de niños y adolescentes sobre el mundo que desean recibir y gestionar.
Son muy pocas las veces que un mandatario es permeable a las peticiones más basicas de un menor. La legislación internacional de los Derechos de la Infancia está elaborada por los mayores que dirigen los destinos del planeta en organismos y asambleas como las que se celebran en la ONU. Es cierto que resulta necesaria la aportación y participación de los adultos para una serie de cometidos políticos y administrativos. Ahora bien, esto no puede ser sinónimo de usurpación de espacios, por norma. Una realidad que acontece con mayor frecuencia de la deseada.
Es decir, mayores decidiendo por los pequeños que sienten como son tenidos en cuenta solo para justificar determinadas acciones. Ocurre lo mismo con las leyes de género: en la mayor parte, son hombres quienes redactan y debaten dichas leyes en un parlamento. Toda una contradicción. Y los hechos son muy tozudos: ¿cuántos niños padecen pobreza?, ¿por qué los recursos educativos no llegan a todos?, ¿quienes son los principales perjudicados en los conflictos bélicos? Algunos ejemplos que obtienen siempre una respuesta indeseable.
Se habla y predica de un futuro para las generaciones venideras que nunca llegará. Se insiste en construir desde un base no cimentada por educación, salud y protección social. Mas bien, todo lo contrario. La reacción suele ser tardía cuando el problema ya es irreversible. Y, en la mayoria de los casos, un lápiz, tal y como divulga Malala, actual premio Nobel de la Paz 2014: «un pupitre y un libro hubiesen sido elementos suficientes para provocar cambios sociales en diferentes culturas y contextos del mundo».
‘Abogada del diablo’
El trabajo comprometido de Alejandra Ancheita sale a la luz con la concesión del premio Nobel de Derechos Humanos 2014. Esta activista y abogada mexicana fundó la ONG ProDESC con el objetivo de defender a las comunidades indígenas de amenazas y agresiones de las empresas mineras y energéticas. Tampoco se olvida de los problemas derivados de la condición de inmigrante. Personas que optan por buscar mejores condiciones de vida alejadas de su arraigo familiar.
Desde su oficio de letrada, empleó con contundencia todo el conocimiento para reivindicar los derechos de personas desfavorecidas o en situación de desamparo en México. Reducir el maltrato y la discriminación a las personas de cultura indígena se ha convertido en el principal esfuerzo de una mujer entregada en reivindicar lo que es justo a nivel legal y social. Por mantener una postura inflexible ante la constante violación de derechos fundamentales, toda la plantilla de trabajadores de la organización que dirige Ancheita ha sufrido amenazas de muerte. Y no una sino varias veces.
En ocasiones, han sido objeto de seguimiento y vigilancia por denunciar a empresas de prospección y explotación minera una evidente falta de garantías y respeto hacia las comunidades indígenas que residen en zonas ricas en minerales o fuentes de energía. Las actuaciones legales no son nuevas en el campo de los Derechos Humanos. El coraje por afrontar este tipo de casos no han significado una limitación para Alejandra. Todo lo contrario: considera que las acciones contra las injusticias fragantes no deben quedar impunes e invisibles a ojos del mundo.
Denominada como la ‘abogada del diablo’ por sus detractores ha creído siempre en la voluntad y capacidad de perseguir a la justicia hasta las últimas consecuencias. No ha sido fácil; pero, eso lo tuvo claro desde el principio de su activismo. Suma ya tres lustros liderando una causa que logró poner en situaciones muy complicadas a multinacionales por no deponer sus intenciones de pisar y cercenar la dignidad de pueblos con una cultura diferente al modo de vida convencional.
Ha soportado campañas de desprestigio cargadas de una incontable cantidad de calumnias sobre su proceder. Sin embargo, ahora, este premio internacional le permite enterrar cualquier posible duda sobre su labor como una mujer de referencia incuestionable en el campo de los Derechos Humanos en el mundo.
Secuestrados por la pobreza
El nivel de consumo no determina el grado de felicidad para ningún ser humano. Es muy cierto que los recursos proporcionan o respaldan el bienestar social. Sin embargo, la continua inducción al gasto en artículos materiales genera una elevada sensación de exigencia para alcanzar una supuesta vida completa.
Mientras tanto, al otro lado del mundo, los servicios básicos y las oportunidades adolecen para millones de personas que sueñan con acabar el dia habiendo ingerido dos platos de comida y algo de agua para mitigar las debilidades del organismo. Esas cuestiones fundamentales, sea cual sea su edad de la persona, precisa para mantener las constantes vitales activas.
Los desiliquibrios son constantes, casi imparables. El descontrolado y desproporcionado consumo, en una parte, evita la involución, en otra. Una ecuación inalterable que no modifica el rumbo a pesar de los incisivos intentos de organizaciones e instituciones sociales. La llamada al consumo responsable se transforma en una omisión al deber más fundamental: solidaridad con las necesidades ajenas.
Un tercio del planeta vive y desperdicia a costa de las otras dos partes restantes. No es un dato nuevo y sí reiterado hasta la saciedad. Una cifra que sólo conmueve lo justo para registrar pequeños cambios que resultan insuficientes para un objetivo tan justo como ambicioso: equilibrar las posibilidades de vida de millones de seres humanos secuestrados por la pobreza.
Al corro de la ‘patata’ entre las balas
Al calor del pequeño refugio
Cientos de miles de refugiados sirios están sufriendo las consecuencias de las fuertes tormentas de nieve de este inicio del invierno en Líbano y Jordania. Huyen del conflicto y tratan de salvar la vida aunque esto signifique vivir en las duras y complejas condiciones de un campo improvisado a la intemperie, repleto de personas con las mismas necesidades: retomar lo abandonado por la fuerza.
