¿Qué más tiene que pasar?

La comparecencia dejó perplejos a todas y todos los asistentes al acto público. Se trataba de un representante del gobierno central hablando de un caso de Violencia Machista en la provincia de Pontevedra. Al referirse al tema, emergió un discurso decimonónico y rancio que definía el actual papel de la mujer como “un ser vulnerable e indefenso”. Desde ese momento, el frío viento intelectual comenzó a soplar con una intensidad imprevista. Una profunda borrasca irrumpió por uno de los pasillos de aquel organismo oficial con una torrencial lluvia cargada de términos atrasados; más próximos a la compasión que al compromiso social contra uno de los principales problemas en España. Los gatillazos verbales no cesaban de sonar. Micrófonos abiertos y grabadoras encendidas con una repetida tentación de apagarse. Con el deseo de no haber registrado nunca algo tan inapropiado. De borrarlo todo.

#lasqueremosvivas es el lema de la manifestación contra la violencia machista del #7N Sigue leyendo

Una factura secular

 Las consecuencias de la Violencia Machista trascienden, sin remedio, a las piezas más vulnerables del núcleo familiar: los niños. Las agresiones, las coacciones o el sometimiento del que se considera marido o compañero sentimental incide en el equilibrio emocional de los mas pequeños.
Es una dramática situación para madres e hijos. Las primeras por recibir los efectos de la agresión de forma directa. Y los segundos por ver, sufrir y callar ante una injusticia continuada en el tiempo. Quien ejerce violencia secuestra libertades para vivir. Quien agrede lesiona la autoestima y las ilusiones de existir.

Aprender a convivir con un clima de terrorismo doméstico solo deriva en un mismo resultado: Violencia genera más violencia. Y la espiral no se detiene de forma improvisada. Es en este punto donde los agentes externos y especializados deben intervenir para evitar un empeoramiento de la situación.
Crecer rodeado de tensión y agresividad solo logra convertirnos en personas inseguras, complejas e introvertidas como medida de defensa. Por contra, soportar estos indeseados escenarios solo produce cicatrices en lo físico, psicológico y emocional, con la consiguiente inhabilitación para ser una misma.
La sociedad tiene múltiples problemas sociales aunque la violencia machista no deja de ser otra factura pendiente, desde hace siglos, con las mujeres del planeta.
Solo cabe una salida: resolver una deuda antes de que transcurra un nuevo siglo

En tierra de nadie

La odisea vital de la joven Eva se suma a la cadena de problemas humanos y sociales que azotan con virulencia en el cuerno de África. Al sacrificio de tener que emigrar de Etiopía, esta historia, habilita un cómodo e impune espacio para la Violencia de Machista.

Todo ocurre en Somalilandia, un país independiente que se localiza en el noreste de Somalia. No se encuentra reconocido como tal por ningún otro país del mundo Un aspecto que agrava más la situación para aplicar con garantías la legislación internacional en materia de Derechos Humanos. Esta imposibilidad también trasciende al ámbito de la Ayuda Oficial al Desarrollo.

Así pues, esta muchacha abandonó su tierra, con el objetivo de incrementar las oportunidades de vida, y se acabo topando con un tierra no reconocida donde el agresor sexual no es detenido, ni juzgado por un tribunal ante un delito. Eva se convirtió en una víctima de violación perpetrada por “cuatro desalmados con los instintos más bajos totalmente desbocados”. De este abominable hecho nace un hermoso bebé.

La inseguridad se impone ante espacios esenciales como el social y judicial. En estos momentos, Eva trata de sacar adelante a su pequeño en un inhóspito lugar con el apoyo de Heba, una consejera local, a pesar de tener la sensación, cada mañana, de encontrarse en tierra de nadie…

Masculinidad y equidad de género

Actor Social (Esther Pineda G).- Tradicionalmente, cuando hablamos de género, es frecuente circunscribirlo de manera automática a la situación de exclusión y subordinación a la que han estado sometidas y expuestas las mujeres en una organización social patriarcal como la nuestra, sin embargo, los estudios de género, comprenden también el estudio y preocupación por la situación del hombre y los procesos de construcción social de la masculinidad.

El género puede entenderse como una categoría relacional, que refiere a como se construyen las identidades femeninas y masculinas, los significados sociales y culturales que les son atribuidos a partir de sus diferencias biológicas y como estas se materializan en la acción social sexualizada.

Si bien es cierto, las mujeres han sufrido de manera directa los impactos del patriarcado y el sexismo, así como, su expresión y manifestación en formas  como el machismo, la violencia, entre otros, y de que los hombres gracias a su condición de hombres y su apego a la expectativa social de una masculinidad hegemónica han garantizado su acceso al sistema de privilegios, (poder, riqueza, prestigio y conocimiento), también serán significativamente afectados por la organización social androcéntrica y falonarcisista que les es impuesta.

 En nuestra dinámica social, a los hombres les ha sido concedida la actividad, la seguridad, la promiscuidad, la racionalidad, la fuerza, la delegación, la dominación, la autoridad, la violencia, la agresividad, la verdad, como elementos por naturaleza constitutivos de su condición de hombres, donde además serán considerados como personas justas, éticas y lógicas.

Los hombres se verán sujetos a modos conductuales, actitudinales y prácticas de socialización, impuestas y prefabricadas, es decir, son desprovistos de la posibilidad de construcción de una masculinidad desde la autonomía y la libertad. Se socializa una masculinidad hegemónica, en muchas oportunidades divorciada de la masculinidad real y deseada.

La masculinidad hegemónica será una masculinidad alienada, caracterizada por la violencia, una masculinidad mezquina, la cual en nuestra forma de organización social se ejerce desde el poder y para el poder, para dominar a otro, siempre mujer, pues los géneros ha sido estructurados y concebidos como categorías necesariamente antagónicas e irreconciliables.

No obstante, estas concepciones y conductas serán entendidas como condición biológica, o en el menor de los casos elecciones y construcción voluntaria de la estructura de personalidad, obviando la influencia y moldeamiento que han de ejercer entes socio-culturales sobre esas disposiciones colectivamente introducidas en las individualidades.

Ahora bien, la exigencia de apego a una masculinidad hegemónica, también tendrá consecuencias en la vida de los hombres, entre ellas, situaciones de aislamiento y represión de prácticas, conductas y emociones autónomas, se establecerá como imperativo el ocultamiento de las denominadas “debilidades” masculinas, pues de su espontanea manifestación dependerá la puesta en duda de la masculinidad y en consecuencia la posibilidad de exclusión, rechazo y estigma.

Pese a ello, la masculinidad no es una condición natural, biológica, inamovible e incuestionable, la toma de conciencia de esta situación ha motivado la incursión de los hombres en asuntos por la equidad de género, se ha hecho cada vez más frecuente la organización en grupos de hombres, contestatarios a la masculinidad hegemónica, pero también en lo que refiere la desarticulación del sistema que los condiciona.

En la actualidad se presenta como impostergable la ruptura con los criterios que se definieron como propios de la masculinidad, y por tanto la necesidad de desbiologizar, desmitificar, desgenitalizar las relaciones sociales, pues la modificación de la situación de exclusión y subordinación a la que aún están expuestas las mujeres en nuestras sociedades no puede darse de manera aislada, sin deconstruir esa masculinidad opresora, que excluye y subordina.

(Esther Pineda G. es socióloga, investigadora y escritora en las áreas de género, afrodescendencia y etnicidad. Autora del libro “Roles de género y sexismo en seis discursos sobre la familia nuclear”. E mail: estherpinedag@gmail.com  Twitter – @estherpinedag)

Algunas cosas nunca cambian…

Amina era ciudadana de Larache, localidad norteña de Marruecos. Tenía dos opciones. Enterrarse en vida o acabar con una tortura asegurada por una de las mayores injusticias conocidas para ser humano: la agresión sexual. Por norma, esta serie de casos se ceban con las personas más vulnerables sin apenas opción para poder defender la parcela más íntima.

Dicha invasión se convierte en un terreno erosionado en el que la siembra siempre es inútil. Es tanto el daño generado que el nacimiento de sentimientos positivos queda anulado por los negativos. Recomponer un espíritu lesionado por la perversión más ruín conocida hasta la fecha no cuenta con una cura de sencilla aplicación.

Dicen algunas osadas teorías que optar por quitarse la vida “es un acto de cobardía”. Resulta paradójico que ilustren esta serie de aseveraciones académicas o teológicas aquellos/as que desconocen, en muchas ocasiones, el por qué de una decisión tan drástica y ni siquiera tienen en su haber una mínima experiencia con la que poder argumentar su tesis vital… De momento, nadie ha resucitado para hacer una evaluación al respecto.

Es de suponer que cuando se determina traspasar la línea roja la desesperación ya lo ha inundado todo. No es extraño que una joven recién licenciada en la adolescencia evitase una tormenta crónica de irreparables consecuencias en su vida. Fue valiente de principio a fin. Su caso no es una excepción en una sociedad machista hasta lo más hondo de sus raíces. “El hombre es autónomo en sus actos. Y la mujer es una mercenaria del capricho masculino”. Esas son las tácitas normas que planean sin el mas mínimo respiro para el papel de la mujer.

Paralelamente a los  roles sociales: familia y hogar como un espacio impuesto sin apenas oportunidades para practicar la coparticipación de género, en los últimos años, la fuerza motriz en el campo laboral también ha experimentado una alta feminización. Lo que se traduce en un considerable incremento de las responsabilidades, ya de por si, asumidas silenciosamente por la mujer marroquí.

Amina sólo tenía 15 años cuando fue violada por un tal Mustafa. Tuvo la valentía, apoyada por su madre, de denunciar a su agresor ante la Fiscalía de Tánger. Hizo lo más difícil para una mujer en condiciones muy críticas: reconocer su agresión y buscar el castigo legal para su agresor.

Sin embargo, todo el sacrificio no se tradujo en una detención y posterior acusación. Al contrario. Recurriendo a las recias tradiciones propias de un estilo medieval, las dos familias pactaron un matrimonio de conveniencia para que él evitase el ingreso en prisión y la familia lograse limpiar el cuestionado “honor”…

En resumen, víctima y agresor conviviendo en unas decenas de metros cuadrados. Una nueva vida que, sin dudarlo, Amina se negó afrontar. Optó por tomar un veneno para ratas y apagar unas constantes vitales como remedio a su esclavismo social y cultural. Una determinación impropia a sus 16 años.

Una ingesta venenosa con apáticos efectos secundarios para una comunidad internacional obligada a condenar un nuevo caso de violencia machista, y vivir estremecida por unas horas. Pero, tal y como marca otra de las tradiciones, con el amanecer se impone el olvido colectivo por que “algunas cosas nunca cambian”.

 Otras historias relacionadas con la realidad de la mujer marroquí (Proyecto 100% Mujer – Agareso en Marruecos)

Más de seis décadas, obligados a ser humanos…

El derecho a vivir rodeado de la máxima humanidad debe mudar hacia la senda de la obligación. Sin distinciones culturales, sociales o políticas, el ser humano está llamado a aprovechar su existencia ejerciendo como tal. Al final, tener que aprobar una Declaración solo delata que el derecho ha ganado la partida a la obligación en el tablero de ajedrez como sinónimo de un fracaso colectivo en el transcurso de la historia.

Desde que asomamos la cabeza, nuestra integración a cualquier opción de sociedad queda sobrentendido que debe hacerse bajo los más esenciales y elementales criterios de desarrollo. Crecer y conocer la felicidad infantil forma parte de una evolución natural que solo el ser humano es capaz de truncar sin complejos: “Cualquier siniestro argumento inventaremos para ello”. Similar situación que también alcanza a millones de mujeres, mayores o personas desfavorecidas por múltiples causas en el mundo…

Hace más de medio siglo, el 10 de diciembre de 1948 llegaba la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Tuvieron que transcurrir un millar de años para llegar a impulsar una obligación vestida de derecho.  Hoy en día, el Alto Comisionado de Naciones Unidas intenta velar por el respeto e igualdad entre los seres más racionales, conocidos hasta el momento, que habitan el planeta.

Haciendo un barrido geográfico resulta inabarcable denunciar, en un puñado de palabras que componen este post alojado en un rincón de la blogosfera, todas las acciones y contextos donde se ha pisado y traspasado la línea roja. Queda claro que la vulneración de alguno de los 30 artículos es continua y consentida, en numerosas ocasiones, por la comunidad internacional.

Los conflictos bélicos son la parte más visible del horror y drama del incumplimiento de la obligación a comportarse como “un ser excepcional”, tal y como exclamaba uno de los participantes del proyecto de comunicación para el desarrollo en el canal de radio ‘La Colifata’.

Pero, según Amnistía Internacional, las mujeres son la parte invisible de dicho incumplimiento. Una vez más, la obligación a respetar su dignidad ha tenido que ser recogida como un derecho.  “La violencia contra las mujeres y niñas es la violación de derechos humanos más habitual y extendida: a lo largo de su vida, una de cada tres será golpeada, obligada a mantener relaciones sexuales o sometida a algún otro tipo de abusos”, reza uno de los párrafos de la entrada publicada en el blog de la organización.

En este mismo espacio de Referencias, hemos denunciado casos tan insólitos como el de Gulnaz, la mujer afgana obligada a contraer matrimonio con su agresor sexual. En su realidad cultural, el hecho de ser violada no es más que una falta muy grave por mantener relaciones fuera del matrimonio. Otro de los ejemplos que alientan a la necesidad de transformar los derechos en obligaciones.

Asimismo, existen países y sistemas políticos muy acostumbrados a pisar con crueldad el deseo de disfrutar de un cierto bienestar de otros modelos de convivencia por “una supuesta amenaza para el orden mundial”. En esta misma línea, culturas que intentar invadir a otras culturas consideradas inferiores por un menor ritmo en el desarrollo económico y político; un aspecto que deriva en irreparables daños sociales.

Y añadimos a este capítulo de reflexiones una nueva modalidad, si cabe, de mayor nivel de invisibilidad: Las crisis humanitarias intencionadas. Aquellas que son provocadas por la especulación de los precios de los alimentos desde un despacho en Londres, caso del Cuerno de África, como otro de los modos de anular al ser humano ante la absoluta imposibilidad de acceder y abastecer las necesidades más básicas.

Al mismo tiempo, el área queda controlada, a través de la estratégica fórmula del caos y desestabilización, con el fomento de un pasillo de distribución de armas a los denominados ‘Señores de la Guerra’. A su alrededor, hambruna y miseria. Una inacción contra la pobreza que también está catalogada como otro de los métodos de mancillar el honor de los DD.HH.

Un exclusivo espejo del expolio de recursos y oportunidades que inciden en una acentuada rebaja de las condiciones humanas de vida.

Y no cabe duda que, al traspasar la efeméride de más de seis décadas, podemos extraer un axioma: ‘A  golpe de obligaciones sí somos capaces de garantizar el cumplimiento de los derechos humanos del prójimo’.

La doble condena de Gulnaz

El asunto debería estar clasificado entre los más graves atentados a las normas más de convivencia a escala mundial. La comunidad internacional invierte recursos en el envío de armamento, ejércitos, observadores internacionales en ciertos contextos donde parece existir una supuesta desestabilización o depresión democrática y, sin embargo, ignora o se pone de perfil ante el atropello de los derechos humanos a todos los niveles.

Sería una irreparable equivocación limitar esta problemática a una cuestión de violencia de género e injusticia social. Para empezar, una violación continuada o no atenta contra la dignidad y los derechos más básicos del ser humano. Sea cual sea su sexo, cultura o religión. En cada ocasión que se repite un hecho de esta naturaleza, el contador de daños y lesiones personales se pone a cero.

El escenario que nos golpea, estos días, en las conciencias con nuevas imágenes está basado en un modelo de convivencia que solo garantiza, por un lado, la desigualdad y, por otro, un buen trato a tan solo una parte”. Ser mujer en Afganistán puede conllevar que, dependiendo de quién te arrolle con los instintos más bajos desatados, la cárcel sea un destino inexorable simplemente por “la indecencia de no remediar un execrable ataque a la intimidad”.

Gulnaz, una joven de 19 años, se encuentra en una auténtica encrucijada. La única salida posible a su estrambótica situación pasa por emprender una huída hacia adelante contrayendo matrimonio con su agresor, y evitar así ser encarcelada durante 12 años por sufrir una violación practicada por el esposo de su prima… Según parece, las leyes del país asiático sí contemplan el delito la violación, pero con penas de prisión que debe afrontar la propia víctima al considerarlo adulterio por mantener relaciones fuera de la pareja.

Si la imagen mitológica de la justicia se quitase la venda de los ojos, se toparía con una legislación que solo favorece la impunidad de los hombres ante cualquier caso de abuso sexual. Un increíble contexto en el que desequilibrio de la balanza atribuye la máxima responsabilidad a la mujer, quien se convierte en víctima y delincuente por un mismo hecho.

Este atolladero aparenta insalvable. De no obedecer a las recomendaciones de aceptar una boda infectada no solo podría acabar en la cárcel sino que  Gulnaz podría ser sacrificada con la finalidad de purificar el honor y prestigio familiar, lo cual también apunta a una aceptación social y cultural de las normas.

Ante esto, lo más indignante ha sido la reciente intervención militar de países occidentales como Estados Unidos, Reino Unido, España, Francia, entre otros, con unos desastrosos resultados del 0,707 reflejado en el Índice de Desarrollo Humano (IDH), elaborado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Este indicador social se compone de tres parámetros: Calidad de vida y longevidad, educación y nivel de dignidad.

El último informe de 2011 sitúa a esta sociedad a la cola mundial ocupando el puesto número 173. A esto se añade una de las mayores puntuaciones en el Índice de Desigualdad de Género a nivel planetario con una clasificación de 141 puntos, cuando países como Noruega alcanzan una nota del  6, muy cerca del 0 (dato en el que se alcanza la igualdad integral).

Tras una presencia militar e internacional en el país, con el fingido objetivo de incrementar los niveles de calidad democráticos y mejorar la convivencia en la zona a través de planes y programas de cooperación, se pone al descubierto el intento fallido de prostituir la Ayuda al Desarrollo a políticas despiadadas por controlar una zona con intereses energéticos y geoestratégicos.

Entretanto, la joven Gulnaz seguirá sometida a un sistema y a unos recios edictos sociales y culturales ante la insultante ausencia de recursos y proyectos efectivos de lucha contra la desigualdad de género como otra forma de abordar, transversalmente o no, en función del criterio, la pobreza en una determinada realidad.