¿Qué sucede cuando la solidaridad falla?

Haití espera una inversión de Naciones Unidas (United Nations - ONU) contra el colera

Mujer haitiana se desplaza, varios kilómetros, a buscar agua

La realidad de la Haití no difiere, en exceso, a los meses posteriores al atroz movimiento sísmico que registró en el año 2010. Desde entonces, las cosas no han podido ir a peor. Recientemente, el huracán Matthew volvió a cebarse con esta zona malograda del Caribe. Las personas que residen, en esa parte de la isla, no han tenido una mínima oportunidad de levantar cabeza ante la falta de un apoyo internacional y una buena gestión de los problemas generados por los desastres naturales como es el caso de Naciones Unidas.

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Las efemérides del calendario

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Todos los días del año deberían ser declarados como Día Internacional de la Erradicación de la Pobreza. Que se sepa, por el momento, no se han registrado muchos cambios al respecto. Se tendría que incidir en el principal problema de la humanidad. Pero, no lo hacemos. Habría que invertir esfuerzos para recortar el extendido manto de personas que sufren el castigo de la carencia de recursos más básicos. Y, sin embargo, nos ponemos una venda en los ojos para vivir en la comodidad que proporcionan las tinieblas.

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Depende de quien narre el cuento

Los grandes olvidados no parece que vayan a ser rescatados de la actual oscuridad informativa. Desde el desmantelamiento del campo de refugiados de Idomeni la situación ha variado de forma sustantiva: la realidad de las personas que huyen de la guerra y la pobreza ha pasado del primer plano a ser unas verdaderas desconocidas. Es cuestión de apagar el foco informativo para que el problema desaparezca de escena y así despreocuparse de elaborar una posible solución.

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Nuevas generaciones en la solidaridad

Dos mujeres imponen su liderazgo ante el mundo con el objetivo de buscar el punto exacto donde residen las oportunidades, el desarrollo, la igualdad y los derechos humanos. Es muy posible que la utopía, convertida en una seductora ideología, nunca llegue a materializarse del todo ante sus ojos; pero intentarlo, en sí, ya es un atractivo reto para mejorar las condiciones de miles y miles de personas asediadas por la pobreza.

Malala llega a un campo de refugiados de Jordania gracias a la ONU

Pasean agarradas de la mano por un campo de refugiados. Lo hacen con un gesto de complicidad imposible de disimular. Con paso firme, proyectan seguridad al mundo. Y sobre todo, una enorme convicción en sus actos. Malala y Mazoun reivindican justicia social en medio de la nada. Donde las familias tratan de rencontrarse con una vida desembarazada de violencia y muerte. En plena frontera entre Jordania y Siria.

Ambas están comprometidas en dotar de armamento educativo a los pueblos y  desmilitarizar a los países. La idea no es mala para la mayoría, aunque sí para una  minoría que sostiene que su bienestar depende de las desgracias ajenas. Aún así, volcar todas las inquietudes de su espíritu solidario en el trabajo social se ha convertido en la mejor receta para curar los posibles males que alcanzan, en especial, a los más pequeños.

Malala fue objeto de un asesinato frustrado por defender la educación universal en Pakistán a través de un blog. A tan sólo eso se limita su delito. En su país, las mentes más retrogradas y anacrónicas reservan para las futuras mujeres (hoy en día, niñas) un lugar de reclusión en la casa familiar con unos roles muy concretos y limitados. A partir de ahí, ser aceptada por emprender proyectos más allá del ámbito familiar puede suponer una cascada de problemas que, inclusive, se pueden pagar con la vida.

Por el contrario, Mazoun comenzó con su particular proyecto en un campo de refugiados. De forma intuitiva, cada mañana, recorre las tiendas de campaña con la misma recomendación para todas las familias: “La infancia debe estar en la escuela. El conocimiento y el saber es el mejor revulsivo contra la violencia armada”. El principal aval para un estado pacífico pasa por los pupitres de un aula. Esté donde esté. Y, esta joven activista se enfrenta a un escenario de 60.000 niños refugiados de la guerra de su país.

De la mano, gesto muy simbólico para los escépticos de la solidaridad, las dos recorren un campo indeseado. Un lugar donde la infancia sufre, padece y retrocede en oportunidades para desarrollarse con normalidad. Con las secuelas de una guerra en la mochila, sustituyendo a los habituales libros del colegio, conviven en un espacio impersonal, indefinido e interminable en el tiempo.

Pese a todo, ellas tratan de inyectar un poco de esperanza. No dudan expresar que la unión es la única que acaba dando sentido a la fuerza. Malala y Mazoun, jóvenes de piel y maduras de espíritu, manejan una variable con suma claridad: un profesor, una pizarra y un pupitre resulta insustituible para asegurar la buena convivencia en cualquier sociedad del futuro; ese lugar donde muchos queremos vivir mañana sin riesgo a caer en el abismo de la sinrazón humana, empujados por las nuevas generaciones.

La mentira del pequeño Marwan

La mentira del pequeño Marwan pudo ser una verdad aplastante que se quedo a medio camino. Como muchos menores sirios que tratan de huir de su propia existencia, por mera necesidad humana, y sucumben en el intento. Una imagen. Una foto cortada, sesgada.
Intencionadamente o no; solo saben los responsables de ACNUR, una de las agencias de refugiados que opera bajo el paraguas de Naciones Unidas. Desde el departamento de comunicación de Jordania se utilizaban sutiles frases en la información oficial como “separado temporalmente de su familia”.

 De una oración bien construida nació una mala interpretación convertida en una noticia de trascendencia internacional. En pocas horas, buena parte del planeta se estremecía de nuevo con los episodios humanos que nos presenta el irracional y cruento conflicto bélico: Supuestamente, un niño de cuatro años había cruzado el desierto solo para llegar a un campo de refugiados. Este era el mensaje principal que manejaba la mayoría de quienes se asomaban al balcón de la espinosa realidad siria. Y, como ocurre en estos casos, comenzaron las “habladurías globales” off/on line.

La verdadera historia del pequeño Marwan en el desierto. Foto del ACNUR

Una foto cobraba valor, y la información más. La fuente era incuestionable hasta que lo fue. Un fotoreportero del ACNUR daba consistencia a un hecho sin precedentes hasta el momento. Aún así, las dudas de quienes conocen el terreno no estaban mal enfocadas: ¿es posible que un niño de esa edad emprenda una aventura con ese grado de autonomía?

La respuesta no se hizo esperar. La familia del menor se encontraba a escasos metros de él. Su éxodo fue colectivo y para nada individual. Acompañado por sus padres abandonó el infierno en el que se ha convertido el presente. Pero, a punto de alcanzar, el campo de refugiados de Jordania una imagen cambia y distorsiona su propia vida durante 24 horas.

Una historia que no fue pero pudo ser. O, quizás, esté ocurriendo en este momento y nunca se sepa.

Al corro de la ‘patata’ entre las balas

Niños jugando en las calles de una ciudad en Siria

Algunas cosas duelen, y mucho. Como ser humano, comprobar que se aprende poco de los errores del pasado genera la fabricación de la química básica para sentir impotencia y tristeza en el alma. Ya sabemos (esto no es nuevo) que las guerras no conducen a nada bueno. Solo logran destrucción, drama y dolor. Una clásica conclusión que no ha evolucionado con el paso del tiempo: las armas fueron, son  y serán letales para resolver diferencias, por muy grandes que estas sean.
Aún así, el conflicto de Siria deja, en su haber, una gran cantidad de perdidas superior a las 150.000 vidas. Insoportable cifra; inasumible para la ética de la comunidad internacional que dice “que quiere pero no puede” desactivar una verdadera guerra civil.
Entretanto, millares de familias buscan las fronteras del Líbano o Irak para evadir el peligro de las balas y las bombas. Niños, mujeres y ancianos se han convertido en parte de los objetivos militares sin salir de casa. Lo más importante no parece ser las personas y sus necesidades. Para nada. Esos denominados daños colaterales solo forman parte de la estrategia militar de un bando y otro. Algo no deseado pero inevitable. Luego, a modo de consuelo, ya llegará el lamento oficial para quienes sufrieron una perdida irreparable. Pero, ¿cómo se compensa tal daño?
Y los que logran subsistir comprueban como los alimentos ya no llegan a las despensas de las pocas casas que todavía quedan en píe. Escasea todo, favoreciendo que el hambre y la sed se apoderen de la vida de los civiles; quienes, cada día, suplican la paralización de una sinrazón. De una realidad minada de muerte a un éxodo forzado. Este temible escenario ha generado un pasillo humano de personas sin rumbo. Sin saber que pasará a la mañana siguiente. Con una inquietante duda: ¿Si resulta más recomendable quedarse o marcharse?
Pese a todo. En una pequeña callejuela de la ciudad de Aleppo, cuatro niñas logran imprimir una alegría inusual, extraordinaria, dado el contexto. Ajenas a todos los interrogantes y amenazas. Al margen de las infructuosas gestiones de la diplomacia internacional y los diversos mediadores de la ONU, forman un corro infantil que logra disfrazar, de alegría momentánea, la escombrera humana en la que se han convertido las condiciones de vida de los sirios.

Al calor del pequeño refugio

La infancia refugiada del conflicto de Siria padece frio

Cientos de miles de refugiados sirios están sufriendo las consecuencias de las fuertes tormentas de nieve de este inicio del invierno en Líbano y Jordania. Huyen del conflicto y tratan de salvar la vida aunque esto signifique vivir en las duras y complejas condiciones de un campo improvisado a la intemperie, repleto de personas con las mismas necesidades: retomar lo abandonado por la fuerza.

De momento, sobre terreno, Save The Children trabaja en la distribución de comida caliente, ropa y kits para que las familias combatan el invierno de mejor forma posible. Las inclementes condiciones todavía pueden empeorar más entre los meses de noviembre y febrero. Por aquel entonces, las temperaturas pueden haber caído hasta los -6°C.

Estas gélidas escenas forman parte de un dramático álbum, todavía inacabado, de imágenes reales sobre la vida de los refugiados. El polvorín de Siria, sobre el que nadie ha mostrado la capacidad suficiente como para recomponer el complejo puzzle político, no es solo un lugar del mundo donde las balas y las bombas amenaza con toda impunidad la vida de las personas. Es también un lugar donde, cada amanecer, las familias viven con el estrés emocional de si llegaran a acostarse siendo uno menos. Cuando esto no ocurre sale todo el aire contenido en los pulmones. Y, al día siguiente, vuelta a empezar: “Mañanas tristes, noches alegres”.

Por contra, en los campos de refugiados, los principales riesgos pasan por el estomago y la salud. Poder comer algo y contar con el acceso asegurado a medicamentos forma parte de un lujo, en muchas ocasiones, inalcanzable. To se resume a vivir bajo una lona, dependiendo de la cooperación internacional, esperando a que todo pase para regresar a casa. Esta espera, a medida que pasa el tiempo, va alimentando una agonía vital con carácter indefinido. Pequeños y mayores se hacen cientos de preguntas al calor de un fuego rudimentario, casi prehistórico.

El inmenso interrogante, para estos miles de seres humanos, crece y crece sin limites. Y, siempre, atropellados por la incertidumbre sobre qué puede suceder, en las siguientes horas, con su futuro.

‘Felicidad Contagiosa’

Sor Angélica, a través de su Centro de Reintegración y Desarrollo en una región recóndita del Congo, ha ayudado a transformar las vidas de más de 2.000 mujeres y niñas que han sido obligadas a abandonar sus hogares, sufriendo abusos, principalmente por el LRA, un grupo rebelde originario de Uganda.

Muchas de las personas a las que ayuda cuentan, con lamento, historias de secuestros, trabajos forzados, palizas, asesinatos, violaciones y otras vejaciones contra los derechos humanos.

Su enfoque principal es trabajar en la recuperación del trauma y el daño padecido. Además de los abusos que sufren las mujeres y niñas más vulnerables, a menudo, son condenadas al ostracismo por sus propias familias y comunidades a causa de su terrible experiencia.

“Se requiere una especial atención para ayudarles a sanar y para recoger los pedazos de sus vidas”, dice la Hermana Angélica, quien capacita a las personas para que aprendan un oficio e inicien un pequeño negocio o regresen a la escuela.

Esta religiosa se desplaza por las comunidades y pueblos en una bicicleta, como medio de transporte más habitual, transmitiendo siempre una felicidad contagiosa a todos los presentes. Con una sonrisa indeleble practica una solidaridad como devota del desarrollo y dignidad social.

La monja congoleña acaba de ser reconocida por Naciones Unidas con el Premio Nansen 2013 para los Refugiados. Vivió como una desplazada por la violencia, en 2009, cuando vivía en la ciudad de Dungu, en la provincia de Oriental. Ella conoce la profundidad del dolor de huir de casa con lo puesto .

Son, en parte, los motivos que impulsan a esta religiosa a trabajar día a día “para llegar a todas las personas en situación de riesgo social y humano”.

El grifo de la cooperación al desarrollo

Las nuevas generaciones y la conservación de los recursos naturales se convierten en los dos principales activos para garantizar un futuro preñado de esperanza.  Conceder un legado, marcado por acciones responsables, debe convertirse en una prioridad de la agenda colectiva. Dejar el planeta en mejores condiciones no puede quedarse en mero un reto, y sí en una obligación ineludible.

Desgraciadamente, el acceso al agua no es algo universal a pesar de la exigencia vital de proporcionar este bien natural sin limitaciones de ninguna clase. Resulta sorprendente que algunas mentes consideren que este asunto del compromiso no va con ellos. Y mientras se aprovechan de todas las posibilidades, con un estilo más parecido al de parásito que al de un humano, otras personas carecen de cualquier oportunidad de incorporar el agua corriente a su vida cotidiana.

El agua y la infancia como referencia

La conciencia, y voluntad son imprescindibles, casi insustituibles, aspectos para no atascarse en centenares de palabras bien conjuntadas que conformen una utópica teoría. Según datos de Naciones Unidas, Cerca de 1.200 millones de personas, casi una quinta parte de la población mundial, vive en áreas de escasez física de agua. Una cifra nada despreciable para las conciencias y sensibilidad de quienes abren, cada día, el grifo sin restricciones.

En estos últimos tiempos, las denostadas políticas de cooperación al desarrollo han sido objeto de recortes sin precedentes y campañas de desprestigio para justificar tales decisiones. La sociedad está cada vez más próxima al postulado de: “resolvamos antes los problemas de aquí que los de afuera”. Un fragante error de perspectiva a medio o largo plazo porque los fenómenos migratorios seguirán creciendo y las realidades sociales se endurecerán tanto en casa como a nivel internacional. La experiencia recomienda no ponerse de perfil ante esta serie de cuestiones por su inevitable repercusión.

Cimentar el desarrollo del futuro se convierte, o así debería ser, en una estrategia inexcusable del presente. De lo contrario, las consecuencias sociales formarán parte de una irresponsabilidad global compartida.

Y a medida que el grifo de la solidaridad se va cerrando, poco a poco, otros seguimos convencidos en practicar un periodismo entregado a la lucha contra la pobreza, la denuncia de las desigualdades sociales o la defensa de los derechos humanos. Y hasta conseguirlo no detendremos la maquinaria marcada por una vocación aliada con el desarrollo.

El infierno de las ‘mazmorras’ hondureñas

El desastre humano de la cárcel de Comayagua, en pleno corazón de Honduras, es fruto de una falta de “todo” en el cumplimiento de los Derechos Humanos. La cifra podría acariciar los cuatro centenares de muertos atrapados en un incendio de un centro penitenciario que, por las características conocidas, más bien representaría a los presidios de antaño. Un espacio de reclusión convertido en una ratonera mortal ante la ausencia manifiesta de responsabilidad gubernamental, administrativa y profesional.

Las personas privadas de libertad se dejaron la vida en ello. Cumplieron su condena hasta el extremo. O como suele ocurrir en los espacios donde el derecho a ser tratado como humano es una utopía, se vieron obligados a permanecer en el interior de las masificadas celdas, a pesar de que las llamas calentasen los barrotes hasta fundirlos en la desesperación.

Deseperación de familiares de presos hondureños

Los candados de la mazmorra no se abrieron ante la inminente amenaza para la vida de las personas. Si bien, la sospecha nos conduce a una supina negligencia o, lo que sería más grave, un desprecio por la supervivencia de quienes estaban castigados a habitar el presidio, “hasta nueva orden”. Existen hipótesis que apuntan a un radical celo de los funcionarios al utilizar las armas contra a los internos, disparando a aquellos que intentaban escapar del letal efecto de las llamas.

En este reprobable caso no caben excusas, justificaciones o aquella manida frase de “los funcionarios hicieron lo posible por evitar la tragedia”. De esta forma, no se cierra un expediente con casi cuatrocientas vidas en su haber (la versión oficial aporta al dato de 356 víctimas). Y otro gran interrogante: ¿Por qué se supero el límite de los 425 hasta los 852 presos?, ¿quién autorizó esta destetable política del hacinamiento?

Pese a todo, esto sucede y golpea nuestra supuesta inteligencia cuando la visión carcelaria es ya un concepto enterrado en un pasado reciente para numerosos países, con sus consiguientes gobiernos adheridos al compromiso de garantizar el cumplimiento de los Derechos Humanos, sea cual sea el espacio o escenario.

Pisamos un nuevo tiempo. Una cronología diferente para la articulación de sistemas de recuperación de las personas. Los sistemas penitenciarios tienen la obligación de asegurar unos mínimos recursos para facilitar el camino de la reinserción social. Con los actuales mecanismos, “la sociedad aguarda algo más que una mera exclusión ‘sine díe’ en un espacio privado de libertad”.

Resultaría muy cuestionable que, por estos hechos, no haya procesados. El presidente del Gobierno Hondureño, Porfirio Lobo, ha confirmado la apertura de una investigación. Aunque crear la correspondiente comisión que analice las principales incógnitas de lo sucedido parece una vía insuficiente y cicatera para lo que se espera. Y, ¿el barómetro de la presión internacional hasta donde llegará en esta indiscutible violación de DD.HH?, ¿seremos testigos de un transparente y ejemplar proceso encaminado al capítulo de las sanciones tipificadas en la legislación de referencia?

Olvidar que estamos ante la catástrofe penitenciaria más importante de la historia reciente sería similar a ser infiel a nuestros principios fundamentales.

La publicación del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos ACNUDH ‘Los derechos humanos y las prisiones’ exige “sensibilizar a los funcionarios de prisiones respecto de su papel particular de promoción y protección de los derechos humanos, y de su propio potencial para influir en los derechos humanos durante su trabajo diario”.

Quedó patente que este básico objetivo fue desterrado desde el mismo momento que se declaró el fuego en el interior de una cárcel, en la que los condenados buscaban abrazar una futura libertad criando cerdos, cultivando hortalizas y soportando las reglas de un sistema paralelo dominado por el oligopolio de mafias y redes de extorsión como modo ordinario de convivencia interna.

Ante esto se abren multilples reflexiones, entre las que convendría afondar sobre quién o qué precisa de los efectos de un programa de rehabilitación y reinserción con mayor urgencia: ¿El estado por sus decadentes políticas sociales o los propios condenados por practicar algo tan común como el delito?

Píe de foto – Cultivos acordonados en Darfur

UN Photo/Albert Gonzalez Farran

Kaltoum Adam Imam, acompañada por uno de sus cinco hijos, recoge millo en una tierra alquilada por un dirigente de comunidad en Saluma Área, cerca de El Fasher (Al norte Darfur).  Trabaja con su hermana Sadias (en el fondo de la imágen). Ambas mujeres nacieron en el pueblo de Tarne y se vieron obligadas a emigrar a Saluma debido a razones de seguridad.

En la actualidad, dos veces por semana, la Unión africana-ONU Operación Híbrida en Darfur (UNAMID) organiza patrullas para escoltar mujeres, como Kaltoum, con el objetivo de garantizar su actividad de cultivo y la recogida de leña en las áreas rurales.

Los cultivos con fuertes cordones de vigilancia militar es otra de las amenazas que rebaja los ritmos de desarrollo de las mujeres en la región.

Píe de foto – Potabilizar la vida en Haití

Trabajo de distribución de pastillas potabilizadoras en la isla UN Photo/Unicef/Marco Dormino

 Los últimos meses y año han servido de recorrido indeseado para que 44 millones de personas viviesen el secuestro de la pobreza. La totalitarista perspectiva económica de todas las acciones y operaciones globales o transnacionales no están siendo inocuas para provocar lesiones irreversibles en el desarrollo social.

Haití ha sido y es el ejemplo de que los problemas estructurales no pueden cuantificarse en dolares o euros, a pesar de la millonaria consignación de fondos para intentar paliar las consecuencias del terromoto de 2010.

Ahora, el colera acecha sin apiadarse de la desgracia ya vivida en el pasado más reciente. Al contrario, aprovecha la debilidad del momento para hacerse fuerte en un territorio desvalido por una continua cadena de despropositos humanitarios.

Solo el hambre (que también asoma, sin previo aviso, la cabeza en este y otros contextos) o la desnutrición, como las manifestaciones más extremas de la pobreza, pueden considerarse problemas de rango superior, según WFP, al VIH, Tuberculosis, Malaria o Colera. En este último caso, el incombustible trabajo de diversas organizaciones, como UNICEF, está logrando potabilizar la sinuosa vida de los haitianos, casi dos años despues de un destructivo y letal enojo de la tierra en ese rincón de la isla.