‘In memoriam’ para el Payaso de Aleppo

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La posibilidad de un alto fuego en territorio Sirio ya llega tarde. El número de víctimas registradas en los cruentos combates o en las endiabladas travesías como refugiados, a estas alturas, transcurridos cinco años, no concede espacio para la alegría. Es cierto que (de ser cierto) haría renacer las esperanzas de futuro para quienes decidieron quedarse, en medio de las balas, pero también para aquellos que tomaron el rumbo de una insolidaria Europa; jugándose la vida a una carta, lanzando una moneda al aire o, simplemente, formando parte de una peligrosa rueda de la fortuna.

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Ingenio infantil

Varios niños palestinos juegan dentro de una habitación muy dañada en un edificio parcialmente destruido en al-Tufah, al este de la ciudad de Gaza. Los juegos se han tenido que adaptar a los nuevos tiempos después de la devastadora guerra de 50 días entre Israel y los militantes de Hamas. El gobierno palestino ya ha dado a conocer un plan de reconstrucción: Esta nueva acción social tendrá un coste de 4.ooo millones de dolares para reconstruir el territorio devastado por la guerra. El principal objetivo es construir viviendas para unas 100.000 personas que se quedaron sin hogar.

La infancia en Gaza busca formas de jugar al margen de las destrucción

El escenario actual (olvidado para una gran mayoría de la comunidad internacional) no deja apenas espacio para el desarrollo de las futuras generaciones. Los menores, igual que los mayores, se ven obligados a improvisar en su día a día. Los recursos educativos son insuficientes para habilitar un futuro estable para la infancia. Los lugares para el ocio y el recreo son escasos. Por no decir, inexistentes. El decadente paisaje de las calles transmite sensaciones poco ilusionantes para la mirada de un niño.

Pero, el ingenio infantil se deja notar en cada rincón. Explota en cada esquina. Allí donde se encuentren unos mínimos metros cuadrados sin cascotes, escombros o un ‘checking point’, los niños ocupan ese espacio con la idea de jugar a pesar de las condiciones que presenta la espinosa realidad. No hay excusa para no dar una patada a un balón, esconderse detrás de las ruinas de un edificio o instalar un columpio dentro de casa para compartir buenos ratos con los amigos.

Una vez más, en este lugar del mundo, queda patente que “con muy poco se hace mucho”. Curiosamente, una filosofía de vida muy extendida en aquellos países donde la pobreza o la injusticia están más presentes que ausentes.

Nuevas generaciones en la solidaridad

Dos mujeres imponen su liderazgo ante el mundo con el objetivo de buscar el punto exacto donde residen las oportunidades, el desarrollo, la igualdad y los derechos humanos. Es muy posible que la utopía, convertida en una seductora ideología, nunca llegue a materializarse del todo ante sus ojos; pero intentarlo, en sí, ya es un atractivo reto para mejorar las condiciones de miles y miles de personas asediadas por la pobreza.

Malala llega a un campo de refugiados de Jordania gracias a la ONU

Pasean agarradas de la mano por un campo de refugiados. Lo hacen con un gesto de complicidad imposible de disimular. Con paso firme, proyectan seguridad al mundo. Y sobre todo, una enorme convicción en sus actos. Malala y Mazoun reivindican justicia social en medio de la nada. Donde las familias tratan de rencontrarse con una vida desembarazada de violencia y muerte. En plena frontera entre Jordania y Siria.

Ambas están comprometidas en dotar de armamento educativo a los pueblos y  desmilitarizar a los países. La idea no es mala para la mayoría, aunque sí para una  minoría que sostiene que su bienestar depende de las desgracias ajenas. Aún así, volcar todas las inquietudes de su espíritu solidario en el trabajo social se ha convertido en la mejor receta para curar los posibles males que alcanzan, en especial, a los más pequeños.

Malala fue objeto de un asesinato frustrado por defender la educación universal en Pakistán a través de un blog. A tan sólo eso se limita su delito. En su país, las mentes más retrogradas y anacrónicas reservan para las futuras mujeres (hoy en día, niñas) un lugar de reclusión en la casa familiar con unos roles muy concretos y limitados. A partir de ahí, ser aceptada por emprender proyectos más allá del ámbito familiar puede suponer una cascada de problemas que, inclusive, se pueden pagar con la vida.

Por el contrario, Mazoun comenzó con su particular proyecto en un campo de refugiados. De forma intuitiva, cada mañana, recorre las tiendas de campaña con la misma recomendación para todas las familias: “La infancia debe estar en la escuela. El conocimiento y el saber es el mejor revulsivo contra la violencia armada”. El principal aval para un estado pacífico pasa por los pupitres de un aula. Esté donde esté. Y, esta joven activista se enfrenta a un escenario de 60.000 niños refugiados de la guerra de su país.

De la mano, gesto muy simbólico para los escépticos de la solidaridad, las dos recorren un campo indeseado. Un lugar donde la infancia sufre, padece y retrocede en oportunidades para desarrollarse con normalidad. Con las secuelas de una guerra en la mochila, sustituyendo a los habituales libros del colegio, conviven en un espacio impersonal, indefinido e interminable en el tiempo.

Pese a todo, ellas tratan de inyectar un poco de esperanza. No dudan expresar que la unión es la única que acaba dando sentido a la fuerza. Malala y Mazoun, jóvenes de piel y maduras de espíritu, manejan una variable con suma claridad: un profesor, una pizarra y un pupitre resulta insustituible para asegurar la buena convivencia en cualquier sociedad del futuro; ese lugar donde muchos queremos vivir mañana sin riesgo a caer en el abismo de la sinrazón humana, empujados por las nuevas generaciones.

Al corro de la ‘patata’ entre las balas

Niños jugando en las calles de una ciudad en Siria

Algunas cosas duelen, y mucho. Como ser humano, comprobar que se aprende poco de los errores del pasado genera la fabricación de la química básica para sentir impotencia y tristeza en el alma. Ya sabemos (esto no es nuevo) que las guerras no conducen a nada bueno. Solo logran destrucción, drama y dolor. Una clásica conclusión que no ha evolucionado con el paso del tiempo: las armas fueron, son  y serán letales para resolver diferencias, por muy grandes que estas sean.
Aún así, el conflicto de Siria deja, en su haber, una gran cantidad de perdidas superior a las 150.000 vidas. Insoportable cifra; inasumible para la ética de la comunidad internacional que dice “que quiere pero no puede” desactivar una verdadera guerra civil.
Entretanto, millares de familias buscan las fronteras del Líbano o Irak para evadir el peligro de las balas y las bombas. Niños, mujeres y ancianos se han convertido en parte de los objetivos militares sin salir de casa. Lo más importante no parece ser las personas y sus necesidades. Para nada. Esos denominados daños colaterales solo forman parte de la estrategia militar de un bando y otro. Algo no deseado pero inevitable. Luego, a modo de consuelo, ya llegará el lamento oficial para quienes sufrieron una perdida irreparable. Pero, ¿cómo se compensa tal daño?
Y los que logran subsistir comprueban como los alimentos ya no llegan a las despensas de las pocas casas que todavía quedan en píe. Escasea todo, favoreciendo que el hambre y la sed se apoderen de la vida de los civiles; quienes, cada día, suplican la paralización de una sinrazón. De una realidad minada de muerte a un éxodo forzado. Este temible escenario ha generado un pasillo humano de personas sin rumbo. Sin saber que pasará a la mañana siguiente. Con una inquietante duda: ¿Si resulta más recomendable quedarse o marcharse?
Pese a todo. En una pequeña callejuela de la ciudad de Aleppo, cuatro niñas logran imprimir una alegría inusual, extraordinaria, dado el contexto. Ajenas a todos los interrogantes y amenazas. Al margen de las infructuosas gestiones de la diplomacia internacional y los diversos mediadores de la ONU, forman un corro infantil que logra disfrazar, de alegría momentánea, la escombrera humana en la que se han convertido las condiciones de vida de los sirios.

Un poco de coherencia política entre tanto desastre

Llega desde el cono sur, pero llega. La escasa coherencia política la aporta el presidente de la República del Uruguay. José Mújica asevera que “lo único admisible, en #Siria, es leche en polvo, galletas y comida”. El resto de acciones, a su juicio, resultan prescindibles en todos los sentidos. Las estrategias militares y políticas no son más que camuflajes de intereses transnacionales.

Presidente de Uruguay sobre Siria

Mújica: “El único bombardeo admisible en Siria es leche en polvo, galletas y comida, no armas”

Los derechos humanos forman parte de un argumentario conveniente para la ocasión. De poco o nada valen la perdida de vidas que se registran desde el año 2011. Mujeres, niños y ancianos combaten con sus vidas sin haberles consultado para ello. El envenenado conflicto les ha convertido en objetivo del fuego amigo o enemigo , eso que más da,  o en refugiados indefinidos en un campo ubicado en la frontera.

Mientras el drama humano y social prosigue, el consejo de seguridad de Naciones Unidas continua con una investigación abierta por el supuesto uso de armas químicas. De no ser así, dicha investigación no se habría producido en los mismos términos: ¿escusa o realidad?

El caso es que, desgraciadamente, Siria camina hacia una inexorable intervención internacional. Se contemplan en una medida muy interesada los daños personales aplicando criterios de “tierra quemada”.  Sobradas experiencias, en Afganistán e Iraq, ya tenemos para llegar a pensar en la no idoneidad de este plan, a todos los efectos.

Pero, las necesidades básicas de la población civil no pasan por una u otra clase de armamento. La realidad social es paralela a la militar. El hambre y la pobreza van conquistando territorios sociales a medida que el número de bombas y balas aumenta sin control.

Afortunadamente, entre tanto desastre, una referencia política dice aquello que todos piensan y nadie escucha. La coherencia no es un hábito muy frecuente en esta clase de escenarios; aunque es de agradecer encontrar a un embajador de los DD.HH con responsabilidades de gobierno.

Otra cosa bien se centra en el eco que sus últimas declaraciones puedan trascender en una obsesiva y delirante comunidad internacional.

Sin comerlo, ni beberlo

El conflicto de Siria merma el acceso a las necesidades básicas de las futuras generaciones. El hambre y la pobreza, más extrema, ha llegado con la misma virulencia que el arsenal que allí se utiliza contra civiles y militares. “El asunto ha llegado ya demasiado lejos”.
Los niños padecen sin entender porque no pueden tener garantizado un plato sobre la mesa, cada día. Lamentan no poder ir al ‘cole’ por el devastador efecto de las bombas y los misiles. Mucho dinero para destruir y poco para construir.
Desgarra pensar que cada desayuno, comida o cena, que disfrutamos en occidente frente al televisor, es un lujo inalcanzable para miles de menores en Oriente Próximo. A nadie se le escapa, a estas alturas, y si no es así alberga un serio problema de sensibilidad humana, que detrás de cada conflicto bélico se esconden enormes intereses económicos, sin despreciar los políticos.
En las enseñanzas, a las que pudimos acceder gracias a un sistema público educativo, se nos inculco el valor de los respetos tanto para las nuevas como para las veteranas generaciones. Fue siempre un paradigma irrenunciable que, con el paso de los años, se vulnera desde las más altas instancias justificando una intervención militar o, bien, mirando para otro lado en caso de poder evitarla.
Los seres más frágiles ahora sufren y lloran por no poder vivir con una mínima normalidad. Salir a las calles de Alepo u otra ciudad de Siria puede convertirse en un indeseado encontronazo con la muerte en cualquier esquina. “Es conocido que el diablo pasea vestido con una casaca”…
Se ha logrado llegar a donde no se debía llegar jamás: la amenaza de la miseria es ya una evidencia para los estómagos de pequeños y mayores.
Y sin comerlo, ni beberlo, están tratando de digerir una guerra que discurre a las puertas de casa.

Perecer en el intento de vivir

población siria

La sociedad siria trata de aprovechar los mínimos instantes de normalidad

La situación de Siria es caótica ante los continuos frentes de fuego cruzado y bombardeos que se producen sin tregua. Niños, mujeres y ancianos forman parte del frente de guerra, sin saberlo.

La población trata de respirar en medio de tanta destrucción e incomprensible hostilidad. Solo es posible pensar en mañana. El futuro no tiene más recorrido que las horas posteriores al presente. En el actual contexto plantear una expectativa superior a tratar de sobrevivir a las bombas y las balas es una mera entelequia.

Entretanto, la comunidad internacional mantiene reuniones en el marco del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para analizar los abusos y la utilización de armas químicas por parte del gobierno sirio contra los rebeldes, utilizando a la población civil como objetivo militar.

Mientras unos piensan en articular las mejores y más rentables líneas políticas, otros perecen en el intento de vivir, día a día , con lo puesto en un contexto sumido en la desgracia y la absoluta barbarie.

Los derechos humanos padecen, asfixiados, como los múltiples intereses políticos y económicos ponen en juego el más elemental de los derechos: vivir.