¡Adopta tolerancia!

Las adopciones tienen múltiples posibilidades. En sus objetivos debe encontrar, de forma irrenunciable, la elección de compartir la vida familiar con un pequeño o pequeña con escasas opciones en el contexto de sus padres biológicos. Bien sea por una causa u otra la principal obligación – como seres humanos – no puede despegarse de la responsabilidad y el compromiso con un proyecto de desarrollo personal. El resto son aspectos o características secundarias: el país de origen, las raíces culturales, las tonalidades de la tez de la piel…

La solidaridad y el intercambio cultural puede y está en disposición de presentar varias fórmulas sociales. Todas ellas son muy hermosas y factibles. Solo es cuestión de evolucionar y olvidar la absurda sensación de que uno está ubicado en el epicentro del planeta de las oportunidades y la riqueza material. Se recomienda descartar estereotipos del estilo: la abundancia contrarresta la pobreza. Un error muy común para quienes observan este problema global con enorme distancia.

Adopciones en una u otra dirección es otro de esos necesarios avances para transformar la conciencia colectiva en un espacio abierto y plural. Los nuevos pasos hacia la tolerancia e igualdad parten de los gestos individuales con resonancia a nivel colectivo.

 El amalgama de colores de piel y la riqueza de sus culturas solo sugiere compartir y convivir sin inventar elementos de discriminación.

 ¡Adopta tolerancia!

Deshumanizados desde el medievo

De noche y de día. La hora y la fecha no tienen relevancia para quienes deciden dar el paso de saltar una ‘miserable’ valla metálica, repleta de desafiantes elementos punzantes que suelen dejar secuelas físicas al pasar de una realidad a otra.

La creación y mantenimiento de un sistema basado en las fronteras no hace más que acentuar las desigualdades entre una zona y otra. Y no cabe duda que la libre circulación es una utopía inalcanzable entre países limítrofes de Europa y África, entre otros.

Desayunar, comer o cenar con la noticia del intento de salvar la valla de Melilla por parte de cien o doscientos seres humanos, atrapados en el monte Guru Gú ante el férreo cerco dispuesto por la policía marroquí, se ha convertido en todo un clásico informativo. Apenas logra ya conmover a los espectadores por la continua repetición de la escena.

Diversos objetos personales quedan atrapados en la valla en cada salto

Algunos pensamos que la falta de unas políticas de cooperación al desarrollo eficientes traen como fruto una avalancha tras otra de personas embargadas por la desesperación más absoluta. Pero, desgraciadamente, sentimos el frío de la soledad al reflexionar de esa manera.

Buscar una oportunidad es cuestión de vida o muerte. No queda otra opción que jugársela a una carta. En situaciones de esta naturaleza no cabe decir aquello de «siempre se puede ir a peor, por qué ya residimos en lo peor».

Inseguridad humana, social, cultural, jurídica, administrativa, sanitaria, económica conviven con miles de inmigrantes procedentes del África Negra o Magreb: Nigeria, Camerún, Congo, Senegal, Mali, Marruecos, etc. Desde estas distantes sociedades llegan a orillas del estrecho con la expectativa de cruzar en barco, a nado o saltando una fría valla sin necesidad de salvar litros y litros de agua salada.

Melilla (España) y Beni Enzar (Marruecos) no es más que uno de tantos ejemplos de lo absurdo que supone construir y mantener una frontera con todas sus restrictivas e inhumanas características.

Intentar salvaguardar los intereses y la identidad cultural, social y económica de un pueblo no puede defenderse con una mera fortificación de metal y un intenso cordón policial. Por cierto, ¡un estilo muy utilizado por los estrategas militares desde el medievo!

Las causas de las migraciones forman parte de la historia de la humanidad. El nomadismo fue una modelo de vida con el único objetivo de garantizar la existencia de una comunidad o pueblo: Alimentación, agua, seguridad o un clima moderado para vivir motivaban dichos desplazamientos.

Pese a todo, las cosas no parecen haber cambiado en exceso desde entonces. Los desplazamientos masivos, las guerras, los saqueos, la explotación o mala distribución de los recursos siguen originando contextos de pobreza, inmundicia e injusticia entre unos y otros.

Ya bien sea separados por un mar agua o una aduana militarizada, la desequilibrada balanza de las oportunidades persiste en prevalecer en el mismo estado de siglos atrás a pesar de un presunto desarrollo que no acaba de llegar a todos los rincones del planeta en las mejores condiciones.

El grifo de la cooperación al desarrollo

Las nuevas generaciones y la conservación de los recursos naturales se convierten en los dos principales activos para garantizar un futuro preñado de esperanza.  Conceder un legado, marcado por acciones responsables, debe convertirse en una prioridad de la agenda colectiva. Dejar el planeta en mejores condiciones no puede quedarse en mero un reto, y sí en una obligación ineludible.

Desgraciadamente, el acceso al agua no es algo universal a pesar de la exigencia vital de proporcionar este bien natural sin limitaciones de ninguna clase. Resulta sorprendente que algunas mentes consideren que este asunto del compromiso no va con ellos. Y mientras se aprovechan de todas las posibilidades, con un estilo más parecido al de parásito que al de un humano, otras personas carecen de cualquier oportunidad de incorporar el agua corriente a su vida cotidiana.

La conciencia, y voluntad son imprescindibles, casi insustituibles, aspectos para no atascarse en centenares de palabras bien conjuntadas que conformen una utópica teoría. Según datos de Naciones Unidas, Cerca de 1.200 millones de personas, casi una quinta parte de la población mundial, vive en áreas de escasez física de agua. Una cifra nada despreciable para las conciencias y sensibilidad de quienes abren, cada día, el grifo sin restricciones.

En estos últimos tiempos, las denostadas políticas de cooperación al desarrollo han sido objeto de recortes sin precedentes y campañas de desprestigio para justificar tales decisiones. La sociedad está cada vez más próxima al postulado de: «resolvamos antes los problemas de aquí que los de afuera». Un fragante error de perspectiva a medio o largo plazo porque los fenómenos migratorios seguirán creciendo y las realidades sociales se endurecerán tanto en casa como a nivel internacional. La experiencia recomienda no ponerse de perfil ante esta serie de cuestiones por su inevitable repercusión.

Cimentar el desarrollo del futuro se convierte, o así debería ser, en una estrategia inexcusable del presente. De lo contrario, las consecuencias sociales formarán parte de una irresponsabilidad global compartida.

Y a medida que el grifo de la solidaridad se va cerrando, poco a poco, otros seguimos convencidos en practicar un periodismo entregado a la lucha contra la pobreza, la denuncia de las desigualdades sociales o la defensa de los derechos humanos. Y hasta conseguirlo no detendremos la maquinaria marcada por una vocación aliada con el desarrollo.

Un poco de coherencia política entre tanto desastre

Llega desde el cono sur, pero llega. La escasa coherencia política la aporta el presidente de la República del Uruguay. José Mújica asevera que «lo único admisible, en #Siria, es leche en polvo, galletas y comida». El resto de acciones, a su juicio, resultan prescindibles en todos los sentidos. Las estrategias militares y políticas no son más que camuflajes de intereses transnacionales.

Mújica: «El único bombardeo admisible en Siria es leche en polvo, galletas y comida, no armas»

Los derechos humanos forman parte de un argumentario conveniente para la ocasión. De poco o nada valen la perdida de vidas que se registran desde el año 2011. Mujeres, niños y ancianos combaten con sus vidas sin haberles consultado para ello. El envenenado conflicto les ha convertido en objetivo del fuego amigo o enemigo , eso que más da,  o en refugiados indefinidos en un campo ubicado en la frontera.

Mientras el drama humano y social prosigue, el consejo de seguridad de Naciones Unidas continua con una investigación abierta por el supuesto uso de armas químicas. De no ser así, dicha investigación no se habría producido en los mismos términos: ¿escusa o realidad?

El caso es que, desgraciadamente, Siria camina hacia una inexorable intervención internacional. Se contemplan en una medida muy interesada los daños personales aplicando criterios de «tierra quemada».  Sobradas experiencias, en Afganistán e Iraq, ya tenemos para llegar a pensar en la no idoneidad de este plan, a todos los efectos.

Pero, las necesidades básicas de la población civil no pasan por una u otra clase de armamento. La realidad social es paralela a la militar. El hambre y la pobreza van conquistando territorios sociales a medida que el número de bombas y balas aumenta sin control.

Afortunadamente, entre tanto desastre, una referencia política dice aquello que todos piensan y nadie escucha. La coherencia no es un hábito muy frecuente en esta clase de escenarios; aunque es de agradecer encontrar a un embajador de los DD.HH con responsabilidades de gobierno.

Otra cosa bien se centra en el eco que sus últimas declaraciones puedan trascender en una obsesiva y delirante comunidad internacional.

Sin comerlo, ni beberlo

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El conflicto de Siria merma el acceso a las necesidades básicas de las futuras generaciones. El hambre y la pobreza, más extrema, ha llegado con la misma virulencia que el arsenal que allí se utiliza contra civiles y militares. «El asunto ha llegado ya demasiado lejos».

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¡Atención al cubo de la basura!

Tirar alimentos forma parte de una cultura insolidaria y despreciable que parece haberse instalado en los aledaños de la pobreza. El presidente de la Federación de los Bancos de Alimentos de España (Fesbal), José Antonio Busto, exige e compromiso político y social para revertir la «intolerable» cifra de ocho millones de toneladas de comida que se produce cada año en España.

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