Huellas imborrables

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La catástrofe de Lampedusa puso en evidencia a una Unión Europea en la aplicación de políticas humanitarias y, sobre todo, relativas a los flujos migratorios.
Ha pasado un año desde el hundimiento de aquella endiablada barcaza en la que perecieron centenares de seres humanos por la falta de un rescate oficial en aguas internacionales de Italia. Ese lamentable y reprobable episodio despertó las vergüenzas de una comunidad internacional aburguesada con el cumplimiento de los derechos humanos.

Lo más curioso es que pateras cargadas de personas (madres, padres, abuelos, niños,  jóvenes,  adultos) buscan la esperanza de toparse con una vida mejor acondicionada. Un espacio de desarrollo humano donde el riesgo a morir no sea constante. Donde la pobreza sea una historia del pasado, y no del presente.

La isla de Lampedusa ha pasado a la memoria colectiva como ese lugar donde los inmigrantes chocan con la injusticia de dos mundos; o lo que es peor, con la fría indiferencia de un conjunto de sociedades que suelen velar por intereses internos sin reparar en los externos.

Tener fronteras naturales o artificiales tiene estás desagradables e inasumibles consecuencias de comprobar, día sí y día también, como miles de almas buscan burlar unas barreras que definen las desigualdades entre una parte y otra del mundo. Aunque, eso signifique dejarse la vida en ello dejando huellas imborrables por el camino.

La historia interminable de Beni Enzar

La mujeres de Marruecos son las porteadoras en la frontera de Melilla y Nador

Llevamos unos días integrados en la sociedad marroquí con la finalidad de acompasar los pasos en terreno de cinco alumnos/as que han sido seleccionados en el II Seminario de Agareso. Dicha iniciativa les ha obligado a partir de la ciudad oriental de Nador y deberán terminar su periplo en Tánger. Los diferentes proyectos de cooperación internacional de organizaciones como ACPP son el principal objetivo del análisis y la posterior reflexión de los nóveles reporteros/as. Sigue leyendo