Cuando salí del infierno

No hubo piedad.  El terremoto sobre la ciudad de Managua,  en el año 1973, cimentó uno de los infiernos sociales y humanos más importantes de las últimas cuatro décadas. Allí residieron dos mil personas con la esperanza de colgar el gancho algún día; un inseparable utensilio con el que rebuscar entre los desechos alguna pieza de metal con la que poder sacar unos pocos córdobas (nombre de la moneda local).

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Ingenio infantil

Varios niños palestinos juegan dentro de una habitación muy dañada en un edificio parcialmente destruido en al-Tufah, al este de la ciudad de Gaza. Los juegos se han tenido que adaptar a los nuevos tiempos después de la devastadora guerra de 50 días entre Israel y los militantes de Hamas. El gobierno palestino ya ha dado a conocer un plan de reconstrucción: Esta nueva acción social tendrá un coste de 4.ooo millones de dolares para reconstruir el territorio devastado por la guerra. El principal objetivo es construir viviendas para unas 100.000 personas que se quedaron sin hogar.

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‘Las abuelas son guerreras’

Un grupo de mujeres de la tercera edad kurdas se ha levantado en armas

Ocurre en una pequeña villa fronteriza entre Siria y Turquía. En este lugar, las mujeres más veteranas han llegado a una adoptar una determinación sin precedentes: tomar las armas para defender lo suyo. Aquello que ha formado parte de sus vidas desde hace varias décadas. La ciudad de Kobane se encuentra amenazada por el ejercito yihadista del Estado Islámico. Desde hace varios días el asedio está siendo insoportable para la población civil.

Las abuelas kurdas lo han tenido muy claro: empuñar un Kaláshnikov es la única salida que queda para no convertirse en víctimas de un conflicto o en meras refugiadas en un campo situado en medio de la nada. Antes de llegar a tal situación prefieren enfrentarse a quienes osan agredir y desplazar a un pueblo por la falta de coincidencia en las creencias religiosas. Cabe recordar que nadie ha conseguido dar con una justificación convincente para arrebatar la vida, de una u otra forma, a otra persona por cuestiones teológicas, políticas, culturales o sociales.

Las guerras o los conflictos bélicos no logran otra cosa que destrucción y muerte. Puede sonar a tópico o reiteración pero la terquedad de la historia nos induce a repetir una y otra vez la reflexión habitual. En este sentido, la utilización de la violencia para resolver diferencias entre dos partes no ha variado con el paso de los años. Los procesos de Paz han sido incontables con notables resultados en algunos casos y nulos en otros. Aunque, parece que se aprende poco o nada de estas cosas. De la necesidad de mantener un estado pacífico para implementar un desarrollo humano real.

Pero, en el caso que nos ocupa, se antoja difícil dar con la clave de la solución cuando los primeros interesados en mantener la inestabilidad llega de países externos. Aquellos que después participarán en la reconstrucción y en la articulación de políticas de cooperación muy orientadas al lucro comercial y empresarial, a pesar de que el mensaje integre la palabra ‘solidaridad’ con otros pueblos.

Las abuelas guerreras deben hacer reflexionar a los responsables de un verdadero fiasco en la región, donde parece que el final está más lejos que cerca. Mientras tanto, los ancianos seguirán optando por defender lo poco que tienen o les queda porque admiten que «una vez se ha llegado a estos niveles de hostilidad en la vida, no hay nada que perder y temer».

Huellas imborrables

La catástrofe de Lampedusa puso en evidencia a una Unión Europea en la aplicación de políticas humanitarias y, sobre todo, relativas a los flujos migratorios.
Ha pasado un año desde el hundimiento de aquella endiablada barcaza en la que perecieron centenares de seres humanos por la falta de un rescate oficial en aguas internacionales de Italia. Ese lamentable y reprobable episodio despertó las vergüenzas de una comunidad internacional aburguesada con el cumplimiento de los derechos humanos.

Lo más curioso es que pateras cargadas de personas (madres, padres, abuelos, niños,  jóvenes,  adultos) buscan la esperanza de toparse con una vida mejor acondicionada. Un espacio de desarrollo humano donde el riesgo a morir no sea constante. Donde la pobreza sea una historia del pasado, y no del presente.

La isla de Lampedusa ha pasado a la memoria colectiva como ese lugar donde los inmigrantes chocan con la injusticia de dos mundos; o lo que es peor, con la fría indiferencia de un conjunto de sociedades que suelen velar por intereses internos sin reparar en los externos.

Tener fronteras naturales o artificiales tiene estás desagradables e inasumibles consecuencias de comprobar, día sí y día también, como miles de almas buscan burlar unas barreras que definen las desigualdades entre una parte y otra del mundo. Aunque, eso signifique dejarse la vida en ello dejando huellas imborrables por el camino.

La pócima mágica

Padecer una enfermedad en cualquier país de África no reviste una suculenta rentabilidad para los intereses de la industria farmacéutica. Lo que sí parece interesante es crear la alarma necesaria para que las regiones de Occidente, las más desarrolladas, sientan la sombra de la amenaza sobre su salud pública. Solo la posibilidad de que un virus como el Ébola cruce las fronteras supone un motivo suficiente para invertir el dinero que sea necesario, con tal de detener un desafío sanitario de imprevisibles consecuencias.

Ejemplos reales de estas características ya se vivieron con una gripe aviar cuando movilizó incontables recursos preventivos ante un incorrecto diagnóstico de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Por aquel entonces, la alarma saltaba en las regiones de Ásia. Pero, resultó ser un negocio perfecto para la industria y sus inversores. Las acciones se revalorizaron a un nivel nunca pensado en los parques financieros.

En esta ocasión, la vacuna contra el agente vírico del Ébola no está. Y si está, es uno de esos secretos confidenciales de una empresa del sector que, de momento, no conviene desvelar. A la espera de sacar la ‘pócima mágica’ en el momento adecuado, velando más por los intereses económicos que humanos y sanitarios; cada día, mueren cientos de personas en lugares del continente negro donde el valor de la vida se encuentra devaluado, no sabe por qué razón.

Mientras tanto, el resto del mundo asume, como algo normal y hasta lógico, que un liberiano o un nigeriano fallezca ante la extensión de una epidemia por el mero hecho de residir en el epicentro de la amenaza. Con un suspiro de compasión o lamento lejano se resuelve un problema que es algo más que la clásica división entre países del norte y el sur.

La muerte del padre Miguel Pajares ha puesto de manifiesto que las enfermedades desconocen las fronteras territoriales. Y eso no deja de ser una buena fórmula para propagar el miedo y, por tanto, incentivar la investigación y el desarrollo de una futura vacuna en sector farmacéutico. Pero, lamentablemente, este planteamiento solo se suele dar cuando el problema pone en peligro la existencia de ese tercio del planeta que tiene los recursos necesarios como para sufragar la compra de vacunas.

El resto del mundo sigue empotrándose contra la incomprensión y las vallas de los pasos fronterizos como Ceuta o Melilla.