La pócima mágica

Padecer una enfermedad en cualquier país de África no reviste una suculenta rentabilidad para los intereses de la industria farmacéutica. Lo que sí parece interesante es crear la alarma necesaria para que las regiones de Occidente, las más desarrolladas, sientan la sombra de la amenaza sobre su salud pública. Solo la posibilidad de que un virus como el Ébola cruce las fronteras supone un motivo suficiente para invertir el dinero que sea necesario, con tal de detener un desafío sanitario de imprevisibles consecuencias.

Ejemplos reales de estas características ya se vivieron con una gripe aviar cuando movilizó incontables recursos preventivos ante un incorrecto diagnóstico de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Por aquel entonces, la alarma saltaba en las regiones de Ásia. Pero, resultó ser un negocio perfecto para la industria y sus inversores. Las acciones se revalorizaron a un nivel nunca pensado en los parques financieros.

En esta ocasión, la vacuna contra el agente vírico del Ébola no está. Y si está, es uno de esos secretos confidenciales de una empresa del sector que, de momento, no conviene desvelar. A la espera de sacar la ‘pócima mágica’ en el momento adecuado, velando más por los intereses económicos que humanos y sanitarios; cada día, mueren cientos de personas en lugares del continente negro donde el valor de la vida se encuentra devaluado, no sabe por qué razón.

Mientras tanto, el resto del mundo asume, como algo normal y hasta lógico, que un liberiano o un nigeriano fallezca ante la extensión de una epidemia por el mero hecho de residir en el epicentro de la amenaza. Con un suspiro de compasión o lamento lejano se resuelve un problema que es algo más que la clásica división entre países del norte y el sur.

La muerte del padre Miguel Pajares ha puesto de manifiesto que las enfermedades desconocen las fronteras territoriales. Y eso no deja de ser una buena fórmula para propagar el miedo y, por tanto, incentivar la investigación y el desarrollo de una futura vacuna en sector farmacéutico. Pero, lamentablemente, este planteamiento solo se suele dar cuando el problema pone en peligro la existencia de ese tercio del planeta que tiene los recursos necesarios como para sufragar la compra de vacunas.

El resto del mundo sigue empotrándose contra la incomprensión y las vallas de los pasos fronterizos como Ceuta o Melilla.

Inocencia raptada

La situación en Nigeria no puede empeorar más. A la inseguridad social, económica y política se le debe añadir un nuevo componente que tritura la esperanza de las futuras generaciones. La absoluta inestabilidad del país ofrece desgraciados y lamentables episodios que alcanzan de plano a las menores de la sociedad.

Es uno de esos hechos que sobrecoge, una y otra vez. Por más reflexiones y análisis que se hagan de la actualidad nigeriana, el camino de la razón conduce siempre al mismo vertedero de realidades: Más de doscientas niñas fueron secuestradas en una escuela de la localidad de Chibok por la milicia radical islámica Boko Haram.

Pero, lo peor todavía esta por llegar. Por que aquellas que lograron recuperar la libertad, escapando de las garras de estos desalmados, sienten como su inocencia ha sido raptada en varias ocasiones. La violación y agresión sexual ha sido el único trato que recibieron en medio de un dramático e incomprensible cautiverio que también persigue secuestrar a un gobierno y a un estado, apelando al castigo emocional.

Durante estas semanas, las reacciones de repulsa y las exigencias de liberación de las menores se han repetido en diversos países con o sin poder mundial. Fotos con lemas reclamando el cese del encarcelamiento convirtió a Michelle Obama en uno de los centros de atención mediática. Su marido, el presidente de una de las mayores potencias del planeta, advirtió que el asunto del secuestro era un tema de todos. Es decir, trasladaba el problema a todos los pueblos que pertenecen a la globalización.

Pero, el tiempo pasa, y a pesar de las buenas palabras y mejores intenciones, las muchachas continúan en manos de un grupo extremista que solo ha querido mostrar su poder a través de un vídeo con una supuesta conversión religiosa (cristiana/musulmana), aprovechando esas imágenes para ofrecer la única muestra de vida de las niñas. Pero, cada minuto que pasa, aumenta el riesgo de maltrato y violación. Y el remedio para impedir este desastre humano parece estar más cerca que hace unas semanas. Aunque el final de este cruel rapto es un capítulo pendiente por escribir.

De momento, el único método pacífico conocido pasa por evitar el olvido o el silencio a golpe de indiferencia colectiva; una realidad contra la que la propia Nigeria ya está vacunada desde hace años. Las malas condiciones de vida en este país de Centroáfrica poseen una larga lista de precedentes. Considerada una de las zonas más inseguras e inestables del continente negro ha sufrido la indolencia de los países del norte y desarrollados ante una sociedad que trata de sobreponerse cada día a la pobreza y desigualdad social.

Doscientas no es solo una fría cifra sobre el mapa. Se trata de la vida de niñas sometidas a un doloroso rapto de su inocencia en medio de la nada, sin entender nada. Mientras, la radicalidad arrasa con la virginidad física y mental de adolescentes en crecimiento, las acciones reivindicativas pierden resonancia con el paso del tiempo sin que, a estas alturas, veamos cumplida la única sed de venganza: la libertad de 270 inocentes.

Nuevas generaciones en la solidaridad

Dos mujeres imponen su liderazgo ante el mundo con el objetivo de buscar el punto exacto donde residen las oportunidades, el desarrollo, la igualdad y los derechos humanos. Es muy posible que la utopía, convertida en una seductora ideología, nunca llegue a materializarse del todo ante sus ojos; pero intentarlo, en sí, ya es un atractivo reto para mejorar las condiciones de miles y miles de personas asediadas por la pobreza.

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