Cepillos saludables

Un simple cepillo de dientes puede suponer un notable avance en materia de salud para la infancia de una determinada zona. Esos pequeños elementos se convierten en relevantes formas de garantizar el buen estado de los niños y niñas en un lugar donde la pobreza aprieta con fuerza. No es necesario buscar una ubicación concreta para describir esta realidad por que, entre otras cosas, existen incontables contextos en los que una limpieza bucal al día evita un deterioro en bienestar de los más pequeños.

La infancia en África trata de superar la pobreza con ingenio

Y las medidas más efectivas consiste en convertir este hábito en algo parecido a un juego muy divertido. Una de las fórmulas que no se escapan a las iniciativas de las organizaciones en terreno. Combatir a las situaciones desfovorecidas con uñas y dientes tiene esta clase de cosas que ONG’s como Save The Children, UNICEF o MSF incluyen en sus programas de acción en prevención de enfermedades. El acceso a un poco de pasta y un cepillo se convierte en todo lujo que, en resumen, salva numerosas vidas tras los evidentes esfuerzos en materia de sensibilización familiar y social. Aquello que nos pasa desapercibido se traduce en una herramienta sanitaria de incalculables proporciones.

La salud y la infancia va ligados a una irrenunciable estrategia que obtiene unos eficientes resultados contra la mortalidad de los niños. Los seres más vulnerables e inocentes son capaces de agarrarse a la vida gracias a la fuerza que otorga una buena campaña preventiva a base de cepillados diarios.

Y poner en practica un programa preventivo de salud, entre las nuevas generaciones, resulta fundamental para garantizar un mínimo desarrollo de los que hoy son los hijos del futuro.

 

La pócima mágica

Padecer una enfermedad en cualquier país de África no reviste una suculenta rentabilidad para los intereses de la industria farmacéutica. Lo que sí parece interesante es crear la alarma necesaria para que las regiones de Occidente, las más desarrolladas, sientan la sombra de la amenaza sobre su salud pública. Solo la posibilidad de que un virus como el Ébola cruce las fronteras supone un motivo suficiente para invertir el dinero que sea necesario, con tal de detener un desafío sanitario de imprevisibles consecuencias.

Ejemplos reales de estas características ya se vivieron con una gripe aviar cuando movilizó incontables recursos preventivos ante un incorrecto diagnóstico de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Por aquel entonces, la alarma saltaba en las regiones de Ásia. Pero, resultó ser un negocio perfecto para la industria y sus inversores. Las acciones se revalorizaron a un nivel nunca pensado en los parques financieros.

El Ébola amenaza a África

En esta ocasión, la vacuna contra el agente vírico del Ébola no está. Y si está, es uno de esos secretos confidenciales de una empresa del sector que, de momento, no conviene desvelar. A la espera de sacar la ‘pócima mágica’ en el momento adecuado, velando más por los intereses económicos que humanos y sanitarios; cada día, mueren cientos de personas en lugares del continente negro donde el valor de la vida se encuentra devaluado, no sabe por qué razón.

Mientras tanto, el resto del mundo asume, como algo normal y hasta lógico, que un liberiano o un nigeriano fallezca ante la extensión de una epidemia por el mero hecho de residir en el epicentro de la amenaza. Con un suspiro de compasión o lamento lejano se resuelve un problema que es algo más que la clásica división entre países del norte y el sur.

La muerte del padre Miguel Pajares ha puesto de manifiesto que las enfermedades desconocen las fronteras territoriales. Y eso no deja de ser una buena fórmula para propagar el miedo y, por tanto, incentivar la investigación y el desarrollo de una futura vacuna en sector farmacéutico. Pero, lamentablemente, este planteamiento solo se suele dar cuando el problema pone en peligro la existencia de ese tercio del planeta que tiene los recursos necesarios como para sufragar la compra de vacunas.

El resto del mundo sigue empotrándose contra la incomprensión y las vallas de los pasos fronterizos como Ceuta o Melilla.

Calidad de vida en nuestras ciudades con unas simples rutinas

Autora invitada, L.C. – Guatemala es actualmente uno de los países del mundo con mayor riqueza natural, además de contar con una preocupación seria por la conservación de su medio natural, ya que no por nada un tercio del país se encuentra bajo la categoría de área protegida. Sin embargo, no podemos limitarnos a cuidar nuestras playas, montañas y bosques, también debemos intentas que nuestras ciudades tengan una calidad de vida superior, pues al final repercutirá positivamente en nuestra salud y estado de ánimo. Para esto tenemos diversas opciones a la hora de ayudar, como recurrir al mercado de segunda mano de compra venta, así como donaciones a través de páginas de avisos online a asociaciones u organismos que se encarguen de mejorar las condiciones en entornos urbanos.

Ecología en nuestras ciudades

Aunque no debemos de olvidar que la responsabilidad de la calidad de vida de una ciudad repercute en el conjunto de todos sus ciudadanos, quienes deben de poner de su parte para que su lugar de residencia sea un lugar donde merezca la pena vivir. Así que lo primero que debemos de hacer es preocuparnos realmente por nuestra ciudad y lo que pasa en ella, ya vivamos en Ciudad de Guatemala o en una pequeña aldea alejada, nuestra responsabilidad es la misma, pues debemos comprometernos con nuestra urbe. Para esto lo mejor es pensar que la ciudad es de todos, con lo que si la afectamos de forma positiva estamos mejorando algo que es nuestro y del resto de conciudadanos, en lugar de dañar algo que no pertenece a nadie. Así que apuesta por ser un buen vecino y apúntate algunas rutinas que harán de tu ciudad un lugar con mejor calidad de vida.

  • No ensucies. Lo mejor para mejorar la calidad de vida en una ciudad es mantenerla limpia, pues además de eliminar suciedad antiestética y malos olores mejora la percepción de vecinos y visitantes. Así que arroja tu basura en los puntos señalados y recicla lo máximo, para evitar que crezcan los vertederos en las afueras de la ciudad.
  • Respeta los entornos comunes. Piensa que un jardín o un parque es para el disfrute de todo el mundo, con lo que no lo dañes, ya que estarías limitando el ocio de la gente y afeando la ciudad. Trata los elementos de la ciudad como si fueran tuyos propios, porque en buena medida ya lo son.
  •  Deja el auto aparcado en casa. Los carros, además de contaminar la ciudad, afectando tanto a la salud de los seres vivos como a las fachadas de los edificios, son una gran fuente de estrés. Así que deja el auto de lado y apuesta por el transporte alternativo, como puede ser andar o la bicicleta si las distancias te lo permiten.
  • Dedica algo de tiempo a tus vecinos. Para esto podemos desde simplemente ser amables hasta comprometernos con alguna causa de voluntariado. Con esto ayudaremos tanto a personas necesitadas como a la ciudad en su conjunto, consiguiendo que mejores su atmósfera y que sea más agradable vivir en la misma.

Actor Social – Trastornos alimenticios ¿Sociopatía capitalista inducida?

Esther Pineda.- La modernidad apremia cambios, la apertura a nuevos destinos, surgen nuevas problemáticas sociales (reales o inducidas), como también nuevas formas de solapar la desigualdad; en una sociedad inmersa en un modelo político y económico de corte liberal, donde el lujo, la vanidad y el status apremian, las necesidades básicas e imprescindibles de la mayoría de la población son pospuestas y a menudo olvidadas.

Como bien sabemos, dicho modelo económico se ha pre configurado y orientado no a la satisfacción de las necesidades básicas de los individuos sino a la creación y promoción de necesidades nuevas, secundarias y prescindibles.

Entre estas necesidades básicas, la más apremiante será la satisfacción del hambre, hambre históricamente asesina de nuestros pueblos oprimidos producto de la explotación y la monopolización de los recursos en pocas manos, hambre que ha menguado las capacidades de los individuos, invalidando, limitando, y excluyendo; hambre que ha llevado a los sujetos al trabajo explotador, alienante, castrante y reductivo como único medio para la insuficiente y deficiente satisfacción de las necesidades básicas.

Sin embargo, el sistema capitalista históricamente ha negado el hambre, argumentando que esta es producto de la incapacidad de los llamados pueblos del tercer mundo, ligada a nuestra herencia étnica. Se nos dirá que somos un pueblo atrasado, incapaz de satisfacer nuestra hambre, la que el sistema sembró en aquellas tierras expoliadas, hambre a la que fuimos condenados mediante la manipulación y explotación de nuestros recursos, hambre de nuestros pueblos que alimentó a nuestro opresor.

No obstante, el sistema pretende quitarnos ese castigo que fue privilegio nuestro durante siglos, el hambre deja de ser monopolio de los pobres.

¿Parece casual el creciente impacto de la anorexia, la bulimia y los múltiples trastornos alimenticios emergentes en nuestras sociedades? Parece por el contrario un mecanismo del capitalismo para desviar la atención de esa hambre producida en el seno de la inequidad económica.

Pero ¿Es posible comparar el hambre producida por la necesidad apremiante y la imposibilidad de satisfacerla por la ausencia o escasez de recursos, con aquella hambre producida por elección en quienes tienen diversidad y abundantes recursos alimenticios?

Si bien es innegable el carácter patológico y sociopático de los desórdenes alimenticios, es posible identificarlos como patologías surgidas en el curso y desarrollo de la dinámica social moderna, como patología inducida, mecanismo solapador del hambre real emanada de políticas económicas perversas y devoradoras.

El sistema ridiculiza y promueve el asco por los modos alimenticios alternativos desarrollados por los pueblos para la satisfacción de sus necesidades, al mismo tiempo que trivializa el hambre; le será dada mayor cobertura e interés a la pérdida de peso y trastornos alimenticios de las estrellas de Hollywood que los altos niveles de morbilidad infantil producto de la desnutrición e inanición por la intrincada pobreza en los distintos lugares del mundo.

De esta forma, al ser colocada la atención en aquellos que se privan y restringen de las bondades alimenticias ligado a intereses estéticos, es posible desviar la atención de los millones de niños, niñas, adolescentes, hombres y mujeres que mueren por la inequidad de un sistema que convirtió el hambre en comercio, la alimentación en un lujo, y el comer para mantener la vida un privilegio.

¿Es entonces la anorexia y la bulimia un ejercicio libre de voluntad producida por patologías psicológicas o por el contrario una sociopatía económicamente inducida?

El sistema ha comercializado el hambre, nos dirá cuando y como tener hambre, que y como debemos, queremos y podemos comer, no obstante, el hambre, la alimentación, la salud y la soberanía alimentaria de los pueblos no es una opción.

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(Esther Pineda G. es socióloga, investigadora y escritora en las áreas de género, afrodescendencia y etnicidad. Autora del libro “Roles de género y sexismo en seis discursos sobre la familia nuclear”. E mail: estherpinedag@gmail.com  Twitter – @estherpinedag)

Una salud infantil amenazada por las negligencias políticas y sociales

Seguimos fracasando como seres humanos en el momento que izamos la bandera de la humanidad. Insistimos en utilizar una de esas telas de mala calidad que el tiempo evidencia con la degradación de los colores y la propia insignia. La insaciable meta del enriquecimiento personal y una nefasta distribución de los recursos construye un escenario marcado por la desgracia para cerca de 350 millones de niños en el planeta.

No es la primera ocasión que Save the Children intenta atizar en las conciencias con la escalofriante confirmación de una escasez de primer orden. Acaba de denunciar que “son necesarios 3,5 millones de trabajadores sanitarios para garantizar una mínima atención infantil en el mundo”. El mayúsculo, por no decir global, problema no empieza y termina con este dato aportado por la ONG.

Al parecer, este hecho podría amenazar, en algún momento, a la vida de centenares de millones niños y niñas que a lo largo de su existencia no recibirían una mínima asistencia sanitaria cualificada. Dicho de otra forma, nunca sería atendidos por un profesional técnico en esta materia, circunstancia que reduce la esperanza de vida a un máximo de cinco años en países como Liberia, Etiopía o Nigeria.

De media, los actuales sanitarios distribuidos en áreas y regiones del mundo con un nulo Estado del Bienestar (EB) precisan de dos horas para responder ante una necesidad en los ámbitos rurales, donde la rebaja de los índices de mortalidad infantil son un objetivo hueco y anodino con los actuales recursos. Por lo visto, solo en las áreas urbanas existen servicios dotados con trabajadores de esta categoría en una mínima proporción.

Lo destacado de estas ‘deshumanizadas’ referencias es que la última asamblea de Naciones Unidas (ONU) tuvo conocimiento de este informe relacionado con la calidad de la atención sanitaria a la Infancia. “La formación de nuevos técnicos podría redundar en actos sanitarios tan básicos como la  óptima dispensación de una vacuna o la buena atención en los partos”.

Como ya es norma, los países presentes en el marco de la ONU lamentan tal situación, pero, tal y como marca el guíón, a continuación se ponen de perfil para no verse obligados a ocuparse de un problema “de todos, y de nadie”.

Y no alberga dudas que este irresponsable comportamiento político vuelve a dejar al trasluz que los Objetivos de Desarrollo del Milenio comienzan a ser un estorbo por la proximidad del año 2015. Para algunas naciones y sus gobernantes, el cumplimiento de los compromisos transnacionales resultan inviables ante la actual situación de crisis económica que “todo lo argumenta, y todo lo ampara”.

Un río turbulento de la económia que confluye en el afluente de una descarada y abominable excusa para encarcelar en el cajón del olvido el objetivo número 4 (Reducir la mortalidad de los niños menores de cinco años), el objetivo número 5 (Mejorar la salud materna), e incluso el objetivo número 6 (Combatir el VIH/Sida).

Mientras prevalece esta nefasta y letal táctica en las decisiones políticas, las futuras generaciones continuan a la espera de que la humanidad aumente las distancias con esa bifurcación que conduce al estrepitoso camino del fracaso colectivo.

Por el momento, urge que el verdadero recorte se produzca en los actuales tiempos de respuesta ante continuas negligencias internacionales en el estricto cumplimiento de los retos de desarrollo marcados para el presente milenio.

Por eso, seguir sometiendo la salud infantil a la amenaza de la negligencia política y social es una indignante forma de renunciar a los principios básicos y fracasar definitivamente como seres humanos.