El camino continua

Más de 40 años de pandemia VIH Sida

Día Internacional de lucha contra el VIH Sida. Cada 1 de diciembre insisten en recordarnos que seguimos conviviendo con una de las pandemias más longevas de todos los tiempos. Un virus que todavía se cobra la vida de seres humanos en países donde el acceso a los tratamientos todavía no está garantizado.

En el caso del número de pacientes que viven con VIH, según ONU Sida, la cifra ascienda hasta los 38,4 millones en el mundo. Mientras, en el capítulo de los nuevos contagios, los últimos indicadores se sitúan en 1,5 millones de personas durante el año 2021. Se trata de un dato esperanzador porque, aunque todavía continúe incrementándose el número de nuevas personas portadoras, se detecta una ralentización de la transmisión del virus. Resulta incuestionable que los avances científicos tienen directa relación con este moderado buen rumbo. No así en el intento por derribar los muros y las barreras impuestas por los estigmas y la discriminación.

Durante las últimas décadas, uno de los aspectos más significativos se centra en las terapias que han logrado cronificar el avance de la enfermedad. Como novedad, este año 2022, en los países con robustos sistemas sanitarios públicos o privados se acaba de incorporar un revolucionario tratamiento de dosis bimensuales para infectados por VIH. Consiste en administrar una inyección al paciente que permite bloquear el avance del virus y mantener, de este modo, su presencia indetectable  en la carga viral; una situación que ya se había logrado con otra generación de tratamientos anteriores.

Nuevos tratamientos

Según las primeras experiencias, estas inyecciones han logrado sustituir con éxito a la tradicional administración de pastillas diarias que, en su mayoría, lograban ya mantener a una persona contagiada diagnosticada como intransmisible, al sumar más de seis meses sin un nivel de copias significativas de VIH en sangre. Esta nueva realidad también ha concedido un importante salto cualitativo por la inexistente transmisión del virus a otras personas por vía sexual, otorgando una rebaja de estrés y ansiedad a los portadores y su círculos personal y social ante el riesgo al contagio. Afortunadamente, esa amenaza ha quedado desterrada si se sigue con rigor la pauta establecida por el médico.

Atrás quedaron abordajes farmacológicos contra el virus con compuestos como AZT o Retrovir que, para los especialistas, suponía los mismo que cruzar los dedos para que nada fallase en el paciente contagiado y pudiese sobrellevar tanto las consecuencias del virus como los efectos secundarios de la propia medicación. Hoy en día, la posibilidad de rescatar o tratar a un paciente, que su organismo presenta resistencia o ineficacia ante un determinado tratamiento, ofrece un importante catálogo de recursos. Todo un arsenal.

El abanico de opciones es un sueño cumplido para quienes atesoran una larga trayectoria médica y clínica en la lucha contra la enfermedad. Todo esto supone un progreso sin precedentes, a muchos niveles. Por este motivo, desde instituciones internacionales como ONU Sida, exigen el acceso, a gran escala, de los fármacos de nueva generación. Aseguran que atender esta advertencia podría salvar muchas vidas y a acabar con la pandemia de VIH Sida.

Consecuencias no deseadas

No olvidemos que las últimas cifras también reflejan el impacto no deseado de la pandemia, con más de 650.000 personas que fallecieron por enfermedades relacionadas o asociadas con el Sida a lo largo de 2021. Desgraciadamente, esto todavía sucede ante la falta de políticas locales, nacionales e internacionales de prevención, diagnóstico y abordaje eficiente contra la enfermedad en algunas latitudes de África, América Latina o Asia. Lugares donde las economías empobrecidas de muchos países, sumada a depresiones sociales, ofrecen como resultado una brecha de desigualdad inaceptable con respecto a otros escenarios con una situación económica más sólida y desarrollada.

A pesar de que no sucede, de que se ha registrado una disminución en los últimos años, está demostrado que invertir recursos económicos contra la pandemia, a medio plazo, supondría ahorrar ingentes gastos a los sistemas sanitarios y a los Estados con una alta prevalencia de casos no diagnosticados o no tratados.

Y no conviene pasar por alto la capacidad de incidencia que la pandemia registra en mujeres o infancia en contraste con otros perfiles de población como los hombres. Los daños colaterales, en el caso de mujeres y niños, suelen ser siempre muy superiores al resto; en especial, la calidad de la vida emocional y la convivencia colectiva sufre mermas ante el efecto multiplicador de la discriminación familiar y social por el simple hecho de ser positiva en la transmisión del virus. La desigualdad es notable; aquí también se impone.

Diferentes organismos, instituciones y ONGs albergan la seguridad de que abrir la puerta de las nuevas terapias, para uso generalizado sin discriminación geográfica motivada por la pobreza, facilitaría sobresalientes resultados para la humanidad.
Se insiste en que una acción prolongada de los nuevos medicamentos habilitaría un escenario impensable hace 40 años cuando empezó una complejísima lucha contra el VIH Sida.

Lucha social

Desde entonces también comenzó el combate contra el rechazo y la exclusión a las personas positivas. Una lucha contra el reinado del estigma. En la década de los 80, una gran mayoría escondían su realidad por temor a verse señalados en los espacios más cotidianos, a perder el puesto de trabajo o padecer el repudio de familiares y amigos. Secuelas de una enfermedad que, en el presente, perduran intactas, casi como el primer día en no pocos ámbitos de la vida de una persona. Mientras la ciencia avanza, las sociedades siguen estancadas en una imagen construida por los laboratorios ideológicos más anacrónicos y conservadores.  

Cuatro décadas de incesante trabajo, para frenar los avances del VIH Sida, dejan increíbles frutos en el campo científico y médico. Y una progresión pobre o muy pobre en los niveles de aceptación, tolerancia e integración de una persona positiva que se ve obligada a la perpetua invisibilidad por miedos iguales o similares a los de hace 40 años.

¡El largo camino continua!

Experiencias personales

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