El infierno de las ‘mazmorras’ hondureñas

El desastre humano de la cárcel de Comayagua, en pleno corazón de Honduras, es fruto de una falta de “todo” en el cumplimiento de los Derechos Humanos. La cifra podría acariciar los cuatro centenares de muertos atrapados en un incendio de un centro penitenciario que, por las características conocidas, más bien representaría a los presidios de antaño. Un espacio de reclusión convertido en una ratonera mortal ante la ausencia manifiesta de responsabilidad gubernamental, administrativa y profesional.

Las personas privadas de libertad se dejaron la vida en ello. Cumplieron su condena hasta el extremo. O como suele ocurrir en los espacios donde el derecho a ser tratado como humano es una utopía, se vieron obligados a permanecer en el interior de las masificadas celdas, a pesar de que las llamas calentasen los barrotes hasta fundirlos en la desesperación.

Deseperación de familiares de presos hondureños

Los candados de la mazmorra no se abrieron ante la inminente amenaza para la vida de las personas. Si bien, la sospecha nos conduce a una supina negligencia o, lo que sería más grave, un desprecio por la supervivencia de quienes estaban castigados a habitar el presidio, “hasta nueva orden”. Existen hipótesis que apuntan a un radical celo de los funcionarios al utilizar las armas contra a los internos, disparando a aquellos que intentaban escapar del letal efecto de las llamas.

En este reprobable caso no caben excusas, justificaciones o aquella manida frase de “los funcionarios hicieron lo posible por evitar la tragedia”. De esta forma, no se cierra un expediente con casi cuatrocientas vidas en su haber (la versión oficial aporta al dato de 356 víctimas). Y otro gran interrogante: ¿Por qué se supero el límite de los 425 hasta los 852 presos?, ¿quién autorizó esta destetable política del hacinamiento?

Pese a todo, esto sucede y golpea nuestra supuesta inteligencia cuando la visión carcelaria es ya un concepto enterrado en un pasado reciente para numerosos países, con sus consiguientes gobiernos adheridos al compromiso de garantizar el cumplimiento de los Derechos Humanos, sea cual sea el espacio o escenario.

Pisamos un nuevo tiempo. Una cronología diferente para la articulación de sistemas de recuperación de las personas. Los sistemas penitenciarios tienen la obligación de asegurar unos mínimos recursos para facilitar el camino de la reinserción social. Con los actuales mecanismos, “la sociedad aguarda algo más que una mera exclusión ‘sine díe’ en un espacio privado de libertad”.

Resultaría muy cuestionable que, por estos hechos, no haya procesados. El presidente del Gobierno Hondureño, Porfirio Lobo, ha confirmado la apertura de una investigación. Aunque crear la correspondiente comisión que analice las principales incógnitas de lo sucedido parece una vía insuficiente y cicatera para lo que se espera. Y, ¿el barómetro de la presión internacional hasta donde llegará en esta indiscutible violación de DD.HH?, ¿seremos testigos de un transparente y ejemplar proceso encaminado al capítulo de las sanciones tipificadas en la legislación de referencia?

Olvidar que estamos ante la catástrofe penitenciaria más importante de la historia reciente sería similar a ser infiel a nuestros principios fundamentales.

La publicación del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos ACNUDH ‘Los derechos humanos y las prisiones’ exige “sensibilizar a los funcionarios de prisiones respecto de su papel particular de promoción y protección de los derechos humanos, y de su propio potencial para influir en los derechos humanos durante su trabajo diario”.

Quedó patente que este básico objetivo fue desterrado desde el mismo momento que se declaró el fuego en el interior de una cárcel, en la que los condenados buscaban abrazar una futura libertad criando cerdos, cultivando hortalizas y soportando las reglas de un sistema paralelo dominado por el oligopolio de mafias y redes de extorsión como modo ordinario de convivencia interna.

Ante esto se abren multilples reflexiones, entre las que convendría afondar sobre quién o qué precisa de los efectos de un programa de rehabilitación y reinserción con mayor urgencia: ¿El estado por sus decadentes políticas sociales o los propios condenados por practicar algo tan común como el delito?

Reencuentro con la ‘generación perdida’

El presente recibe la visita de un pasado con el que ya no contaba. Supervivientes de la denominada ‘generación perdida’ reivindican el mérito de haber sorteado todas las minas escondidas en el camino vital… Algunos que fueron seducidos por unas sustancias de toxicidad social incalculable, ahora, cuentan su historia con grandes dosis de arrepentimiento cuando la mirada se fija en lo ocurrido a lo largo de la década de los 80.

Si hubiesemos podido incluir aquella conversación en un programa de radio, habríamos elegido para su cierre una cultivada banda sonora del maestro Antonio Vega: ‘Se dejaba llevar por ti’. Nada más acertado que una lírica de desbordante realismo para ilustrar 60 minutos exclusivos.

La inciativa fue considerada pionera. De esas en las que se puede aseverar de forma categórica: “No hay precedentes” en la vida del sistema penitenciario. En este caso, el margen de error era nulo para los aficionados a rebuscar en las hemerotecas.

Todo acontece en la IV Convención Anual de Agareso. En un amplio programa también se incluye el almuerzo en el módulo 9 de la prisión de A Lama (Pontevedra). La experiencia queda acotada y limitada, algo muy habitual en la vida penitenciaria, al comedor del mecionado módulo.

La cola de gente es más extraordinaria de lo habitual. La rutina pierde fuerza ese día. Solo una ranura en la parte inferior de aquel habitáculo, soportado por una robusta estructura de hierro y cristal, permite mantener un contacto físico con los internos encargados de servir la comida de ese sábado. El menú no perseguía la exquisitez o sofisticación en su composición.

Había que buscar un sitio vacio para sentarse a comer. En aquella mesa nos encontramos con dos veteranos de la vida carcelaria. La casualidad quiso que Carmén Avendaño, presidenta de la Fundación Erguete, mujer que plantó cara a los narcotraficantes gallegos hasta desenmascararlos, nos acompañase en aquel singular escenario. Parecía no ser ajeno para ella. Pronto, descurbiríamos porqué…

Las presentaciones fueron escuetas con los dos internos que ocupaban la zona más próxima al pasillo del comedor. La mesa y sillas habian sido ancladas al suelo. Uno de ellos comienza a romper el frio inicial: “¿Te puedo llamar tocayo?”. A lo que se le responde con amabilidad: “Ningún problema, encantado de compartir nombre”.

Poco a poco, descubren la realidad social y personal que les ha llevado a sumar décadas en prisión: La droga en sus diversas presentaciones y composiciones ha sido la causa prinicipal “de todo”. Con lamento, Juan confiensa que “ya está bien. He montado demasiados lios a todo el mundo por las drogas”.

Su mirada se torna triste y nostálgica. En sus explicaciones golpea la mesa con moderación. Intenta contener la impotencia, a pesar de las numerosas desgracias provocadas con sus delictivos actos.

El robo era su modo de vida hasta que el propio sistema logró neutralizarlo… La comisión de varios delitos se acabo transformado en una condena de 12 años privado de libertad. “Es mucho tiempo aquí dentro”.

En una dialogo cruzado con Carmén Avendaño desvela que el VIH también buscó acomodo en su organismo. “Lo tengo controlado. La carga viral lleva muchos análisis indetectable”. Es decir, es como tener el virus dormido o inactivo en el interior del cuerpo, gracias a las actuales terapias de abordaje de la enfermedad.

Desmiente lo que todos pensabamos y dabamos por sentado: “No me contagie con las jeringuillas. Fue en una relación con una chica”. Esta confidencia sorprendió por la naturalidad empleada. El paso de los minutos van agotando las posibilidades de continuar conversando. Por ese lugar, habían pasado numersosas víctimas del tráfico de drogras de las décadas de los 80 y 90. Carmén confirma ese dato: “En este centro, han estado muchos y muchas que se drograban en nuestras calles. Hemos atendido a muchos jóvenes malheridos por el veneno de la droga”.

Instantes antes de la despedida, preguntamos por el futuro. Juan aclara que su paternidad y compañera sentimental es prioritaria para rechacer su vida, una vez consiga recuperar la libertad. Con una sonrisa integrada en un duro semblante nos expresa, a punto de recobrar cada uno su camino: “Para vosotros, ha sido todo un reencuentro con la generación perdida. Gracias por este rato, ¡suerte en la vida!”.

Actor Social – “El único denominador común era la ausencia de todo sentido común”

La sombra del pasado en la cárcel

Tomas Acuña.- Trabajar como funcionario de prisiones desde hace más de dos décadas permite hacer un importante recorrido por el pasado. Recuerdo que en el departamento de menores había personas desde los 16 años hasta los 25. Había protegidos de los protegidos. Internos que se refugiaban de otros internos que a su vez se refugiaban de otros; los motines, altercados y desordenes colectivos estaban a la orden del día.

En unos 18 meses que estuve en la cárcel de A Parda (hasta que se cerró por Orden del Ministerio de Justicia) hubo un motín con secuestro de ocho funcionarios, un intento de homicidio a varios internos por ajuste de cuentas entre ellos, intento de violación de dos médicos de la plantilla, así como otros tantos motines frustrados; con elevados daños en las instalaciones del centro y lesiones graves entre internos y agresiones a funcionarios.

Las sensaciones y pensamientos reiterados cuando iba a trabajar era: “¿Qué me pasará hoy?, ¿tocara que me secuestren, que me agredan?, ¿a quien le pincharan hoy: a un interno, a un compañero, a mi? Y cuando acababa el servicio y no había pasado nada espectacular, decías: “bueno otro día que libramos, ¡Qué alivio, menos mal!”.

Al trabajar por turnos, puede parecer que por las noches el servicio era tranquilo, nada mas lejos de la realidad. En ocasiones, eran peor que la jornada diurna por dos razones: Por la noche, nuestro cuerpo esta debilitado, ya que está programado para el ciclo vigilia (sueño) y  trabajamos menos funcionarios. Confieso que teniamos turnos que ofrecían resultados espectaculares.

En un ocasión,  tuvieron que coser a 24 internos por cortes provocados de diversa consideración en brazos, piernas, abdomen.  Eran de tal magnitud, en numero y forma, que acababa el turno y estaban todavía sin coser algunos internos. El servicio sanitario solía verse desbordo por tantos casos en tan poco espacio de tiempo.

También, era habitual tragarse pilas, cuchillas de afeitar, lejía, “meterse un misil” (consiste en introducirse un objeto metálico en el abdomen, por lo general un trozo del somier de la cama) o cualquier tipo de autolesión. Estas eran producto de la desesperación, ira acumulada, miedo o simplemente por simpatía o solidaridad con otro interno. Los motivos eran variados, el único denominador común era la ausencia de todo sentido común.

(Segundo relato de Tomas Acuña de una serie dedicada a experiencias del pasado y presente de las prisiones del sistema español)

Actor Social – “Existía algo impensable hoy en día: las famosas brigadas”

Tomas Acuña.- Hace 21 años que soy funcionario de Instituciones Penitenciarias, y lo que ha cambiado todo en prisiones, es cierto que todo debe evolucionar, porque todo es dinámico, nada se mantiene inalterable, pero cuando echas la vista atrás y los recuerdos vienen a mi memoria, pienso: ¡Como ha cambiado nuestro trabajo! No se parece en casi nada a lo que era, salvo en que las personas continúan ingresando en prisión y que seguimos aquejados de un mal endémico  parece que perpetuo en esta Administración: “la falta de recursos humanos”…Pero muchas cosas han mejorado, las condiciones de trabajo, las condiciones de los centros, el tratamiento, la aplicación de la normativa penal y penitenciaria, etc.

Las celdas tenían barrotes en las puertas

Aún recuerdo cuando empecé a trabajar en la prisión provincial de ‘La Parda’, en Pontevedra, una prisión obsoleta y antigua, sin condiciones para casi nada, mala para los trabajadores penitenciarios y mala para los internos, había celdas en donde en lugar de una persona, había tres, cuatro y hasta cinco internos. Existía algo impensable hoy en día: las famosas ‘brigadas’, esos dormitorios colectivos donde se hacinaban 20, 25 o hasta 30 internos, y donde por las mañanas cuando ibas a realizar el recuento era muy difícil mantener la compostura por el olor humano que se respiraba. “Era insoportable e incluso producía arcadas”.

Las celdas no tenían duchas. Estaban en una zona común donde los internos se debían duchar con otros internos; no existía la intimidad. Imposible hacer una minima clasificación exigida por una legislación penitenciaria avanzada y moderna, pero que no se podía cumplir por falta de infraestructuras y centros que la permitieran, donde los penados estaban con los preventivos, los que habían estafado con los asesinos, los primarios con los reincidentes.

En el suelo del departamento de aislamiento nacía agua, si no andabas con cuidado te metías un resbalón y acababas con tus huesos en el agua; no solo debías tener cuidado con los ‘iuras’ que había allí si no precaución de no romperte una pierna, un brazo o la clavícula. A todo esto se le añadía que estabas solo con internos con mucha agresividad, odio, desesperanza lo que aumentaba su frustración que terminaban pagando con el que tenían más cerca, fuera interno o funcionario…

(Primer relato de Tomas Acuña de una serie dedicada a las experiencias del pasado y presente de las prisiones en el sistema español)