Camino de la década

Guerra en Siria

Refugiados/Foto: MSF

Diez años de guerra en Siria

El mundo ha girado unas cuantas veces desde que en el año 2011 estallaba otro de esos conflictos bélicos, absurdos, en un lugar tan inesperado como desconocido. Siria y sus gentes emprendía un viaje a ninguna parte. Un salto al vacío de consecuencias muy dolorosas. Tanto que casi 400.000 personas ya han perdido la vida en su intento de resistir o de huir de la alargada sombra de una guerra infinita. Una guerra que, a día de hoy, nadie es capaz de aventurarse a poner fecha al punto y final de una sin razón que muchos exigimos su cese y unos pocos (con poder para ello) se muestran reticentes a gestionar y negociar una vía pacífica.

No gastaremos una sola línea en entrar en el capítulo de responsabilidades; que bando debe asumir un mayor nivel de consecuencias por haber empuñado las armas con el objetivo de defender unos intereses determinados. Unas motivaciones que, desde hace tiempo, han dejado de tener una directa relación con la cuestión territorial y sí con la económica. Algunos de los ingredientes que sustentan al capitalismo global se obtienen por este procedimiento: cultivando el horror y el expolio. Un sutil sistema que suele presentarse vestido de gala y desnudo de humanidad.

Durante todos estos años, el sufrimiento generado resulta muy difícil de calcular. Sabemos que se cuentan por miles las familias rotas por el efecto de las bombas, las balas, los secuestros o la destrucción generalizada de pueblos y ciudades. Porque poco o nada queda ya en pie. Y quienes han logrado resistir a la contienda sobreviven contando las horas y desbordados de incertidumbres.

Otros, que optaron por dejar atrás las raíces para unirse al sendero de éxodo, buscaron una segunda oportunidad en países del entorno o migrando a Europa. Un continente que prometió solidaridad a los cuatro vientos y lo único demostrado, hasta la fecha, es tener una gran capacidad para incumplir y traicionar los principios de su propia Constitución y discurso político.

Al margen de una reiterada pasividad por parar la guerra, poniéndose de perfil con demasiada frecuencia ante los cruentos acontecimientos de Siria, la Unión Europea ha dedicado múltiples esfuerzos a perfeccionar sus habilidades en escatimar recursos y en obviar, con el máximo cinismo, la cifra de personas que deberían ser acogidas, previamente acordada.

Un día, a una playa turca llegaba un pequeño cuerpo sin vida. Pertenecía a un niño de menos de tres años llamado Aylan Kurdi. Ocurría en septiembre de 2015. La imagen daba la vuelta al mundo y lograba hacer llorar a algunas conciencias. En aquel entonces, parecía que esa desgarradora muerte no sería en balde y provocaría una reacción internacional ante una de las crisis humanitarias más imponentes del actual siglo. Pero, de aquella conmoción colectiva, no queda nada. Solo un vago recuerdo y poco más.

Mientras, siguen llegando menores y mayores, repletos de desesperación, a las costas de Europa para acabar atrapados en campos de refugiados o en fronteras custodiadas por la insolidaridad. Lo hacen desde hace casi diez años. Y el tiempo sigue pasando sin visos de solución con la esperanza de despertar, alguna mañana, de esta interminable pesadilla de víctimas y refugiados.

 

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