¡Escepticismo!

Muro de la frontera entre México y Estados UnidosDe aquellos barros vienen estos lodos. La situación en muchas fronteras del mundo suele ser insostenible pero, en el caso de México con Estados Unidos, el trato que se proporciona a los menores supera la barrera de lo soportable. De lo tolerable.

A un indecente protocolo de bienvenida que se centra, principalmente, en recluir al niño o niña en un reducido espacio o en campos de refugiados temporales (privados siempre de libertad) se suma la polémica separación de padres e hijos, por parte de agentes de la patrulla fronteriza (CBP), nada más cruzar de un país a otro. En este caso, la presión internacional obligó al presidente Donald Trump a firmar un decreto exprés para suprimir esa clase de prácticas. A renglón seguido su gobierno se comprometió a reunificar a niños y padres, un hecho que se ha producido a medias.

Aunque los problemas no vienen solos. Y lo normal es que unos sucedan a otros cuando la mala política preside cada paso. En cada acción. En cada decisión. En los últimos días fue público que, entre los años 2014-2018, el Departamento de Salud de Estados Unidos recibió más de 4.500 denuncias por abusos sexuales cometidos sobre menores inmigrantes detenidos. Una cifra que se queda corta porque otro departamento del gobierno americano, el de Justicia, también reconoce haber registrado 1.303 causas durante el mismo periodo por un delito similar. La gran mayoría de los casos habrían sido perpetrados por el personal que gestiona los centros de detención de menores inmigrantes. Resultados de una gestión centrada en la ‘Tolerancia Cero’ a los migrantes.

Una persistente clasificación institucional que, de forma automática, deja desamparada a las personas y en una enorme situación de vulnerabilidad a los menores, tal y como arrojan ahora los crueles datos oficiales. Una política discriminatoria, racista y xenófoba que despoja de los mínimos derechos a niños y a niñas, y les abandona en un contexto de desprotección absoluto ante las acuciantes amenazas del abuso y maltrato.

Y, mientras esto sucede, Trump insiste en buscar los fondos necesarios para levantar el muro fronterizo entre México y Estados Unidos. Y acrecentar así la brecha que separa dos realidades: entre quienes no tienen derecho a nada y quienes gozan de todos los privilegios por la mera coincidencia de haber nacido en un territorio y no en otro. Una desgraciada visión que se aleja de conceptos como equidad, igualdad o solidaridad. No cabe duda que atender y preocuparse de las principales necesidades de la infancia, sin mirar el documento que porta en la mochila, es una bonita forma de entender y blindar el futuro de un mundo plagado de peligros.

Entre ellos, la repetición de históricos errores del pasado. Sin embargo, el inquilino de la Casa Blanca ha demostrado, una y otra vez, que prefiere degustar una cena recalentada a idear un nuevo plato a base de ingredientes saludables y compartirlo con el resto. Ahora, queda esperar que el país más avanzado del planeta dé una lección de justicia.

¡Escepticismo!

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