Ocaso revolucionario

Protestas en Nicaragua contra el presidente sandinista Daniel Ortega

Las históricas revoluciones sociales y políticas se van extinguiendo en diferentes puntos de Latinoamérica. Existen varios axiomas. Por ejemplo, los cambios en Cuba han abierto un escenario de especulación sobre el futuro; a pesar que, desde el interior de la propia isla, algunas voces insisten en asegurar que el Castrismo goza de un óptimo estado de salud. De momento, el mundo observa, calla y espera acontecimientos.

En Ecuador, la revolución campesina e indígena que motivo la llegada al poder de Rafael Correa parece que ya no es tal. La presencia en la agenda de estos asuntos se ha visto rebajada con el paso del tiempo. Por lo tanto, el relevo no ha significado una continuidad.

Los cambios es lo que tienen: pueden ser para bien aunque su tendencia natural es que sean para mal. Sobre todo cuando se trata de proyectos políticos vinculados a los sociales.

Venezuela es otra de las evidencias de que las revoluciones (en este caso la bolivariana) deben de adaptarse al presente y no vivir de méritos de un pasado, supuestamente, glorioso. Y, sin salir del eje latinoaméricano, en esta misma tesitura, ahora encontramos a un Nicaragua en plena convulsión. El gobierno de Daniel Ortega está debilitado, cuestionado y sin capacidad alguna de reconectar con la sociedad civil. Los universitarios y los defensores de derechos humanos se lo han dejado muy claro: la única salida pasa por dejar el cargo y provocar un nuevo tiempo. Algo improbable.

Ese oasis de Centroamérica, el ejemplo de una revolución que ilusionó a medio mundo y despertó envidias en el otro medio, ahora devalúa un esfuerzo colectivo histórico que será más recordado por su decadencia que por su apogeo. Ya se sabe que las cosas no son como comienzan sino como acaban. Así, en el epicentro social de la región, el suelo se ha vuelto a mover. En el año 1972 la causa que se cebó sobre la ciudad de Managua, capital del país, había sido un terremoto. Y, en este caso, no se trata del mismo sismo. Las pretensiones del llamado danielismo de suplantar al sandinismo han acabado por depreciar una revolución, en estos momentos irreconocible, que no duda en recurrir a la violencia para recuperar unos valores y un sentido enterrados en el cementerio del tiempo. ¡Un delirio!

Uno de los principales síntomas de la llegada del ocaso…

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