‘Yo solo no salvo el mundo’

Agencia Española de Cooperación al Desarrollo AECID

La cooperación es uno de esos difusos conceptos que sólo quien trabaja en ello sabe cómo definirlo con exactitud. Se trata de una de esas admiradas profesiones que, vistas desde el desconocimiento, observadas desde fuera, no son pocos los que piensan que un cooperante puede y debe vivir a base de vocación y compromiso. Más lejos de la realidad porque esa mística también precisa de ‘mástica’. Y convertirse en un trabajador indefinido o eventual al servicio de los proyectos de solidaridad suele ofrecer la cara B de un disco que suena muy poco en la escena colectiva.

Resulta importante saber diferenciar los tipos de cooperante que pisan terreno, a lo largo y ancho en el mundo. Entre las diferentes variantes existen dos principales. Primero, destacan aquellas personas que tienen una misión muy concreta y específica sobre un determinado proyecto. En estos casos se suele permanecer en la zona de trabajo por un periodo de uno a dos meses hasta finalizar la acción asignada. Por ejemplo, una iniciativa relacionada con un problema de salud pública puede precisar, al margen de médicos y sanitarios trabajando intensivamente, de una serie de agentes de promoción de la salud para prevenir la prevalencia de la enfermedad. Para éste último objetivo se articula una campaña de sensibilización con una duración determinada. Y el personal necesario se desplaza de forma puntual a la zona para llevar a cabo este trabajo concreto. Se realiza la acción y punto y aparte.

En estos casos, ese tipo de cooperante actúa de forma muy puntual en el marco de un proyecto o programa más amplio. Para entendernos, su billete de avión tiene cerrada la ida y la vuelta. Normalmente, suelen participar voluntarios cualificados o personal técnico de una organización o institución.

Luego, en segundo lugar, se encuentran los conocidos como expatriados: personal desplazado a una determinada zona con un horizonte mínimo de permanencia que se prolonga por un periodo de uno a dos años. Con posibilidad de ampliar la residencia más tiempo. Las principales desventajas pasan, como en muchos sectores en la actualidad, por un clima laboral de inestabilidad constante. La nómina de cada trabajador de la cooperación está sujeto a la financiación de un proyecto. Y, como ya se sabe, dichos recursos económicos son aportados por las administraciones públicas, en algunas ocasiones, y proporcionados a través de otras fuentes alternativas que la ONG a dispuesto, en otras. En suma, la perspectiva de vida del cooperante siempre queda reducida a la aprobación o denegación del presupuesto del proyecto al que se encuentra asociado. A partir de ahí comienza y termina todo.

Al margen de lo analizado también conviene tener en cuenta que existen otras condiciones no aptas para cualquiera. Quién decide dedicarse a la cooperación, desde un planteamiento profesional o semi profesional, no debe olvidarse que la inseguridad y los riesgos sanitarios también forman parte de la carta de peligros y amenazas del oficio. Habitualmente, esta serie de cosas ya se asumen como parte del contexto de un trabajo en el exterior que converge con una vocación desmedida por contribuir a los avances sociales y, en definitiva, a perseguir la utopía de cambiar el mundo.

La situación es común. En la mayoría de las ocasiones los proyectos se sostienen más por el esmero que por los recursos disponibles. Y resulta hiriente comprobar el discreto reconocimiento que la profesión genera en la clase política y en la sociedad. De hecho, los presupuestos destinados a la Ayuda Oficial al Desarrollo siguen en caída libre: en los últimos años han disminuido en un más de 60%. Y esto genera un directo impacto en la vida de personas vulnerables a la pobreza y a la desigualdad social, en la viabilidad de los proyectos o en la continuidad de los denominados trabajadores humanitarios.

De un tiempo a esta parte no han sido pocos los que han aparcado los cronogramas de acción, dejando a medio camino las misiones o los proyectos de cooperación, debido a la carencia económica . Y, ante ese obligado regreso, la respuesta de indiferencia ha convertido al cooperante en ese ser bohemio, excéntrico y poco convencional. Cosa distinta sería que la profesión registrase un eco público y una notoriedad de cierto prestigio. Llegado el caso, el reconocimiento ofrecería un tono bien distinto. Por lo menos, algo más justo.

Estos días, la cooperación está sometida a críticas despiadadas y a un incremento acelerado de la desconfianza. Los hechos acontecidos en Haití (2011), en el seno de la ONG Oxfam, no son para menos. Pero, ya se sabe que generalizar solo es útil para poner los primeros ladrillos en el edificio de la injusticia. No se puede llenar de aire el balón del estigma con las pésimas conductas de un reducido crepúsculo de personas sin escrúpulos. Y debe quedar claro (por si no lo estuviese ya) que el cooperante, en solitario, no es capaz de cambiar el mundo. Sin embargo, lo intenta de forma incisiva hasta la extenuación. Una virtud humana que no puede ser despreciada. Al contrario, se hace muy necesario que quien representa un ministerio de la solidaridad reciba un trato ecuánime y acorde con sus actos. Ni más, ni menos. Todo es cuestión de empatía.

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