“Bienvenido a nuestra comunidad”

Mujeres indígenas en Cayambe, Ecuador

Mujeres indígenas de la comunidad de Cayambe (Ecuador) recolectan hongos en los bosques como modo de vida. Foto: Wilson Morales

El desprecio o la indiferencia de quien camina por la vida desprendiéndose de la piel de la juventud es otro de los síntomas de que una sociedad se encuentra carente y enferma de valores humanos esenciales. A medida que se logra prosperar en realidades como la tecnológica o la económica otras perspectivas comienzan a verse demasiado desenfocadas. Hacerse viejo no está y nunca estará de moda. Este postulado parece inevitable. Y lo no lo hará porque mantenerse o disimular que el tiempo no pasa por uno o una se ha convertido en una absurda carrera de fondo contra el propio destino.

Incluso, a sabiendas de que tal reto nunca nos concederá una leve satisfacción de haber alcanzado el objetivo deseado. Aún así, el hecho de envejecer, de acumular experiencia, de convertirse en el veterano tampoco recibe el merecido reconocimiento que otras culturas y otros pueblos sí saben darle. Y el asunto, lejos de disminuir, va en aumento: la aparición de la arruga es demonizada a la misma vez que activa, de forma automática, el motor de la discriminación. Nuestros mayores y aquellos que nos hacemos mayores – es decir, todos los aquí presentes – padecen los moratones y las magulladuras de una sociedad que ha decidido prescindir, llevar hasta el terreno de la exclusión, a quienes atesoran un valor tan imprescindible como la sapiencia. Ese saber labrado y basado en el recorrido vital sufre un bofetón tras otro de la indolencia colectiva, un injusto trato que llega desde la doctrina de la eterna juventud.

Una sociedad que huye despavorida de sus viejos es una sociedad prisionera de la más absoluta insolidaridad. Nadie debería cuestionar, aunque sí ocurre con demasiada frecuencia, que saber envejecer forma parte del bonito arte de vivir. Y hacerlo, mantener esa actitud, no deja de ser una incomprensible traición al mismo sentido de la existencia. En una ocasión, en las indescriptibles faldas del volcán de Cayambe, al norte de un Ecuador que coquetea con Colombia, conocí una comunidad de mujeres indígenas que dedicaban su vida a cuidar y extraer lo mejor del bosque. Recolectaban setas y las vendían, a través de las redes comercio justo, a países de Europa y Estados Unidos.

Explorar la actividad de aquel pequeño rincón del mundo provocó un empacho de experiencias inolvidables. Al finalizar la jornada de trabajo no solo asistimos sino que participamos en una modesta asamblea. Me concedieron el privilegio de sentarme en medio de una especie círculo compuesto solo de mujeres de todas las edades. Se distinguía su edad por el grosor del collar muy llamativo que portaban colgado en el cuello. Cuantos más años más abultado era. Tras exponer varias impresiones todas callaron. Iba a tomar la palabra la más anciana del lugar: la voz más relevante para ellas. En ese momento, la señora levantó la cabeza, miró fijamente a los ojos y preguntó la edad. Yo solo pude contestar con cierta inseguridad. A lo que espetó: “nunca se olvide de respetar y escuchar a los mayores. Saben mucho más que usted de la vida. Aquí y allá. Da igual, el lugar. Bienvenido, a nuestra comunidad”.

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