Las efemérides del calendario

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Todos los días del año deberían ser declarados como Día Internacional de la Erradicación de la Pobreza. Que se sepa, por el momento, no se han registrado muchos cambios al respecto. Se tendría que incidir en el principal problema de la humanidad. Pero, no lo hacemos. Habría que invertir esfuerzos para recortar el extendido manto de personas que sufren el castigo de la carencia de recursos más básicos. Y, sin embargo, nos ponemos una venda en los ojos para vivir en la comodidad que proporcionan las tinieblas.


La pobreza y el pobre nunca ha sido una novedad. Y lo peor: jamás lo será. La nefasta distribución de la riqueza se ha convertido en algo similar a un concierto con un repertorio de canciones con una carga de elevada frivolidad por vivir la vida sin mirar ni izquierda, ni a derecha. Apagar el foco ante realidades incomodas tampoco sorprende a nadie, a estas alturas.

La sensibilidad global por luchar contra la pobreza registra un curioso indicador: tres cuartas partes del planeta desean salir de esa situación y un tercio trabaja para que eso no ocurra. Según parece, esa mayoría resiste la opresión y el egoísmo de la minoría. Pasan los años y las décadas y lo único que cambia es el maquillaje con el que se presenta la pobreza. Pero, la inexistencia de acceso a los recursos más elementales se repite. Se reproduce, una y otra vez, en diferentes contextos y continentes. Persiste como enfermedad crónica en la que el virus solo muta de cara. De esta forma, el paradigma resiste indemne: “para que haya ricos deben existir más pobres”. No hay más. Esa es la máxima de los ambiciosos que defienden los postulados de un sistema capitalista repleto de agujeros negros para dar cabida al ejercicio de la solidaridad. Ser solidario no está bien visto. Se trata de una práctica no lucrativa y, por tanto, no se considera rentable. No luce. No transmite nada que se corresponda con valores materiales y económicos. Es un desperdicio: el trabajo y el esfuerzo da pérdidas y no ganancias.

Entrar en un enjuague de cifras puede parecer, que lo es, una visión fría y matemática de un asunto de primer orden que afecta al crecimiento de los niños, al desarrollo de millones de mujeres o a la dignidad de quien camina ya por la vejez. En diversos continentes, en distintos países, con diferentes colores, hemos presenciado el impacto de la implacable pobreza sobre las personas. Sobre quienes exigen a la vida un poco más de generosidad ante tanta inmundicia. Y después de haber sobrevolado algunas realidades algo sí nos queda claro: más de 3500 millones de seres humanos, en el mundo, viven todos los días, semanas y meses una ingente cantidad de problemas para tratar de expulsar, erradicar o desterrar a la pobreza de sus vidas. De hecho, curiosamente, en ello están a esta misma hora. En este momento. Otros celebramos un Día Internacional más, tal y como marca el calendario de las efemérides, mientras crecen el número de pobres y ricos en el planeta. Unos más que otros.

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