Buenos deseos

Laskar Pelangi - 2008

Pasar por un proceso depresivo o padecer una enfermedad psiquiátrica o psicológica es otra de las formas de discriminación social que acaban por abocar a la persona a la máxima expresión de la pobreza. Son muchos los que entiende que esta situación solo se da cuando las carencias pasan por un plato, un vaso o un techo. ¡Para nada! El vestuario de la pobreza tiene decenas de opciones y complementos en un interminable fondo de armario. Lamentablemente, la difusión de la recurrente imagen mediática de seres humanos, de diferentes edades, desnutridos ha alimentado la idea de que “el pobre es aquel que no tiene para comer”. Y como se puede intuir eso no se corresponde con la aplastante realidad. Se trata de otro de los tantos errores de concepto que provocan una especie de anestesia colectiva que evitan profundizar en esta serie de problemas.

En lo relacionado con la Salud Mental, porque según parece existe un Día Internacional dedicado a esta circunstancia, cabe reconocer que la atención sanitaria sí está garantizada en numerosos casos. En otros no. Pero, ahí se detiene todo para quien afronta el día a día con una mente ahogada en episodios de trastornos incontrolables. Azotado por una falta de integración normalizada porque la percepción de la vida se encuentra sumida, por momentos, en un absoluto desorden difícil de explicar. Así. De esta forma, viven muchas y muchos. Más de lo que pueden calcular nuestra imaginación. Incomprendidas por convivir con una lesión en el alma. Soportando una herida invisible en la existencia.

Son numerosos los diagnósticos que se manejan en las consultas del psiquiatra o psicólogos. Los mismos que apartan a la persona afectada de la necesaria socialización. El miedo al rechazo y el temor a la incomprensión empujan directamente a esconderse en una recóndita madriguera y limitar al mínimo el contacto con exterior. Algo que sucede porque la cultura del estigma tiene numerosas caras ocultas. Muy desconocidas. Aparecen y desaparecen a demanda colectiva. En función de las exigencias del guión: si es preciso optamos por ocultar o demonizar, según la necesidad del caso que se nos presenta . Todo, menos abordar el asunto con una mínima sensibilidad. Detrás de una depresión, de un estado insoportable de ansiedad, de una esquizofrenia, entre otras, hay una persona que sufre y padece. Que quiere morirse antes de seguir viviendo en esas pauperimas condiciones anímicas. Pero, por desgracia, como sociedad, todavía somo muy dados a consumir caldos elaborados, en el pasado, en los que conceptos como “loco” o “desequilibrado” no han dado paso a nuevos tiempos. En asociar una enfermedad mental con una débil personalidad como forma de zanjar el problema.

Pese a todo, podemos asegurar que pasear por el laberinto de la ‘supuesta locura’ es lo mismo  huir  de la vida a ninguna parte. Y hacerlo se convierte en una oda a la más absoluta desesperación. Solo espero que, en aquellas mentes invadidas por el estigma, siempre brille el sol. Que allí arriba nunca amanezca nublado. Porque, si eso ocurriese, puedo garantizar que la oscuridad puede durar de meses a años. Con las compuertas cerradas a algo tan vital como las emociones y los sentimientos. Un inexplicable vacío existencial que no es deseable para nadie, ni siquiera para tu peor enemigo aunque tenga la fea costumbre de coquetear con el estigma.

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