Efímera empatía con Alan Kurdi

El reguero de refugiados sirios no para de golpear en las costas europeas. Es un goteo incesante del que no se intuye un fin inmediato. Escenas que se repiten y se repiten. Una y otra vez. Sin descanso; para un Mar Mediterráneo que, hasta la fecha, desconoce cuantas personas han ahogado sus ilusiones en el crucero del drama, del desastre, de la insolidaridad. El cálculo se hace imposible: ¿cuántos seres humanos se encuentran ya sepultados entre millones de litros de agua salada? A día de hoy, una respuesta exacta es tan solo un flirteo con la especulación. Y, por salud mental, no parece recomendable conocer esa inclemente realidad. Poseer un dato de esa envergadura evidenciaría las miserias de una humanidad aletargada en su cómodo universo material. Podría significar una revolución, un silogismo con el que remover las turbias conciencias en las que todos escondemos una ineptitud inaceptable. Y eso parece que no le interesa, ni interesará, nunca a nadie.

Miles de refugiados llegan desde siria a las costas de Europa

El individualismo ha venido para quedarse, si es que algún día alguien lo vio marcharse. Economía y política desplazan al cuarto oscuro a los Derechos Humanos y la Solidaridad. Lo hacen con la máxima virulencia. Utilizando las técnicas más sofisticadas. Como si se tratase de un verdadero enemigo. O quizás lo sea y, aún, no nos hemos enterado. No obstante, la formula da triunfos a unos pocos y demasiadas perdidas irreversibles a otros muchos.

Hace unos días, Ahmed arribó a la isla de Lesbos, en Grecia. Lo hizo a bordo de una patera en el vientre de una joven mujer. Afortunadamente, en esta ocasión, no hubo naufragio: ni en el mar, ni en tierra. A modo de paritorio improvisado, nació entre las rocas de la playa. Su madre no tuvo otra opción que alumbrar al pequeño en una Europa poco hospitalaria con quienes portan la etiqueta de refugiado. En una orilla donde lo habitual no es estrecharle la mano a la vida y sí a la muerte. Todavía, en el recuerdo colectivo, cada vez más difuso, la imagen de un niño de tres años. Una mañana de verano, Alan Kurdi aparecía muerto mientras su cuerpo era acariciado por las olas del mismo mar que obligó a parar sus constantes vitales eternamente. La fotografía convulsionó al mundo por tal aberración, por tolerar la inacción como modo de respuesta, por tener que digerir el primer plano de un hecho tan espantoso. Por un momento, todos fuimos padres, madres, hermanos y hasta regresamos a la niñez forzados por la empatía. Por unas horas, vivimos atormentados por dentro. Ahí dónde yacen las emociones y los sentimientos.

Pero, aquella extraordinaria empatía se transformó en algo intermitente y nómada. En algo que va y viene. En algo que se pierde en los caminos de olvido con el paso de las semanas. En una efímera empatía que regresará, en algún momento, con el dolor de una nueva foto en color que acabará siendo un recuerdo más, en blanco y negro, ante una catástrofe humanitaria de refugiados sin precedentes en el siglo XXI.

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