Europa se refugia navegando a la deriva

Refugiados sirios abandonados por la Unión Europea

Litografía digital elaborada por Maria de Sola

La cruda realidad no cesa de empujar a miles de personas desde Siria hasta una insolidaria Europa que consiente la construcción de muros y fronteras físicas como las de antaño. Que curioso: el pasado más oscuro regresa al presente. Así, de esta manera, se protege el gobierno húngaro de una amenaza, de una invasión, de una desesperación humana que, supuestamente, podría hacer tambalear la seguridad nacional. Se blinda de esta dramática escena a base de pecar en los errores del siglo XX. Se desentiende de los problemas ajenos mirándose al ombligo.

Y, de esta forma, el gobierno de Hungría se ha quitado de en medio con una inaceptable complicidad del resto de países de Europa: ni un leve gesto. Ni una condena. Ni una mínima valoración a este respecto. Abonados al silencio, y poniéndose de perfil, han puesto en cuestión el modelo de un sistema que se había fundamentado en la unificación de países y sus respectivas sensibilidades.

A esta situación de falta de humanidad también ha querido sumarse la República de Chequia. Elude que las condiciones de protección jurídica de las personas que cruzan el Mediterráneo son nulas. Tanto es así que, ahora, este país dedica sus esfuerzos a practicar detenciones y deportaciones. Todo menos buscar una línea amiga con los Derechos Humanos, con la acogida amable, con tender la mano a quienes la piden por que sus vidas se han hundido en el infierno de la guerra.

Lo más lamentable es que seguirán llegando más y más barcazas con niños, mujeres y hombres tratando de no perder lo único que les queda: resistir para existir. Suficiente razón de peso como para buscar un territorio que conceda una mínima seguridad para toda la familia, sin importar la nacionalidad, la lengua, la cultura o los niveles de desarrollo. Lo más importante es ponerse a salvo de los misiles, de las bombas, de militares o paramilitares que aprietan el gatillo, sin dudarlo, contra la población civil siria.

Se trata tan sólo de vivir o morir. No parece un antojo. Tampoco merece la indiferencia de un conjunto de países de la Unión Europea que, cada cierto tiempo, pisan la sede y la asamblea de Naciones Unidas prometiendo más solidaridad y menos injusticia social.

Europa está ante una ocasión única para demostrar su vertiente más humana. Apelando a su vocación. Esa que dio sentido a la creación de un proyecto como la UE que, a día de hoy, navega sin rumbo, a ninguna parte, a la deriva para acabar naufragando en el mar del absurdo. En las profundas aguas de una política insalvable. Desaprovechando así la oportunidad de pasar a la gran historia de los Derechos Humanos.

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