¡Buenos días, Sthepen!

Estaba en lugar idóneo, a la hora adecuada. Sthepen, un indigente de la ciudad de Nottingham, ocupaba su habitual posición en una céntrica calle como cada jornada; sin prever que ese día seria distinto. Tanto que pasaría de una invisibilidad insistente a una visibilidad que ha conmovido a medio mundo.

Sentado; por no decir escondido entre su boina de color grisáceo, una manta amarilla desgastada por el uso y un chubasquero azul, pide a quien a su paso se apiada de la realidad que le azota sin compasión. Lo hace en un resumido y escueto mensaje. Con faltas de ortografía, y utilizando un incorrecto inglés, las palabras en el cartón lloran sin piedad: “¡por favor, tengo hambre!, ¡por favor, ayúdeme con un pequeño donativo! Muchas gracias… Que Dios le bendiga”.

STHEPEN EN NOTINGAN

Su realidad es la pura expresión de la pobreza absoluta en las sociedades occidentales: se puede ver abundancia de recursos alrededor pero solo a través de unos muros, techos y suelos de cristal. Así es la práctica de la indigencia.: todo y nada. Y, desgraciadamente, no decrece en estos tiempos de crisis y recortes económicos. Todo lo contrario. Aumenta a pasos desproporcionados y desbocados.

Durante aquella mañana, Sthepen no ve venir a una comitiva del colectivo Anonymous. Mientras tanto trata de no molestar, de incomodar a nadie para no perturbar la conciencia. Sujeta con las dos manos el endeble cartel. Quizás, sea el perfecto símbolo que representa la vulnerabilidad en la que se encuentra su vida. Observa los pasos de los transeúntes con la mirada perdida en el suelo. En todo momento, evita levantar la cabeza para mirar fijamente a los ojos a quienes se cruzan con sus circunstancias. Fija su campo de visión hacia el lado derecho porque la mayoría caminan, provenientes de esa dirección.

Uno de los líderes del colectivo lo ve. Se detiene y exige una atención para aquel ser humano, naufrago de la penuria y miseria. La mayoría tapan la cara con la característica careta que identifica a un movimiento global contra los desequilibrios de un sistema cruel. Una caja negra de plástico invertida sirve de apoyo a una especie de saco de pana donde se pueden divisar algunas monedas. Es, entonces, cuando a través de un megáfono se escucha una recomendación al pasar a los píes de Sthepen: “practiquen la solidaridad”.

Poco a poco, el espíritu se contagia de todos los allí presente. La dicha parece haber llegado por unos minutos, aunque solo sea un mero espejismo. Una niña de corta edad le arroja una libra que, sin querer, también acaricia corazón. La carga emocional crece. Y, finalmente, derrota al curtido y serio semblante de Sthepen. Rompe a llorar en varias ocasiones mientras siente una especie de impotencia para agradecer tanto y tanto cariño expresado de una forma espontanea.

Le besan la mano y acarician la espalda con una cierta sinceridad humana. Él devuelve el gesto a varias personas. La euforia se torna incontrolable. Y no para de agradecer ese momento que le han regalado sin mendigar en ningún cartel de cartón. La sucesión de personas que prestan atención a su situación acaba por forma una ordenada fila para proporcionarle alguna ayuda, a la vez que le profieren algunas amables y cariñosas palabras. Una de ellas, especialmente, acaba por emocionarle del todo: ¡Buenos días, Sthepen!

Minutos después, la vida se encarga de resucitar la pobreza y mendicidad que persiste en no desaparecer, por el momento y si nadie o nada lo remedia…

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