¿Qué serías capaz de hacer tú con 200 euros?

El Comercio Justo es algo más que una bonita conjunción de dos palabras. Se trata de practicar una forma de consumo que equilibre las oportunidades a todos los eslabones de la cadena. Desde el primero al último deben contar con las mismas oportunidades de desarrollo personal y colectivo. Cuando esto no ocurre – casi siempre – las injusticias suelen buscar acomodo en aquellos contextos donde se favorece su presencia.

A la hora de ejercer un acto como consumidores tenemos la misma obligación que un médico cuando interviene en un quirófano a un paciente. La responsabilidad por velar por la vida ajena tiene que ser máxima. La única diferencia entre un ejercicio y otro es la inmediatez. Mucho más discutible es el resultado final. Si el cirujano utiliza de forma negligente el bisturí habrá problemas asegurados. Si el ánimo del consumidor no abre la puerta a la sensibilidad social también habrá problemas similares a largo plazo.

Las campañas como la de Ropa Limpia inciden en la necesidad de concienciarnos a nivel individual para, posteriormente, aportar valor solidario a nivel colectivo. Todo esta relacionado. Y mirar, oír y callar no parece una buena solución a los problemas de desarrollo humano. Silenciar allí donde es preciso alzar la voz es incrementar el grado de castigo e injusticia.

Cobrar poco o mucho no forma parte del debate. Sumar o restar euros, dolares u otra moneda que se antoje tan solo es un mero instrumento para compensar un esfuerzo. El asunto hunde sus raíces en una profundidad de mayor calado: Dignidad Social, Dignidad Laboral y Dignidad Personal son tres de las claves en las que debe estar tejida un prenda de ropa procedente de Asia, África o Latinoamérica.

Trabajar para poder seguir trabajando no responde a unas condiciones de vida recomendables para mujeres, hombres y, no en pocas ocasiones, niños que sustituyen la escuela por los talleres de confección.

El sector textil puede contribuir a desarrollar o involucionar a una comunidad, según se vea. Percibir un salario que no se corresponde con el esfuerzo solo empuja a tomar un ineludible camino hacia las fórmulas modernas de esclavitud. Los gastos más básicos de subsistencia no pueden ser afrontados con solvencia. En muchas ocasiones la vivienda y alimentación se comparten por obligación y no por devoción.

Hemos conocido realidades en las que jóvenes mujeres conviven, en el mejor de los casos, en un reducido espacio de 20 metros cuadrados. Este es uno de los escenarios más habituales; allí donde se ubican fábricas de confección de capital europeo. “Ir a peor es solo cuestión de inercia”.

Horas y horas de esfuerzo para acabar llevándose los retales económicos de una beneficiosa producción para el patrón y empresario. Mientras tanto, las trabajadoras (mayores y menores de edad) restan enteros a su calidad de vida, protección social, atención sanitaria o desarrollo personal y familiar. Un contraste que podemos medir con enorme facilidad: ¿Qué serías capaz de hacer tú con 200 euros?