¿En medio o a las afueras del conflicto en Siria?

Los niños y las niñas en Siria también sufren los rigores de los desplazamientos forzados por la guerra civil que padece su país. Un recorrido indeseado para pequeños y mayores que aboca a vivir como un auténtico refugiado en un campo fronterizo. Puede parecer un juego pero no lo es…

A partir de ahí, la realidad se torna igual o más dura que en casa. Los recursos básicos no están garantizados; tampoco, lo estuvieron en estos últimos tiempos. La masificación es tenaz e imparable. Centenares de personas optan por buscar amparo en las zonas más próximas de la región donde las balas no silben de día y noche.

Campo de refugiado en Siria

Los niños y su padre a las puertas de la tienda en el campo de refugiados

Los más pequeños pasan a residir en un entorno desconocido y, en cierta forma, hostil: Los servicios sanitarios dependen de las posibilidades de la Cooperación Internacional. Y la, tan necesaria, educación básica abandona el primer plano para ser enterrada en subsuelo de las prioridades.

Solo las organizaciones sociales son capaces de dar una mínima respuesta a quienes renuncian a su modelo de vida y emplean todo el esfuerzo en perseguir a la esperanza, allí donde se halle.

En el campo de Doniz, en Iraq, por el momento, nadie a logrado atrapar una leve expectativa de mejorar algo. Una tienda de lona y el silencio de las armas se convierte en avance más importante.

Caminar por la vida sin entender por qué pasan las cosas no es fácil. Eso nos sucede a todos, en algún momento. Pero, los ojos y la mente de un niño siempre estarán dispuestos a renegar de decisiones que generen tanta crueldad entre seres humanos. Y reprobaran con el silencio las malas y letales acciones de los mayores.

Y esta impotencia y rabia, mezclada con la inocencia infantil, se acentúa cuando la sombra de la muerte crece, lentamente, sin que nada, ni nadie lo remedie.

Perder un hermano, un padre, una madre o un abuelo carece siempre de justificación. Aunque, intentar encontrar una pizca de sentido a una perdida irreparable por haber bebido algo tan elemental como el agua resulta, cuando menos, imposible de asimilar. Y más si se trata de una niña, de 5 años de edad, que no acaba de creerse que su hermano esté en el paraíso.

Esa es la triste historia del pequeño Khalid. No fue capaz de superar un cuadro gastrointestinal tras consumir agua contaminada. Su madre, Shanaz, lamenta su muerte y se pregunta si es mejor vivir en medio o a las afueras del conflicto en Siria.

Para conocer el testimonio íntegro: “Aquí en el campo sufrimos una muerte lenta” | Blog de Emergencias– Save The Children

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