Cuando el virus de la pandemia se disfraza de ERE…

Un email cargado del virus de la discriminación significó un despido fulminante para un joven letrado que prestaba brillantes servicios administrativos en una empresa dedicada a la gestión pública y privada. De una rotunda y sonora felicitación a firmar una carta de finalización de contrato.

La intercepción de un correo electrónico, enviado desde la cuenta personal del trabajador, en el que explicaba con la normalidad esperada a otro compañero su situación de VIH Positivo, derivó en la decisión fulminante de preparar, casi en tiempo record, la documentación necesaria para forzar una rápida desvinculación laboral con la gestoría para la que estaba empleado.

La comisión de presuntos delitos legales, éticos y morales se suceden en esta ‘película de terrorismo social‘, en una clara y nada disimulada apuesta por conservar los estigmas más lesivos para el desarrollo personal y profesional. “Limitar las posibilidades es un objetivo en sí, y no una consecuencia ante el presente marcado por alguna diferencia”.

 Abrir la compuerta de la intolerancia a golpe de firma de un finiquito es una política empresarial muy temida por los que prefieren, más bien, optan por seguridad, por mantener su anónima situación a cubierto, bajo el paragüas de la invisibilidad.

Ahora, el juez deberá depurar las responsabilidades necesarias por el daño o daños ocasionados, a todos los niveles, en esta actuación contra el afectado y no el agente que provoca la enfermedad (la posición más fácil). Varias preguntas, posiblemente sin respuesta: ¿Cómo debe actuar uno/a al solicitar un empleo?; ¿va a ser necesario presentar el informe clínico actualizado?; ¿este conflicto que huella deja en el expediente laboral?

A todo esto, se añade el informe sociológico que marca un porcentaje cercano al 18% de la sociedad española mostrando un firme respaldo a la posibilidad de hacer públicas las listas de personas que conviven con ese indeseado inquilino que recorre venas y arterias con la mayor de las impunidades…

Otra parte, próxima al 20%, tiene una firme creencia en legislar la obligatoriedad de buscar espacios específicos, un vez analizado el caso, con el único mótivo de garantizar la salud pública, “alejada de supuestas amenazas”. Lo más reprobable es la permisividad que la sociedad hace de esta clase de actitudes discriminatorias ante un cuadro clínico o un diagnóstico determinado.

Son conocidos los casos de maltrato, marginación o exclusión en aquellos lugares donde el acceso a la información o el desarrollo cultural flota en la superficie de la deficiencia. En cambio, en otras latitudes, han experimentado históricas revoluciones industriales o tecnológicas. Sociedades y pueblos que se jactan de haber sido invadidos por un modelo de democracia moderna que puede formar parte de nuestras exportaciones nacionales como ese gran edificio de Derechos Humanos, libertades y convivencia plural.

Sin embargo, poco o nada podríamos incluir en ese supuesto contenedor social con destino a otros lugares sobre tolerancia real y madura, cuando el VIH es el contenido del equipaje. En este punto, como en otros muchos, la hipocresía y desviar la atención de punto cardinal es el comprimido más dispensado en la farmacia colectiva.

Por ello, cuando la intolerancia se convierte en esa bandera pirata, que toda sociedad esconde para izarla en función del interés, y el virus de la pandemia acaba disfrazado de Expediente de Regulación de Empleo (ERE), el anhelo por respirar aires de Tolerancia Real sufre elevados niveles de contaminación  con descontroladas emisiones a la atmosfera social de un CO2 que, por intervalos, llega a ser de un asfixiante desamparo.

Una epidemia globlal de fines sociales

No es poca la sospecha que generan las actividades del sector farmaceútico. Hubo tiempos en los que analistas de política internacional aseguraban que los productores de los medicamentos tenían la capacidad de “quitar y poner gobiernos” de las principales pontencias mundiales del planeta. Pero, a día de hoy, solo serían cables hechos públicos por wikileaks y desmentidos, una y otra vez, por la administración aludida.

Han pasado los años y algunos (con o sin la Organización Sin Ánimo de Lucro (OSAL) de las filtraciones informativas de wikileaks) seguimos con la misma creencia, a pesar del tiempo transcurrido desde las primeras sospechas.

El hecho de cumplir los derechos más fundamentales o universales con la humanidad no seduce, ni seducira en el futuro, a los ejecutivos que ocupan un cómodo puesto de un consejo de administración en alguna empresa dedicada a fomentar una industria ‘tan curativa como destructiva’.

Pero, la inalterable realidad nos lleva a descarados desequilibrios en el acceso a las terapias más elementales, sea cual sea la condición, cultura, origen o creencia. Sólo ciudadanos o (si se permite la expresión) clientes de los despachos de farmacia, aprovechando las capacidades de un sistema desarrollado, tienen esa exclusiva oportunidad de programar las tomas que sean prescritas por su médico para evitar un atajo prematuro de la extinción terrenal.

Sin embargo, esto no es un hecho globalizado. No todos/as se convierten en objetivos humanitarios, en virtud de los avances sanitarios que la vías de investigación emprendidas han originado con la supuesta finalidad de incrementar la calidad y cantidad de años de vida. Al parecer, esta vocación no está autorizada a una expansión natural.

Los opacos intereses de la industria frenan los loables y honestos ideales de Desarrollo Humano que, finalmente, acaban colisionando con los gélidos fines económicos y comerciales.

Los continuos golpes ofrecidos por el espinoso tallo de las realidades sociales no logran provocar la apertura de los poros de la solidaridad de “aquellos que tienen y pueden”. Dígase en el caso de los arrolladores efectos del VIH en países bloqueados en la dispensación de las terapias básicas para evitar la multiplicación del virus, donde las poblaciones más vulnerables entregan su resignación a un destino indeseado.

Este dramático a la par que recurrido ejemplo, ofrece un registro de 33 millones de personas infectadas, según datos de la OMS (Organización Mundial de la Salud). Los avances son lentos y desgraciadamente letales porque se prevé que solo 6,6 millones de pacientes contagiados puedan acceder a la terapias antiretrovirales.

La falta de oportunidades básicas insisten en no presentarse por normas de mercado, ¡todo un argumento humanista!

Desgraciadamente, la reacción es muy tíbia en el mejor de los casos. Con un buen plan o una estudiada estratégia de RSE/RSC es suficiente, sin mayor objetivo que maquillar una situación con absoluto desinterés por aportar soluciones al gran problema.

Hace unos días, la poca esperanza acumulada se ha visto atropellada por las declaraciones de Richard Roberts, premio Nobel de Medicina, en las que asegura: “Si un fármaco lo cura todo, no da beneficios”.

Incluso, durante una entrevista al Xornal va más alla. Considera que la investigación está acotada exclusivamente a cronificar y no curar las enfermedades, esto en el mejor de los escenarios. Reitera que en los países en vías de desarrollo las diferentes patologías no se abordan por una total ausencia de capacidad comercial.

Un ilustrado de la medicina internacional nos pone en  antecedentes, y posibles precedentes, de una nociva ‘praxis’ industrial que puede seguir generando un irreparable impacto en el desarrollo social.

Emplaza a cronificar la vigilancia sobre un sector que debería estar al margen de la sospecha, la duda o la controversia. Invita a idear e investigar la creación de una posible epidemia que incida en el fomento de los fines sociales como vacuna natural contra el mercantilismo sanitario.

La amarga canción de las balas a las puertas del ‘cole’

La crítica situación social de México, en algunos estados más que en otros, es de tal embergadura que el propio sistema muestra continuas evidencias de incapacidad para mitigar y reducir el grado de violencia existente, así como sus diversas manifestaciones.

Nadie osa salir a la calle en horas nocturnas, a no ser que sea imprescindible por una causa muy justificada. Toda precaución por conservar la integridad intácta es siempre una medida muy excasa. Dar respuesta a una urgencia puede tener unas consencuencias impredecibles y, en ocasiones, letales. Poner el píe en la calle es un hecho similar a invertir toda la suerte disponible al reto de regresar a casa sin un rasguño.

A esta inconfundible realidad parecen estar adaptados los ciudadanos de La Estanzuela, un barrio ubicado en Monterrey, capital del estado mexicano de Nuevo León. Y, en especial, la maestra, Martha Ivette Rivera.

Hace unos días, impartía clase para alumnos/as de infantil con absoluta normalidad en una modesta escuela, ubicada en la periferia de la capital. En el exterior, dos bandas rivales comenzaron a dar señas de falta de entendimiento y de utilizar métodos ajenos a las enseñanzas propias de un colegio.

Con las armas desenfundadas y cargadas de munición hasta el máximo de su capacidad, comenzaron el intercambio de proyectiles que sobrevolaban las cabezas de más de una docena de pequeños. Con un acentuado instinto maternal, la maestra opta por invitarles a jugar con los cuerpos tendidos en el suelo con dos objetivos: velar por su seguridad y atenuar el miedo de los pequeños/as ante tal hostil situación.

Les acaricia con una tierna frase: “¡Preciosos!, pongan su carita en el piso. No pasa nada”.

Martha se arma de coraje e inicia una improvisada clase de canto con los pequeños tendidos en las baldosas del aula, mientras, el letal sonido de la detonación de los proyectiles insiste en intentar interrumpir la hermosa canción infantil, interpetrada bajo la batuta de una valiente docente.

Por unos minutos, consigue situar en un segundo plano el fuego cruzado, incesante en el exterior de las instalaciones escolares. Alguna inocente sonrisa se escapa en una terrorífica escena. Una pequeña, peinada con una larga y desordenada coleta, enseña sus traviesos dientes al oir los primeros compases de la canción: “Si las gotas de lluvia, fueran de chocolate…”.

Una dulce escena como contraofensiva a una invasión  perpetrada por los embajadores de la muerte, a golpe de gatillo. Todo un arrojo que podemos admirar, gracias a la cámara de video del teléfono móvil que no racaneo a la hora de grabar la hazaña.

Una improvisada clase de música, impartida bajo una lluvia de balas, se convierte en protocolo de urgencia para salvar a todos los niños y niñas del jardin de infancia. Mientras, cinco taxistas ilegales asesinados es el saldo del enfrentamiento armado por las dos bandas rivales del narcotráfico.

Vida en el interior. Muerte en el exterior. Es el resultado de un episodio reconocido por las autoridades mexicanas que han otorgado una distinción a la maestra por el valor y coraje durante más de media hora de tiroteo. “No es la primera vez”, asegura.

La balacera (Acción de tirotear o tirotearse) no es un hecho aislado a las puertas de un centro educativo de México. Por desgracia, la frecuencia ha tomado por la fuerza la normalidad de los centros de enseñanza. La región sigue sumida en continuas reyertas por el control de las rutas del contrabando a Estados Unidos.

Pero, recurrir a una canción como escudo de protección es solo una original estrategia alejada de la solución real. Lo que resulta incomprensible,  y hasta intolerable, es confirmar una extendida resignación social ante la reiterada amenaza de sus niños/as por la amarga canción de las balas a las puertas del ‘cole’.